Wunderhorn, Wunderorchester, Wunderdirektor

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Pocas orquestas dispondrán de una sección de trompas y de un solista tan bueno como Jose M. Asensi, capaces de afrontar el difícil reto que supone interpretar el Konzertstück compuesto por Schumann para sus instrumentos. Y así lo reconocieron los prolongados aplausos del público, rendido desde la brillante fanfarria de presentación y premiado con un impresionante arreglo del Libertango de Piazzolla. Pero la orquesta y Lopez-Cobos habían decidido sumarse al homenaje a sus trompistas dando lo mejor de sí mismos y la sesión fue para no olvidar. Continuar leyendo

Decepcionante Décima de Mahler

Decir que una interpretación de la Décima de Mahler ha sido una parodia de su música, puede ser una redundancia para los que no quieren pasar del Adagio. El problema es cuando se trata de una mala parodia, en la que ha resultado particularmente afectado ese enorme movimiento inicial suyo, lentísimo e inconexo, y que, como toda la sinfonía, ha carecido de emoción y de auténtico dramatismo. La energía de los movimientos centrales no ha pasado de la epidermis y aunque el efectista movimiento final ha sonado mejor, no ha sonado a Mahler. Con ausencia de matices dinámicos, una monótona igualdad salpicada de estridencias y la sensación general de una interpretación poco trabajada, es cierto que era la primera vez para la orquesta, pero también es posible que este reto supere las actuales posibilidades de  Andrew Gourlay. Y aunque las intervenciones solistas han sido del nivel habitual (a destacar el concertino Juraj Cizmarovic, que sí parecía sentir e interpretar a Mahler), la orquesta se ha mostrado vacilante y desajustada en más de una ocasión. En todo caso, el silencio no se oye y la decepción no habrá sido para todos, porque nuestro director titular ha salido cinco veces para recibir los aplausos que han llenado el auditorio.

Dunedin Consort: Un lujo sin artificios

Justificando con creces su prestigio, el Dunedin Consort ha dejado este pasado fin de semana su huella en la Sala de Cámara del Auditorio, con dos maravillosos conciertos de música barroca compuesta en las islas británicas. El historicismo, que a veces se asocia a ritmos frenéticos y a espectaculares pirotecnias, no es en el caso de John Butt otra cosa que la búsqueda de la pureza, y el protagonismo de su trabajo es para la música. Y desde Lawes hasta Geminiani, pasando por Locke, Blow, Purcell, Haendel, Avison y Mudge, todos tendrían motivos para estar dando saltos de alegría con interpretaciones como las que hemos disfrutado, primero el sábado, cuando nos demostraron hasta qué punto es verdad que menos puede ser más, con un violín, un segundo violín, una viola, un cello y un contrabajo más el teclado desde el que dirige Butt, suficientes, no ya para la severidad de los primeros barrocos, sino también para cuando Italia desembarcó en Inglaterra de la mano de Haendel, porque, añadiendo un oboe y cuatro impecables solistas vocales, también uno sólo por línea, toda la felicidad y la grandiosidad de su música, incluidos sus “happy” y sus “forever and ever”, esta vez los de uno de sus Himnos Chandos, inundó el escenario. Voces juveniles y limpias, con mención especial para la soprano Joanne Lunn y para un jovencísimo tenor llamado Gwilym Bowen que se puso al público en el bolsillo con su fuerza y su frescura.

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Abrazos de Nikolic tras el más sobrecogedor y auténtico Shostakovich

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Acabó la tremenda Sinfonía nº 14 de Shostakovich y Gordan Nikolic se fundió en un abrazo con la soprano Magdalena Anna Hoffman primero, y luego con el barítono Thomas Oliemans, dos grandes nombres de la escena mundial que anoche se entregaron interpretando con una pequeña orquesta de cuerdas y tres percusionistas una de las obras más verdaderas y sobrecogedoras que se han compuesto nunca. También abrazó efusivamente a Màrius Diaz, que deslumbró una vez más en sus importantes intervenciones (¿para cuándo un concierto como solista?) y sus abrazos parecían muy sinceros y emocionados, porque sincero y emocionante fue su enorme trabajo y la complicidad de la orquesta, manteniendo la tensión y la unidad desde los pianísimos agudos iniciales de su violín hasta el último compás, lamentablemente interrumpido por esos aplausos precipitados con que algunos parecen siempre querer demostrar no se sabe bien qué. Aplausos, en cualquier caso, especialmente merecidos anoche, por los solistas, por la orquesta, por su concertino director, pero también y mucho por Shostakovich y por los poetas que eligió para  gritar contra la muerte.

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