Tchaikovsky: Sinfonía nº 6, “Patética”

OSCyL, Andrew Gourlay
11 y 12 de Abril de 2019

Dejemos esto claro: La Sinfonía Patética de Tchaikovsky no es una nota musical de suicidio, no es una pieza escrita por un compositor que se estaba muriendo, no es el producto de un músico terminalmente deprimido por sus facultades compositivas o su vida personal. No es la obra de un hombre que no podía ir más allá, musicalmente hablando. Ni siquiera debería llamarse Patética, hablando estrictamente, por su asociación con un tipo particularmente esteticista de melancolía. Tchaikovsky mismo, habiendo supuestamente aprobado para su obra la palabra rusa de su hermano Патетическая (“Patetitčeskaja”) (que podría traducirse mejor como “apasionada”), y habiendo decidido no titularla  “Una Sinfonía de Programa”, envió a su editor la indicación de que era simplemente su Sexta Sinfonía en Si menor, dedicada a su sobrino Bob Davydov. Así es como apareció la pieza cuando el propio Tchaikovsky dirigió el estreno en San Petersburgo el 28 de octubre de 1893. Tres semanas más tarde, en su primera interpretación póstuma, se la llamó “Pathétique”, un sobrenombre que se ha mantenido desde entonces.

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Tchaikovsky: Allegro moderato del Concierto para violín

Kotek con Tchaikovsky, 1877

El Concierto para violín en Re fue escrito en 1878 durante el período inmediatamente posterior a la huida de Tchaikovsky de su desastroso matrimonio. Para escapar, viajó a Francia, Italia y Suiza, donde se encontró con su viejo amigo, el violinista Joseph Kotek. Juntos tocaron la Sinfonía Española de Lalo, y la experiencia impulsó aparentemente a Tchaikovsky a ponerse a trabajar inmediatamente en un concierto. Los bocetos se completaron en solo once días y la partitura se completó en dos semanas más. Aunque Kotek le aconsejó en la parte solista, la obra fue dedicada al famoso Leopold Auer. (Kotek fue más tarde recompensado con otra dedicatoria.) Sin embargo, cuando llegó el momento de interpretar la pieza, tanto Kotek como Auer rechazaron la solicitud de Tchaikovsky para estrenarla, alegando que era imposible de tocar debido a las muchas dobles cuerdas, glissandi, trinos , saltos y disonancias. La primera interpretación se retrasó hasta el 4 de diciembre de 1881, cuando Adolf Brodsky la efectuó con la Filarmónica de Viena. Aunque algunos en la audiencia elogiaron la obra, el famoso crítico Eduard Hanslick opinó que en realidad despedía un “mal olor”. Pocos años más tarde, Auer alentaba a sus alumnos a que la estudiasen.

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Tchaikovsky: Romeo y Julieta (Obertura-Fantasía)

OSCyL, Andrew Gourlay
11 y 12 de Mayo de 2018
The Reconciliation of the Montagues and Capulets Over the Dead Bodies of Romeo and Juliet (Frederic Leighton)

Que no Obertura de Romeo y Julieta: Obertura a secas, sin “de”, sin ballet ni ópera, aunque hubo un intento. O, más rigurosamente Obertura-Fantasía, el subtítulo que le puso Tchaikovsky a este explícito poema sinfónico, una de las páginas más memorables de la historia de la música, que, curiosamente, no tiene número de opus.

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Tchaikovsky: Concierto para piano n.º 1 (2*)

Denis Kozhukhin. OSCyL, Lucas Macías
19 y 20 de Abril de 2018
Toqué el primer movimiento. ¡Ni una sola palabra, ni un solo comentario! ¡Si supieras qué estúpida e intolerable resulta la situación de alguien que cocina un plato para un amigo y ve cómo se lo come en silencio! Ah, una palabra, una crítica amable, pero ¡por amor de Dios, al menos una palabra de simpatía, ya que no de alabanza!. Rubinstein estaba fraguando su ataque y Hubert aguardaba a ver lo que pasaba y a que hubiera una razón para inclinarse hacia uno u otro lado. Yo no quería de ningún modo opiniones referentes al aspecto artístico. Necesitaba observaciones sobre la técnica pianística. El elocuente silencio de R era muy significativo. Parecía estar diciendo: “Amigo mío, ¿cómo puedo hablar de detalles cuando el todo me disgusta?” Me armé de paciencia y toqué hasta el final. De nuevo silencio. Me puse de pie y pregunté: “¿Y bien?” Entonces, surgió un torrente de la boca de Nikolay Grigoryevich, suave al principio, luego creciendo más y más hasta convertirse en el sonido de un Júpiter Tonante. Resultó que mi concierto no valía nada y era imposible de interpretar; tenía pasajes tan fragmentados, tan torpes, tan mal escritos que era imposible arreglarlos; la obra en sí era mala, vulgar; en algunos sitios había copiado de otros compositores; sólo había dos o tres páginas que valía la pena preservar; el resto debía ser desechado o completamente reescrito. “Aquí, por ejemplo, esto, ¿qué es todo eso?” (caricaturizando mi música en el piano) “¿Y esto? ¿Cómo podría nadie …”, etc., etc. Lo peor de todo, que no puedo reproducir, es el tono en que pronunciaba esto. En una palabra, un testigo imparcial en aquel lugar, podría haber pensado que yo era un maníaco, un insensato aficionado que había venido a presentar su basura a un músico eminente. Hubert había advertido mi obstinado silencio, y se hallaba asombrado y sorprendido de que estuviesen propinando tal bronca a alguien que ya había escrito muchas obras y había dado un curso de composición libre en el Conservatorio, de que tan despectivo juicio cayera sobre él sin apelación -un juicio como usted no pronunciaría ante un alumno con el más mínimo talento que hubiese descuidado alguno de sus deberes- y se puso a explicar el juicio de NG, sin rectificarle en lo más mínimo sino solo suavizando lo que Su Excelencia había expresado con tan poca ceremonia.

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