Gershwin: Un americano en París

OSCyL, Wayne Marshall
15 y 16 de Junio de 2017

El 10 de marzo de 1928, George Gershwin subió a un barco con destino a Europa. Allí fue recibido como una celebridad y pasó bastante tiempo con algunos de los compositores más ilustres del continente. El viaje, sin embargo, resultó ser algo más que una oportunidad para codearse con sus héroes musicales. Hacía poco, la Filarmónica de Nueva York le había encargado una obra orquestal. Aunque había empezado a trabajar en Enero de ese mismo año, se encontró con que su viaje dio forma a la pieza. El resultado fue un poema sinfónico influido por el jazz que representa a un turista americano ante las vistas y los sonidos de París.

Leah Branstetter, Notas de un programa de la New Albany Symphony Orchestra.

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Según confesión de su propio compositor, Un americano en París es un intento de reconciliación entre dos escuelas de pensamiento musical opuestas, una Pax Romana, por así decirlo, impuesta a dos campos habitualmente en guerra. Es música de programa en cuanto que pretende ser una narración emocional, transmitiendo, en términos de sonido, las sucesivas reacciones emocionales experimentadas por un turista yankee a la deriva en la Ciudad de la Luz. Es música absoluta también, en cuanto que su estructura está determinada por consideraciones musicales más que literarias o dramáticas. La obra, si bien no sigue estrictamente la forma de sonata, se asemeja a un movimiento sinfónico extendido en que anuncia, desarrolla, combina y recapitula temas definidos. Sólo que, mientras que un movimiento sinfónico ordinario se basa en dos temas principales, Un americano en París juega con cinco.

Aunque a Mr. Gershwin se le ha oído desear -y probablemente no en vano- que su nueva obra pueda ser absorbida y disfrutada puramente como una pieza de música orquestal, él también admite que Un americano en París (que, curiosamente, fue escrito en gran parte en París) sigue una historia bastante explícita. Lo que sigue a continuación se basa en la propia versión de Mr. Gershwin acerca de la sucesión de acontecimientos descritos, aumentada por algunos detalles proporcionados por este servicial comentarista, hasta ahora, no rechazados por el compositor.

Imagínese, pues, un estadounidense que ha ido a visitar París, paseando por los Champs-Elysées en una tibia y soleada mañana de Mayo o Junio. De acuerdo con su naturaleza, comienza sin preliminares, y parte inmediatamente a toda velocidad al ritmo del Primer Tema de Paseo, un aire directo y diatónico que pretende transmitir una impresión de la libertad y alegría galas.

Con los oídos tan abiertos como los ojos, nuestro americano observa con placer los sonidos de la ciudad. Los taxis franceses parecen divertirle particularmente, un hecho que la orquesta señala en un breve episodio con cuatro auténticas bocinas de taxis de París (importadas para la ocasión a un enorme precio), que tienen un tema especialmente asignado (el conductor, quizás?) anunciado por las cuerdas cada vez que aparecen en la partitura (0:28). Tras haber eludido sin problemas los taxis, nuestro americano parece pasar ante la puerta abierta de un café donde, si creemos a los trombones, La Maxixe* sigue siendo popular (1:32). Entusiasmado por este recuerdo de los alegres mil novecientos, reanuda su paseo por medio del Segundo tema de Paseo, anunciado por el clarinete en un francés con fuerte acento americano (1:58).

Ambos temas son ahora discutidos con cierta amplitud por los instrumentos, hasta que nuestro turista da con un lugar inesperado. El compositor dice que podría ser una iglesia, mientras que el comentarista sostiene que se trata del Grand Palais, donde se celebra la Exposición. En todo caso, nuestro héroe no entra. En cambio, como denota el corno inglés (3:23), afloja respetuosamente el paso hasta dejarlo atrás sin mayores problemas.

