El espectacular Shostakovich de la Leningrado entusiasma con Inbal en un concierto con un peligroso precedente

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Inbal, un lujo para una orquesta de lujo como es la OSCyL, tampoco defraudó ayer, y, visiblemente satisfecho, agradeció los aplausos de público y orquesta tras el enardecedor final de la Séptima Sinfonía de Shostakovich, que, como su música, había alcanzado sus mejores momentos, realmente magníficos, cuando adquiría ritmo y decibelios, en ese final, en las secciones medias de los movimientos centrales, y desde luego, en el famoso bolero del primero. En el resto, cuando los sentimientos expresados son más complejos y matizados, la interpretación fue menos interesante y hasta sosa, incluyendo alguna intervención solista importante en esa misma línea. Pero el espectáculo se impuso, y no sólo el sonoro, porque ver a una enorme sección de metales ocupando dos filas completas del escenario levantada para recibir una merecida felicitación es también una preciosa imagen.

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Antológica séptima de Bruckner con Inbal

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Como un chamán, “al que se le atribuye la capacidad de modificar la realidad o la percepción colectiva de esta, de manera que no responden a una lógica causal”, Eliahu Inbal hizo que la OSCyL extrajera y entregase anoche toda la emoción que contiene la que para muchos es la mejor obra de Bruckner, su Séptima Sinfonía. Antes, acompañando a Stefan Schilli, la pequeña orquesta del Concierto para oboe de Richard Strauss no había sonado tan ajustada ni brillante, pese a lo que el aristocrático encanto de esa obra tan bien elegida para acompañar la Séptima, sedujo al Auditorio. Pero con Bruckner, dirigida con sabiduría, convicción y naturalidad desde la altura física y vital de Eliahu Inbal, la OSCyL respondió con otra de esas ejemplares interpretaciones que nos hacen conscientes del lujo de que disfrutamos. Pocas veces se habrá podido disfrutar tanto de los contrastes dinámicos y emocionales y de tanta belleza como contiene su primer movimiento, de un adagio que sonó como una amorosa y dolorosísima canción de cuna, de la fuerza de su scherzo. Pocas veces habrá sido narrada la obra de Bruckner con tanto equilibrio, dosificando la intensidad de cada pasaje hasta conducirnos, emocionalmente exhaustos pero vivos, a esa especie de trágico aquelarre que pareció anoche su última evocación a Wagner. Pocas veces el sentimiento de gratitud es tan intenso y prolongado.