Marina Heredia. OSCyL, Pablo Rus Broseta
15 y 16 de Octubre de 2026

Manuel de Falla (1876-1946) era un gaditano con una apariencia física quebradiza, pero con una fuerza interna y una voluntad de hierro. Estudió en Madrid con Felipe Pedrell, que se ocupó de enseñarle que el nacionalismo musical español debía basarse en unir, pero no unificar, la esencia de la música de todas las regiones. Aprendió en París las técnicas compositivas más actuales del momento y nos libró del estigma de mero exotismo que veían en nuestra música el resto de compositores del otro lado de los Pirineos. Nos subió al tren de la modernidad musical sin abandonar las raíces de nuestra diversidad cultural. Con su amigo Federico García Lorca, compartía la pasión por el cante jondo y ambos crearon, en 1922 en Granada, un concurso con el que reivindicaron el flamenco como una manifestación cultural imprescindible.
Unos años antes, en 1915, Falla había aceptado el reto de la bailaora y cantaora Pastora Imperio: escribir una pieza escénica que interpretaría ella misma. El resultado fue El amor brujo. Gitanería en un acto y dos cuadros. El éxito no fue abrumador, ya que la mezcla de partes recitadas, cantadas y bailadas no entusiasmó al público, aunque valoraron el potencial de la música de Falla y la idea de poner el flamenco al mismo nivel que la música sinfónica. El propio compositor se dio cuenta de que valía la pena realizar algunas modificaciones y esto le llevó a crear hasta seis versiones diferentes entre 1916 y 1925, con las que perfecciona la idea de presentarlo para ser interpretado como un ballet o como una suite para orquesta y voz. El argumento escrito por María de la O Lejárraga, quien por entonces firmaba con el nombre de su marido, Gregorio Martínez Sierra, también fue modificado en algunas partes, aunque mantuvo la esencia de la historia.

