Stravinsky: Apolo (Ballet)

Escuela Profesional de Danza de Castilla y León. OSCyL, Jukka-Pekka Saraste
21 y 22 de Marzo de 2019

Al encargar un ballet a Stravinsky, en 1927, Elizabeth Sprague Coolidge especificó que el tamaño de la orquesta debía limitarse a la capacidad del pequeño foso del Coolidge Auditorium, y que la duración de la obra no podía exceder la media hora. La elección del tema, así como la instrumentación se dejaron al compositor (que recibió unos honorarios de 1.000 dólares), y Stravinsky respondió con una idea que le había interesado desde hacía algún tiempo: Un ballet basado en la mitología griega e interpretado por lo que él describió como “la llamada escuela clásica” de danza.

Al parecer, la elección de este tema específico tuvo mucho que ver con el interés en crear algo luminoso y sereno en contraste con el tratamiento que había aplicado a un tema griego muy diferente en su ópera-oratorio Oedipus Rex, que había completado y  presentado en París inmediatamente antes de abordar Apollon Musagète; de hecho, la versión escénica de su Edipo se estrenó en Viena solo nueve semanas antes del estreno mundial de Apollon en Washington. Stravinsky comentaría más de una vez que estas dos obras de inspiración griega eran  “el blanco y el negro” no solo en el tópico sentido de contraste, sino en referencia a las diferentes naturalezas de las dos obras y a los diferentes estilos interpretativos que le sugirieron en términos específicamente relativos al ballet. En su autobiografía de 1936, Crónica de mi vida, escribió:

Elegí como tema Apollo Musagetes, es decir, a Apolo como el maestro de las musas, el que  inspiraba a cada una de ellas su propio arte. Reduje su número a tres, seleccionando de entre ellas a Calíope, Polimnia y Terpsícore como las representantes más características del arte coreográfico. Calíope. . . personifica la poesía y su ritmo; Polimnia representa el mimo. . . Por último, Terpsícore, combinando en ella misma el ritmo de la poesía y la elocuencia del gesto, revela el baile al mundo, y ocupa por ello entre las Musas el lugar de honor junto al Musagetes.

Cuando, admirando la belleza de la línea de la danza clásica, soñaba con un ballet de este tipo, tenía especialmente presente lo que se conoce como “ballet blanco”, en el cual, en mi opinión, la esencia misma de este arte se revela en toda su pureza. Había visto que la ausencia de efectos coloristas y de todo lo superfluo produce una maravillosa frescura. Esto me inspiró a escribir música de esas características. Me pareció que la composición diatónica era la más apropiada para este propósito, y la austeridad de su estilo determinó lo que debía ser mi conjunto instrumental. De inmediato dejé de lado la orquesta ordinaria debido a su heterogeneidad, con sus grupos de instrumentos de cuerda, madera, metal y percusión. También descarté formaciones de madera y metal, cuyos efectos han sido realmente demasiado explotados últimamente, y elegí las cuerdas.

Esta fue, de hecho,  la primera composición de Stravinsky para orquesta de cuerdas, y seguiría siendo la única hasta el Concierto en Re de 1946. A pesar de evitar los “efectos  coloristas”, la rica calidad expresiva que logró con su autoimpuesta austeridad es uno de los aspectos más notables de esta notable partitura. El 12 de junio de 1928, apenas seis semanas después del estreno en Washington, el propio Stravinsky dirigió el ballet en París, con una nueva coreografía de George Balanchine, y con Serge Lifar en el papel principal. Balanchine, que había trabajado con Stravinsky ya una vez, en Le Rossignol (1925), consideraría a Apollon Musagète no solo como el verdadero comienzo de su extraordinaria serie de colaboraciones, sino como “el punto de inflexión” en su propia vida. Años más tarde escribió de esta obra:

Por su disciplina y contención, por la constante unidad entre tono y sentimiento, la partitura fue una revelación. Parecía decirme que yo podía, por primera vez,  atreverme a no hacer uso de todas mis ideas; que yo, también, podía eliminar. Empecé a ver cómo podía clarificar, limitando, reduciendo lo que parecía ser una miríada de posibilidades a la única posibilidad inevitable.

Para Stravinsky, por su parte, la interpretación de Balanchine resulto “exactamente como había deseado”, y el ballet permanece en el repertorio con el título Apollo, que Stravinsky prefirió a su original al revisar la partitura en 1947. Esta revisión supuso en su mayor parte (aunque no exclusivamente) numerosas aclaraciones en las indicaciones dinámicas; el contenido esencial es el mismo en ambas versiones.

El argumento es la simplicidad misma, y es descrito por la partitura del modo más directo y escueto. Tras una sección introductoria (El nacimiento de Apolo), Apolo es presentado junto con las tres Musas, y, a continuación, cada una de ellas baila una variación en solitario. La última es Terpsícore, y después de su variación, baila con Apolo. Ella es la única de las Musas que baila sola con él, y para su pas de deux Stravinsky creó uno de sus episodios más abiertamente expresivos, y también uno de los más sencillos, en el sentido más noble de ese término, de los que se encuentran en cualquiera de sus partituras.

Tras la discreta exaltación de este tierno clímax, el ballet concluye con una Coda para Apolo con las tres musas, y una breve apoteosis.

Richard Freed. Notas de un programa de la National Symphony Orchestra de Washington

 

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