El gran final de la Novena de Beethoven cierra por todo lo alto una gran temporada

No hay otra obra más unánimemente querida ni que haya sobrevivido mejor a su éxito que la Novena de Beethoven, de modo que elegirla para cerrar la temporada del 25 aniversario de la OSCyL  parecía un acierto, y el lleno absoluto lo confirmaba. Pero Gourlay, en la temporada en que se ha hecho cargo de la orquesta, dirigió anoche una versión tan sorprendente como los comentarios en las notas del programa de Xoán M. Carreira, orientados a resaltar el espíritu comercial de Beethoven y su integración con los poderes establecidos. Esta novena no emergió de un pianísimo indefinido y tembloroso, sino con acordes claros y casi bruscos, como todo el primer movimiento, de una aspereza y agresividad nada habitual. El brillante segundo sonó de forma más convencional, aunque no sobrado de emoción, y el maravilloso tercero, carente de las imprescindibles matizaciones dinámicas, resultó lamentable. Sin alma, sin corazón, sin Beethoven. Afortunadamente, llegaron los contrabajos al rescate, tomaron el relevo las violas, se levantó el cuarteto vocal y el enorme coro, y la orgia de emoción y alegría que es el cuarto movimiento de la novena de Beethoven se adueñó del auditorio, con lo que esta estupenda temporada acabó en todo lo alto. Aunque sin ahuyentar la preocupación que algunos sentimos.

Wayne Marshall, diversión a todo gas en el Auditorio

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Entre el musical y la música ligera, entre el ritmo y la brillante orquestación de Bernstein (siempre acosado por West Side Story) y el jazz y la acusada personalidad de Gershwin, el director y pianista Wayne Marshall nos mantuvo casi permanentemente con una sonrisa en los labios durante las dos partes del concierto de ayer. De la primera, tras la Obertura de Candide, donde descubrimos su gestualidad, de una naturalidad y sencillez casi ingenuas y nada habituales, pero de indudable efectividad, debe resaltarse el regalo de su prolongada cadenza en el Andante del Concierto en Fa, bellísima y con una musicalidad jazzística que a los amantes del género nos hubiera gustado aplaudir como se hace con los solos en el mundo del jazz y como habían hecho buena parte de los espectadores al acabar su primer movimiento, nada raro dado la cantidad de adeptos que tiene Gershwin en un público que no frecuenta los conciertos de música clásica ni conoce por tanto sus convenciones. Pero nos resarcimos al final, tras su espectacular trabajo en el Allegro final.

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