Bruckner: Sinfonía nº 7 (2*)

23 y 24 de Octubre de 2019
Bilbao Orkestra Sinfonikoa, Erik Nielsen

Más aceptado en Viena después del estreno de la Cuarta Sinfonía, Anton Bruckner recibió la visita del famoso director Artur Nikisch, quien se ofreció a estrenar la Séptima Sinfonía del compositor. El concierto tuvo lugar en Leipzig con la Orquesta Gewandhaus el 30 de Diciembre de 1884; Hans Richter y la Filarmónica de Viena se encargaron del estreno local en Enero de 1885. A pesar de la fría acogida de los críticos, la obra obtuvo un gran éxito, y el entusiasmo público ayudó a consolidar la creciente reputación de Bruckner. Entre los elogios se encontraba un telegrama de Johann Strauss, Jr. que decía “Estoy profundamente conmovido. Ha sido la experiencia musical de mi vida”. A diferencia de la mayoría de sus otras sinfonías, la Séptima de Bruckner apenas fue revisada; la única vacilación fue un choque de platillos en el clímax del Adagio que Bruckner agregó a sugerencia de amigos, pero que luego fue eliminado.

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Bruckner: Sinfonía nº 9

Anton Bruckner todavía parece polarizar totalmente las opiniones: Hay quienes no pueden soportar su música, y quienes no pueden entender a los que no pueden soportar su música. Excluyendo a los que dicen, con total franqueza, “¿Antón, qué?”, hay muy pocos votantes “flotantes”. ¿Por qué? Desde que Brahms lanzó su condena inmortal a los “boa-constrictor sinfónicos” de Bruckner, el pobre Bruckner ha sido visto con mucha reticencia. Sin embargo, el propio Brahms no era inmune a esa crítica, también él había escrito “boa-constrictor sinfónicos”, solo que él los llamaba “Conciertos”. Pero, como dicen, cría fama. Creo que es hora de sacar la manguera.

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Bruckner: Sinfonía nº 2

OSCyL, Christian Zacharias
7 y 8 de Abril de 2016

En septiembre de 1873, Anton Bruckner, cerca de los cincuenta y escasamente conocido como compositor, se armó de valor y se fue a Bayreuth para mostrar sus más recientes sinfonías a Wagner; la Segunda completa y lista para interpretarse, la Tercera aún sin terminar. Fue un paso poco habitual en un compositor inherentemente inseguro, especialmente porque Wagner no había respondido a la carta de presentación de Bruckner. Pero Bruckner idolatraba Wagner más allá de la razón, y así, como un incapaz admirador, se presentó sin previo aviso en la puerta de Wagner.

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