Vaughan Williams: Serenata a la música

Sara Fox, Kathryn Rudge, Andrew Staples, Mark Stone. Coro Hallé. OSCyL, Andrew Gourlay.
20 y 21 de Junio de 2019

Si la música es el alimento del amor, tocad

Poco se sabe acerca de las aptitudes y preferencias musicales personales de Shakespeare, pero una cosa es cierta: su arte verbal ha tenido a lo largo de los siglos un enorme impacto en el arte de la música. La gran cantidad de música generada por sus obras comienza con la música que debe escucharse como parte de ellas mismas; hay en su producción unas 300 indicaciones para que se interpreten distintos tipos de música. Podemos seguir luego con la llamada música incidental, es decir, la música escrita para enriquecer la obra teatral sin formar parte de la acción; el Sueño de una noche de verano de Felix Mendelssohn es quizás el ejemplo más conocido. Pero estas dos categorías señalan solamente el inicio de la música inspirada en la literatura de Shakespeare: no incluyen las muchas obras instrumentales con vida propia e independiente inspiradas en el inmortal bardo, o los cientos de óperas y ballets basados en sus obras, o los, literalmente, miles de canciones y obras corales que han puesto música a sus palabras. Un catálogo de música de Shakespeare, publicado en 1991, enumera más de 21, 000 obras inspiradas en Shakespeare, y ese número es sin duda sustancialmente más elevado hoy.

De las varias contribuciones de Ralph Vaughan Williams a la Shakespeariana, la más conocida es la Serenata a la Música, una obra que celebra maravillosamente al poeta y al arte de la música en sí. Es música para ocasiones especiales, originalmente escrita para celebrar el 50 aniversario del debut del director de orquesta Sir Henry Wood, una figura importante en la vida musical inglesa. Hoy día, Sir Henry es más recordado como el padre fundador de esa institución cultural inglesa única conocida popularmente como “los Proms”, y, más formalmente, como los BBC Henry Wood Promenade Concerts.  Los Proms, que presentan música seria en un ambiente informal, a veces más parecido al de un concierto de rock que a una sala de conciertos tradicional, se remontan a 1895, cuando Henry Wood, con 26 años, dirigió la primera edición. Dirigiría los Proms hasta su muerte, casi medio siglo después, en 1944. Aunque se le ofrecieron puestos de director de orquesta tanto de la New  York Philharmonic como de la Boston Symphony, eligió quedarse en Gran Bretaña, donde fue un factor determinante en la elevación del nivel estándar  de las interpretaciones y en el desarrollo del paladar musical del público.

Para la gala en celebración de su jubileo, que tuvo lugar en el Royal Albert Hall en Octubre de 1938 y fue dirigida por el propio Wood, Vaughan Williams tuvo la idea de reunir a 16  grandes cantantes ingleses, elegidos personalmente por el compositor y el director, que cantaban a Shakespeare en El mercader de Venecia formando parte del coro y, ocasionalmente, también como solistas. El compositor llegó a imprimir las iniciales de cada cantante en la partitura para indicar su parte. La orquesta estaba formada por músicos de las tres principales orquestas de Londres que Wood habría conocido muy bien. Casualmente, en tan emotivo evento participó Sergei Rachmaninoff, quien después de interpretar su propia música en la primera parte del programa, se sentó en un palco con Lady Wood durante el resto de la sesión. La serenata le conmovió hasta hacerle saltar las lágrimas y comentó que nunca se había sentido tan profundamente emocionado con una pieza musical.

El compositor pronto se dio cuenta de que en posteriores interpretaciones sería prácticamente imposible reunir a 16 estrellas del canto, y arregló varias versiones, incluyendo para coro y orquesta, coro y piano, e incluso para orquesta sola.

El texto es una adaptación del parlamento de Lorenzo a Jessica en el jardín de Porcia en el quinto acto de El Mercader de Venecia. Mientras los amantes disfrutan de la hermosa noche mediterránea iluminada por la luna, Lorenzo habla de la belleza de la escena y luego pasa a celebrar el poder de la música y su conexión con los movimientos de los astros, es decir, hace una referencia al concepto filosófico de la música de las esferas, un tema recurrente en el pensamiento renacentista.

Creando una hermosamente soñadora atmosfera nocturna, el exquisito violín solista de apertura presenta el coro que canta “¡Qué dulce duerme la luz de la luna en esta orilla!” Cambios de estado de ánimo y emociones más tenebrosas se suceden cuando las voces masculinas describen los cuerpos celestiales. Las llamadas de trompa anuncian a la diosa Diana que conduce a un melancólico pasaje con las famosas palabras que describen al “hombre que en su interior no tiene música”. Tal sujeto, nos dice el bardo, “es capaz de traiciones, engaños y rapiñas”, y no hay que fiarse de él. Las trompas de Diana vuelven una vez más y la música retorna finalmente a la soñadora dulzura de la apertura mientras el coro canta: “La apacible  quietud y la noche van al compás de la dulce armonía”. La música se va sumergiendo gradualmente en un silencio etéreo.

Daniel Maki. Notas de un programa de la English Symphony Orchestra

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