Un concierto ruso para una exhibición

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Esta semana ha asistido al concierto un amigo que conoce auditorios y orquestas de medio mundo. Le ha gustado el Delibes por fuera y por dentro, ha admirado su hall, y se ha quedado pasmado al descubrir desde él la sala sinfónica. Le ha gustado (más que a mí) Valentina Lisitsa en el Concierto nº 1 de Rachmaninov, no tanto en las dos propinas que ha ofrecido sin hacérselo pedir demasiado, el atlético Precipitato final de la Sonata nº7 de Prokofiev  (“Stalingrado”, como la sinfonía de la segunda parte, un coincidencia difícilmente casual)

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Rachmaninov: Concierto para piano nº 1

Valentina Lisitsa. OSCyL, Vasily Petrenko.
28 y 30 de Abril de 2016
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Aunque la música de Rachmaninov se confunde a veces con el romanticismo meloso de las bandas sonoras de Hollywood que antaño inspiró, Rachmaninov fue un artista serio y aristocrático. Fue uno de los más grandes pianistas de la historia, un asombroso virtuoso en la heroica tradición de Liszt, pero no había nada llamativo en su actitud en escena. Para ser una superestrella para todos los públicos, Rachmaninov era sorprendentemente sombrío y lejano. Rara vez sonreía o cortejaba a la audiencia, e incluso su pelo cortado al rape, de un modo omnipresente hoy pero muy sospechoso en aquel momento (como el de un convicto, según dijo el bajo ruso Fyodor Chaliapin) sugería una personalidad adusta. Chaliapin también le regañaba por su bruscas e imperativas reverencias. Mucho más tarde Stravinsky le llamó “un ceño fruncido de dos metros de altura.”

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