Haydn: Sinfonía nº 85, “La reina”

OSCyL, Reinhard Goebel
23 y 24 de Mayo de 2019

Las sinfonías con nombre de personas vivas conocidas son raras.  Entre los muchos subtítulos de la vasta producción sinfónica de Haydn -una cuarta parte de sus 108 sinfonías los tiene- sólo la nº 48, María Theresa, y la nº 85, La reine (La reina), homenajean a importantes figuras de la época.  Beethoven, por razones políticas, decidiría no llamar Bonaparte a su tercera sinfonía.  En nuestros días, la ópera Nixon in China de John Adams causó al principio un gran revuelo por tratar de un personaje vivo, Richard M. Nixon, quien declaró que no tenía intención de ver “su” ópera.  En 1787, la cuestión fue musical, no política, y María Antonieta asistió encantada a la primera  interpretación de la nueva sinfonía en Si bemol de Haydn, la declaró públicamente como su sinfonía favorita y aprobó el sobrenombre que todavía tiene: La reine de France, normalmente reducida a La reine.

La Sinfonía no. 85 de Haydn pertenece al primer conjunto de seis Sinfonías París escritas por encargo para ser presentadas en una ciudad que llevaba tiempo admirando su trabajo.  La solicitud vino del comte d’Ogny, un aristócrata francés que no alcanzaba los treinta años y que era uno de los miembros de la célebre compañía de conciertos, Le Concert de la Loge Olympique.  Haydn acordó aceptar veinticuatro luises de oro por cada una de las seis sinfonías, algo descrito en el propio contrato como un “precio colosal”, una evaluación que Haydn seguramente no compartió.

Las orquestas parisinas eran significativamente más grandes que las de las cortes austriacas y alemanas.  Para Haydn, acostumbrado a una banda de veinticuatro músicos en Eszterháza, escribir para las fuerzas de París debió ser un gran lujo.  El Concert de la Loge Olympique contaba con cuarenta violines y diez contrabajos, más cuerdas de las que se suelen  escuchar hoy.  Mozart, en una de sus cartas, dijo que prefería una orquesta de este tamaño.

Haydn escribió ésta y al menos una de las  otras sinfonías París en 1785;  el resto data de 1786 y las seis se estrenaron en 1787. La Salle de Spectacle, donde se celebraban los conciertos, era un lujoso teatro con gradas al que asistía regularmente la nobleza, aunque solo María Antonieta obtuviera una sinfonía llamada así en su honor.  Los músicos llevaban elegantes abrigos de color azul cielo adornados con encajes blancos, y tocaban ciñiendo una espada.  Estaban entre los mejores músicos de París (no tenemos informes de su nivel en esgrima) y contaron como chef d’orchestre con el prolífico compositor Joseph Bologne, el caballero de Saint-Georges, y  Luigi Cherubini fue uno de sus violinistas.  El éxito de Haydn en París fue sólo parte de su conquista de Europa;  tras la muerte de Mozart en 1791, fue aclamado sin dificultades como el más grande de los compositores vivos.

La sinfonía En Si bemol se abre con una breve y solemne reverencia a la antigua obertura francesa, con sus ritmos majestuosos y su paso geriátrico, para continuar con un trepidante movimiento lleno de ingenio y brillantez.  Haydn, como siempre, es un maestro de la economía, haciendo música compleja y apasionante con los materiales más simples y escribiendo un “segundo” tema que es simplemente una repetición del primero reorquestado para oboe.  (En un momento dado, Haydn incluso parece citarse a sí mismo, imitando a los agresivos arpegios descendentes en modo menor que abren su Sinfonía Los adioses.)

El segundo movimiento es un conjunto de variaciones sobre una vieja canción popular francesa, “La gentille et jeune Lisette” (La encantadora y joven Lisette), que suena a Haydn tanto como cualquier otra cosa de la sinfonía.  Una de las extraordinarias características del estilo maduro de Haydn es la forma en que se adapta sin problemas a la música popular de la época sin ningún signo de un forzado “crossover”.

El minueto es energético y cordial.  Su trío presenta un tema, otorgado al fagot, que posteriormente se arreglaria para uno de los relojes musicales mecánicos del palacio del Príncipe Esterházy.

El final es un tour de force característico, un ensayo ingenioso, complejo e infinitamente cautivador sobre un tema común pero pegadizo que, como el experto en Haydn H. C. Robbins Landon dijo, “cualquiera podría memorizar con oírlo un par o tres de veces”.

Philip Huscher, notas de un programa de la Orquesta Sinfónica de Chicago

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