En este punto, el itinerario del estadounidense se vuelve un poco confuso. Puede ser que continúe por los Campos Elíseos, puede ser que los haya abandonado, el compositor no se pronuncia al respecto. Sin embargo, como lo que sigue se conoce técnicamente como interludio o puente, puede sostenerse razonablemente la suposición de que la pluma de Gershwin, guiada por una mano invisible, ha perpetrado un juego de palabras musical y que cuando el Tercer Tema de Paseo hace su aparición [4:55], nuestro americano ha cruzado el Sena, y se halla en algún lugar en la orilla izquierda. Ciertamente, el tema es claramente menos galo que sus predecesores y habla americano con acento francés, como corresponde a esa parte de la ciudad en la que se encuentran tantos estadounidenses. “Paseo” puede ser un nombre inapropiado, pues a pesar de su vitalidad, el tema es de carácter un poco sedentario, y lo es  cada vez más. De hecho, el final de esta sección de la obra está formulado en términos tan inequívoca aunque agradablemente borrosos como para sugerir que el americano está en la terraza de un café, explorando los misterios de un Anise de Lozo.**

Y ahora la orquesta presenta un episodio pecaminoso. Baste decir que un violín solo se acerca a nuestro héroe (en el registro de soprano) y se dirige a él en el más encantador inglés chapurreado (6:36); y ante su respuesta inaudible -o al menos ininteligible- repite el comentario. Esta conversación unilateral continúa durante un rato.

Por supuesto, hay que apresurarse a añadir, quizás estemos cometiendo una grave injusticia tanto con el autor como con el protagonista, y que todo el episodio no sea más que una transición musical. Esta última interpretación puede ser la verdadera, porque de lo contrario es difícil creer lo que sigue: A nuestro héroe le entra la nostalgia (7:43). Tiene morriña (“blues”), y si el comportamiento de la orquesta es un criterio, le ha dado muy fuerte. De pronto, se ha dado cuenta de forma abrumadora que no pertenece a este lugar, que es la criatura más miserable de todo el mundo, un extranjero. El frío y azul cielo de París, el lejano perfil ascendente de la Torre Eiffel, las librerías del muelle, el estampado de las hojas de castaño de Indias en la calle blanca y cubierta de sol, ¿de qué sirve esta belleza ajena? Él no es Baudelaire, anhelando estar “en cualquier lugar del mundo”. El mundo es justo lo que él anhela, el mundo que conoce mejor: un mundo menos encantadoramente sentimental, un poco vulgar quizás, pero con todo, su hogar.

Sin embargo, la nostalgia no es una enfermedad fatal, ni, en este caso, excesivamente larga. Justo en el momento preciso, la compasiva orquesta ataca con un tema al rescate, dos trompetas interpretando la ceremonia de presentación (13:11). Es evidente que nuestro héroe debe haber conocido a un compatriota, porque este último tema es un Charleston ruidoso, alegre y seguro de sí mismo, sin una gota de sangre gala en sus venas.
Ahora mismo, París ya no existe. Y una orquesta voluble, turbulenta y chistosa, procede a demostrar bastante extensamente que siempre hace buen tiempo cuando dos americanos se encuentran, no importa dónde. El segundo tema de paseo vuelve después [16:31], luego el primero [16:51]. París no es un lugar tan malo, después de todo; De hecho, es un gran lugar!  Buen tiempo, nada que hacer hasta mañana, buenas chicas… y por cierto, ¿qué fue del tal Volstead?*** Vuelve el blues (18:01), pero atenuado por el segundo tema de paseo -una feliz reminiscencia más que un anhelo nostálgico – y la orquesta, en una final desenfrenado, decide hacer noche en la ciudad. Será genial volver a casa, pero mientras tanto, esto es París!

Deems Taylor, Notas del programa del estreno de Un Americano en Paris

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* La maxixe, mattchiche, machicha o tango brasileño fue una de las primeras danzas urbanas creadas en Brasil, de moda entre fines del siglo XIX y principios del XX. La melodía que cita Gershwin, famosísima a principios de siglo en Paris y en medio mundo, proviene de la zarzuela “Los inocentes”, una “revista extravagante en un acto, en verso y prosa” de 1895, música de Ramón Estellés Adrián y letra de José López Silva e Isidro Sinesio Delgado,  que durante las muchas vueltas que dio por el mundo con diferentes letras  -desde el original “No me crió mi madre / Para casada, / Porque de solterita / No pierdo nada” a “Mi madre (o tu padre) no me (te) quiere / Barbero loco / Mi madre no me (te) quiere / Y (ni) tu (yo) tampoco”, o la de Don Procopio que añadia el estribillo “El buen señor / Es un conquistador”- adquirió en París el título de “La mattchiche” porque hablaba de ese baile, aunque su ritmo no tenga nada que ver con aquél.

** Anise de Lozo, una bebida popular en la época.

*** Andrew Volstead fue el presidente del Comité Judicial de la Casa Blanca que supervisó la aprobación de la Ley seca, también conocida por ello como “Ley Volstead”.

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