El concierto para orquesta de Bartók y la ‘1917’ de Shostakovich

OSCYL-PROGRAMA-07-14-15

Cuando la música es fácil o archiconocida, el principal centro de atención recae en su interpretación. Anoche, la OSCyL estuvo tan bien como siempre, mejor aún con Shostakovich que con Bartók, pero los protagonistas fueron los autores. Primero, con el duro viaje de Hungría a Nueva York que es el Concierto para Orquesta de Bartók, repleto de citas a melodías de otras culturas que, como se podía leer en las generosas y excelentes notas al programa de Julio García Merino, hacen difícil la obra para los que no las conocemos desde la infancia. Y después de un viaje y un aluvión de referencias tan rico y complejo como el del Ulises de Joyce, en la segunda parte tuvimos su antítesis con la Sinfonía nº 12 de Shostakovich, que agotando toda la imaginación en un fascinante primer movimiento, va hundiéndose luego en la monotonía de la repetición y la grandilocuencia. Son muchos los que creen que Shostakovich respondió a la humillación a que le sometieron al obligarle a ingresar en el Partido Comunista con una sinfonía en la que la tras la aparente glorificación a Lenin se halla una crítica a la Revolución. Puede que la venganza incluyese hacer una obra muy pobre y concluirla con un final indigno. Pero no es probable que fuese él, desde el más allá, quien boicotease la audición de anoche con los raros ruiditos que, como si un niño anduviese golpeando con un arco la caja de uno de los violines, amenizaron los pasajes en los que bajaban los decibelios de la orquesta, magnífica y magníficamente dirigida por el feliz Andrew Gourlay. Aplausos, más abundantes aún que tras la obra de Bartók, seguramente porque la obra gusto más. Desde luego, se entiende mejor, entre otras cosas, porque es mucho más simple. Y no es fácil saber qué aplaude cada quien.

-♦-

-♦-

Un fantástico y estremecedor Barbazul

Barbazul Delibes Valladolid

Desde la introducción, magníficamente recitada en castellano por una voz en off, hasta el último de los silencios de la obra, todo resultó estremecedor en este fascinante castillo de Bartok, una obra en la que no sé ver nada de nacionalismo pero sí mucho de la música que puebla los sueños y las cumbres borrascosas de las pesadillas. La OSCyL sigue en estado de gracia, pero la batuta de Josep Pons fue ayer determinante para que su respuesta nos dejase clavados en las butacas. Y si a la mezzo Sara Fulgoni, por lo demás estupenda, le faltó volumen, el barítono Robert Bork compensó con creces con su rotunda y tenebrosa voz y con una intensísima interpretación del terrorífico enamorado.

Un público tan numeroso como es habitual en los conciertos de la OSCyL, hizo salir al director y los solistas hasta cinco veces para recibir sus aplausos. También los merece quien decidió algo que a veces se olvida incomprensiblemente, y que sin la menor duda contribuyó en gran medida a que gozásemos de este sensacional concierto: Que el programa de mano incluyese el texto y su traducción; firmada, por cierto, por la página www.kareol.com, que parece contar con traductores muy creativos como puede deducirse de esta muestra:

Traducción

Pero que todos los males sigan siendo como éste.

Bartók: El castillo de Barbazul

Robert Bork, Sara Fulgoni, OSCyL, Josep Pons
18 y 20 de Diciembre de 2014
05

El Castillo de Barbazul de Bartók, una ópera de un solo acto que puede verse con una mínima escenificación, se basa en la elaboración que hizo Maurice Maeterlinck del cuento de Perrault, al que, sin apenas cambios, había puesto música Dukas en Ariadna y Barbazul,  una obra a cuyo estreno asistió Bartók. El libreto del poeta Béla Balázs es bastante explicito, especialmente si se no se omite el prologo declamado y puede escucharse la retórica pregunta,

¿Dónde está la escena,
fuera o dentro,
señoras y señores?

que nos advierte de que el castillo es el propio Barbazul, o, aún más, el Barbazul que puede ser cualquiera.

Continuar leyendo