Sin llegar a los extremos de lo que hizo la pasada temporada con la Quinta de Beethoven, Thierry Fischer ha concluido el ciclo volviendo a las andadas de la aceleración con la Novena. Y bienvenidas las nuevas lecturas cuando aportan algo, pero no ha sido el caso. El caos primigenio del arranque compactado en un acorde y todo el primer movimiento en una marcha, más grave ha sido lo que ha sufrido el Adagio, convertido en una tediosa pastoral. Se han salvado de las prisas el genial scherzo (¡qué buen timbalero es Juan Antonio Martín!) y el emocionante final, estupendo desde la misma extraordinaria introducción de las cuerdas graves. Bien los solistas con el lujo de Werner Güra, si olvidamos las siempre peligrosísimas primeras frases del barítono, bien los coros (aunque parece que hubo sus más y sus menos por el reparto de plazas entre el de Castilla y el Pamplonés), y muy bien la OSCyL, dócil a lo que le ha pedido su director aunque a lo largo de la Sinfonía a las cuerdas les ha faltado presencia en algunos pasajes. Sin embargo, correctamente interpretado, un final como el de la Novena garantiza el entusiasmo y el Auditorio en pie ha jaleado a los intérpretes agradeciendo también la temporada que ha concluido. Pero seguro que muchos teníamos en mente a Beethoven y las palabras de las excelentes notas del programa firmadas por Mario Muñoz Carrasco:
«…la belleza aquí no radica únicamente en el resultado final de la sinfonía o en los treinta años de recorrido desde que leyó y decidió adaptar el poema de Schiller. Lo realmente hermoso es que Beethoven mantuviera esa idea después de treinta años de desencantos intelectuales, de derrumbe social, de sordera física y de aislamiento personal. Es la persistencia del espíritu humano más conmovedora de la historia de la música, la obra de alguien acostumbrado a pasearse a diario por el precipicio.»