Vilde Frang, de nuevo excepcional

Ya fue candidata al primer puesto entre los estupendos solistas que nos visitaron hace un par de temporadas, y esta admirable joven noruega vuelve a optar al título tras su trabajo con el Concierto para violín de Britten, una de esas obras que, interpretada como ha hecho ella, corta el aliento. Y ni una respiración se ha oído mientras sonaba su cadenza, ni durante los largos segundos de silencio en que el público se ha mantenido tras su sobrecogedor final. Todas las notas y todos los sonidos que han brotado de las cuerdas, frotadas, pulsadas y percutidas de su violín, se han sumado para narrar con enorme sensibilidad y madurez esa historia de temor y sufrimiento, contando con la colaboración de una grandísima orquesta que, dirigida magistralmente por López-Cobos, ha sabido entrelazarse de forma casi mágica con ella, haciendo recordar los versos de la canción de Moustaki, “yo no sé dónde empiezas, tú no sabes dónde acabo”. No ha habido propina, ni se pedía, ni procedía, porque los aplausos que les han hecho salir cinco veces (y no han sido más porque la orquesta se ha retirado) no perseguían una propina, muy poco adecuada tras lo que se acababa de vivir. Pero que vuelva pronto, por favor. Continuar leyendo

Wunderhorn, Wunderorchester, Wunderdirektor

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Pocas orquestas dispondrán de una sección de trompas y de un solista tan bueno como Jose M. Asensi, capaces de afrontar el difícil reto que supone interpretar el Konzertstück compuesto por Schumann para sus instrumentos. Y así lo reconocieron los prolongados aplausos del público, rendido desde la brillante fanfarria de presentación y premiado con un impresionante arreglo del Libertango de Piazzolla. Pero la orquesta y Lopez-Cobos habían decidido sumarse al homenaje a sus trompistas dando lo mejor de sí mismos y la sesión fue para no olvidar. Continuar leyendo

Decepcionante Décima de Mahler

Decir que una interpretación de la Décima de Mahler ha sido una parodia de su música, puede ser una redundancia para los que no quieren pasar del Adagio. El problema es cuando se trata de una mala parodia, en la que ha resultado particularmente afectado ese enorme movimiento inicial suyo, lentísimo e inconexo, y que, como toda la sinfonía, ha carecido de emoción y de auténtico dramatismo. La energía de los movimientos centrales no ha pasado de la epidermis y aunque el efectista movimiento final ha sonado mejor, no ha sonado a Mahler. Con ausencia de matices dinámicos, una monótona igualdad salpicada de estridencias y la sensación general de una interpretación poco trabajada, es cierto que era la primera vez para la orquesta, pero también es posible que este reto supere las actuales posibilidades de  Andrew Gourlay. Y aunque las intervenciones solistas han sido del nivel habitual (a destacar el concertino Juraj Cizmarovic, que sí parecía sentir e interpretar a Mahler), la orquesta se ha mostrado vacilante y desajustada en más de una ocasión. En todo caso, el silencio no se oye y la decepción no habrá sido para todos, porque nuestro director titular ha salido cinco veces para recibir los aplausos que han llenado el auditorio.

Abrazos de Nikolic tras el más sobrecogedor y auténtico Shostakovich

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Acabó la tremenda Sinfonía nº 14 de Shostakovich y Gordan Nikolic se fundió en un abrazo con la soprano Magdalena Anna Hoffman primero, y luego con el barítono Thomas Oliemans, dos grandes nombres de la escena mundial que anoche se entregaron interpretando con una pequeña orquesta de cuerdas y tres percusionistas una de las obras más verdaderas y sobrecogedoras que se han compuesto nunca. También abrazó efusivamente a Màrius Diaz, que deslumbró una vez más en sus importantes intervenciones (¿para cuándo un concierto como solista?) y sus abrazos parecían muy sinceros y emocionados, porque sincero y emocionante fue su enorme trabajo y la complicidad de la orquesta, manteniendo la tensión y la unidad desde los pianísimos agudos iniciales de su violín hasta el último compás, lamentablemente interrumpido por esos aplausos precipitados con que algunos parecen siempre querer demostrar no se sabe bien qué. Aplausos, en cualquier caso, especialmente merecidos anoche, por los solistas, por la orquesta, por su concertino director, pero también y mucho por Shostakovich y por los poetas que eligió para  gritar contra la muerte.

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Antológica séptima de Bruckner con Inbal

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Como un chamán, “al que se le atribuye la capacidad de modificar la realidad o la percepción colectiva de esta, de manera que no responden a una lógica causal”, Eliahu Inbal hizo que la OSCyL extrajera y entregase anoche toda la emoción que contiene la que para muchos es la mejor obra de Bruckner, su Séptima Sinfonía. Antes, acompañando a Stefan Schilli, la pequeña orquesta del Concierto para oboe de Richard Strauss no había sonado tan ajustada ni brillante, pese a lo que el aristocrático encanto de esa obra tan bien elegida para acompañar la Séptima, sedujo al Auditorio. Pero con Bruckner, dirigida con sabiduría, convicción y naturalidad desde la altura física y vital de Eliahu Inbal, la OSCyL respondió con otra de esas ejemplares interpretaciones que nos hacen conscientes del lujo de que disfrutamos. Pocas veces se habrá podido disfrutar tanto de los contrastes dinámicos y emocionales y de tanta belleza como contiene su primer movimiento, de un adagio que sonó como una amorosa y dolorosísima canción de cuna, de la fuerza de su scherzo. Pocas veces habrá sido narrada la obra de Bruckner con tanto equilibrio, dosificando la intensidad de cada pasaje hasta conducirnos, emocionalmente exhaustos pero vivos, a esa especie de trágico aquelarre que pareció anoche su última evocación a Wagner. Pocas veces el sentimiento de gratitud es tan intenso y prolongado.

Otro Magnífico programa y otro magnífico concierto de la OSCyL, con Josep Pons y el bandoneonista Pablo Mainetti

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Desde la feria popular de una plaza de San Petersburgo hasta un angustioso apartamento prostibulario en cualquiera de las agitadas calles de Nueva York, todos los colores y los ritmos, todo el humor, la poesía, el dramatismo y la violencia de Petrushka y de El mandarín maravilloso, se vivieron anoche en el Auditorio en unas magníficas interpretaciones de la OSCyL, muy bien manejada por Josep Pons, especialmente espectacular en las transiciones de la obra de Stravinsky, cuando emergen de la orquesta nuevas melodías, en los contrastes dinámicos y en la unanimidad que obtuvo de la orquesta a lo largo de todo el concierto.  Continuar leyendo