Ravel: Concierto para piano y orquesta en Sol mayor

Yeol-Eum Son. OSCyL, Roberto González-Monjas.
24 y 25 de Junio de 2022

La guerra le empujó a abandonar Paris, olvidando en un cajón los esbozos de su proyectada Zazpiak-Bat, una Rapsodia Vasca para piano y orquesta que fue así definitivamente abandonada. Pero, años después, recuperaría parte de aquellas ideas sugeridas por la visita a la tierra de la que tanto le había hablado su madre, usándolas en el Concierto para piano y orquesta en Sol Mayor, que si bien tiene mucho que ver con el jazz y con la explotación de las cualidades del piano como instrumento de de percusion, es también una evocación del mundo vasco. Así lo explicaba Marguerite Long, la pianista a la que Ravel dedicó el concierto y quien lo estrenó:

«Se puede afirmar que Ravel ha puesto en las páginas iniciales de esta obra (…) uno de los aspectos típicos de esta provincia. Hay que haber visto, en San Juan de Luz, una noche de verano, cerca de  los atuneros azules que se balancean bajo la luna, saltar a los jóvenes vascos cuando los primeros acentos de un fandango se alzan del quiosco de la plaza, a los grupos de las terrazas arrancándose de su somnoliento dormitar, al heladero abandonando su carrito, al vendedor de periódicos dejar en el suelo el fardo con las noticias; unos frente a otros, el pecho orgulloso y erguido cuadrado por los brazos alzados, martilleando el suelo de sus alpargatas en la pura alegría del ritmo. Hay que haber visto eso para comprender esa espontaneidad sin exceso, ese ímpetu comedido del País de Ravel.»

Elementos que pueden encontrarse desde el mismísimo inicio de ese primer movimiento, con el latigazo dando la salida a una danza acompañada por flauta y tamboril,

y hasta la estruendosa con que concluye

aunque en todo el movimiento sea también evidente  la presencia de los Estados Unidos de America, Gershwin mediante,

como lo es en el Presto final

Lo curioso es que no se reivindique la “vasquedad” del segundo movimiento. De hecho, Ravel no había logrado idear un movimiento lento para su rapsodia vasca, pero el Adagio Assai del Concierto para piano  no es nada inapropiado para representar la melancolía que pueden suscitar los paisajes de esa bellísima tierra, y aunque él afirmó haberse inspirado formalmente en el Concierto para clarinete de Mozart y en Saint-Saens, el tono idílico y extasiado de ese precioso movimiento encaja perfectamente con las estampas del País Vasco, las mismas que valdrían (y valieron aquí) para acompañar la Amorosa de Guridi.

Sin recortes ni distracciones, vale la pena disfrutar de este mítico Adagio assai, inicialmente muy criticado por antiguo y bachiano (??) pero que hoy es para muchos lo que para el musicólogo Michael Steinberg: “La razón por la que no solo nos deleitamos con este concierto, sino que realmente lo amamos”. Una maravillosa ensoñación, con esa «única frase, larga, expresiva, que el instrumento solista adorna con rasgos decorativos», ese vals lento que fluye como un continuo tan aparentemente natural y fácil pero que a Ravel le costó lo suyo, ese contraste de compases entre la mano izquierda y la derecha, «ese juego delicioso de oponer el ritmo a la expresión natural del canto», con la aparición, tras tres asombrosos minutos de piano solo, de la flauta y las maderas, que se llevan la melodía como hará al final el corno inglés mientras el piano se entrega a sus filigranas en las alturas. Para interpretarlo, Marguerite Long recomendó : «Una vez que se respetan las indicaciones precisas, que no faltan, es al corazón a quien debe pedirse consejo.» Y si no hay dos corazones iguales, siempre hay que escuchar cómo late el de Michelangeli, que, hierático como siempre y ajeno incluso a la intervención de los tosedores de guardia, borda con la LSO dirigida por otro gran perfeccionista, Celibidache, esta impagable joya…

…que será un placer volver a escuchar aquí, en su nada desdeñable contexto:

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