Arriaga: Obertura de Los esclavos felices

Bilbao Orkestra Sinfonikoa, Isaac Karabtchevsky
27 y 28 de Marzo de 2015

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Juan Crisostomo Jacobo Antonio de Arriaga y Balzola, un compositor cuya vida fue tan corta como largo su nombre, fue una de las grandes esperanzas frustradas de la música de principios del siglo XIX. Nacido en Bilbao en el que habría sido el quincuagésimo cumpleaños de Mozart, fue apodado “el Mozart español” en base a su similar precocidad. Pero él estaba destinado a morir aún más joven, antes de que las compuertas de su inspiración se abriesen completamente.

Pero si su producción fue mucho más escasa, la calidad fue selecta. Una sinfonía, tres cuartetos de cuerda, una ópera seria en un acto y un poco de música sacra fue practicamente todo lo que compuso, mientras que Mozart, a su misma edad, ya tenía catalogadas más de doscientas obras, incluidos sus cinco conciertos para violín, sus primeras 29 sinfonías y nueve óperas. En cuanto a Mendelssohn, aclamado por Charles Rosen como “el mayor niño prodigio que la historia de la música occidental ha conocido jamás”, su Octeto de juventud y la Obertura del Sueño de una noche de verano sin duda superan cualquiera de las cosas que Mozart produjo en su brillante adolescencia.

Sin embargo, los logros de Arriaga, a su pequeño modo, fueron también algo especial. Animado (como Mozart) por su padre, que le promocionó como violinista, comenzó a componer a los once años. A los quince años se trasladó a París, donde se convirtió en un alumno de Fetis, el distinguido pedagogo belga, y fue respaldado por Cherubini. Su sinfonía y sus cuartetos estaban llenos de promesa schubertiana, sus ideas eras abundantes, su estructura, potente, su técnica, pulida a la perfección. ¿Quién podría dejar de reconocerlas como obras de un genio precoz? Pero a los diecinueve años, murió de tuberculosis.

Su obertura de Los Esclavos Felices muestra inclinaciones Rossinianas, con el encanto de una lenta introducción conduciendo al más ingenioso de los allegros, lleno del picante parloteo del viento y la madera e incluso, al final, un crescendo de Rossini. Sin embargo, la música, a pesar de su exuberancia, prologa una ópera tan seria en su intención como la descripción “ópera seria” hace suponer. La historia trata de un aristócrata español y su esposa que son capturados por los moros y amenazados de muerte antes de ser liberados por el magnánimo Rey de Argelia. Pero la obertura -al modo de las oberturas de Schubert en estilo italiano (que Arriaga nunca pudo conocer)- nos exhorta a no tomarnos la ópera demasiado en serio. Después de la potencial tragedia, según parece, puede seguir la comedia.

Conrad Wilson, crítico musical.

Arriaga escribió la ópera Los esclavos felices a los trece años, sobre el mismo libreto de Luciano Comella que había empleado ya el compositor navarro Blas de Laserna y que el chico oiría en la temporada de ópera de Bilbao. Pero la obertura, que es lo único que se conserva de ella, la escribió más tarde, en Paris, poco antes de su muerte.

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