Mahler: Sinfonía nº 4

Belén Alonso. OSCyL, Eliahu Inbal
17 y 18 de Mayo de 2019

Los mundos de la canción y la sinfonía se entrelazan regularmente en la obra de Gustav Mahler. No nos sorprendemos cuando sus sinfonías rompen en una canción, y sabemos que ciertos movimientos puramente instrumentales son arreglos de canciones anteriores. Uno de sus últimos trabajos, Das Lied von der Erde, es de hecho una canción y una sinfonía, el inevitable clímax de una carrera que continuamente reorganizaba y mezclaba géneros en su búsqueda de la forma ideal para decir lo que sólo Mahler podía decirnos.

Aún así, es difícil entender cómo una pequeña canción, “Das himmlische Leben” (La vida celestial), la que sirve como final de esta sinfonía, pudo haber inspirado, influenciado y configurado música tan importante. En una ocasión, Mahler comentó que “Das himmlische Leben” había dado lugar  a cinco movimientos sinfónicos diferentes, pero ni siquiera esa afirmación da medida del papel central que desempeñó la canción en su producción en el transcurso de una década.

Aunque es la última música que escuchamos en esta sinfonía, esa canción fue el punto de partida de Mahler. Primero debemos retroceder hasta Achim von Arnim y Clemens Brentano, quienes, en los primeros años del siglo XIX, publicaron una antología de setecientos poemas alemanes tradicionales conocidos como Des Knaben Wunderhorn (El cuerno mágico de la juventud). Carl Maria von Weber fue uno de los primeros compositores en ver el potencial musical de esta colección y, por coincidencia, fue su copia de los poemas del Wunderhorn los que Mahler cogió un día de 1887, mientras visitaba la casa del nieto del compositor. Aunque fue la encantadora esposa del nieto, Marian, quien más llamó entonces la atención de Mahler, ese libro de poesía popular antigua tuvo un impacto más duradero. Escogió algunos poemas y les puso música. Durante los siguientes catorce años, Mahler empleó Des Knaben Wunderhorn como fuente de todos los textos de sus canciones, excepto una. El 10 de febrero de 1892, completó un arreglo para voz y piano del poema “Der Himmel hangt voll Geigen” (El cielo está lleno de violines), una ingenua imagen infantil de la felicidad celestial. Mahler escribió su propio título, “Das himmlische Leben”, en la parte superior de la página. Un mes después, terminó la versión orquestal, coloreada por los sonidos de un arpa y el tintineo de las campanas. Mahler tenía un afecto especial por la canción y, a menudo, la incluía en los conciertos de su música. Pero cuando llegó el momento de publicar sus Wunderhorn, “Das himmlische Leben” se quedó fuera.

Mahler había decidido usar la canción como el final de su Tercera Sinfonía. El resto de esa sinfonía se concibió como una secuencia de respuestas a las preguntas de la vida, concluyendo con “Lo que me dice el niño” o “Das himmlische Leben”. Pero cuando la obra estaba a punto de completarse, Mahler cortó el final y se lo llevó a su siguiente sinfonía; sin embargo, en la Tercera se puede encontrar fácilmente música que nos anuncia y prepara para la canción que ya no está allí. El quinto movimiento, por ejemplo, otro texto del Wunderhorn, arreglado para voces blancas, originalmente fue pensado como una pieza complementaria de “Das himmlische Leben”, y proviene del mismo mundo de ángeles y campanas.

Y así,  el papel de la Cuarta Sinfonía sería terminar la historia de la Tercera, pues al colocar “Das himmlische Leben” como último capítulo de la Cuarta, lo convertía en el final, no de una, sino, en cierto sentido, de dos sinfonías. Sin embargo, pensar en la Cuarta Sinfonía como una secuela de la Tercera es limitar nuestra comprensión de dos obras  relacionadas de manera más compleja. La Cuarta Sinfonía de Mahler, al igual que todas sus partituras principales, refleja y recurre a otra música que estaba escribiendo casi al mismo tiempo. La Cuarta Sinfonía no solo mira atrás hacia la Tercera, sino también hacia los Kindertotenlieder, las cinco canciones de Rückert y la apertura de la Quinta Sinfonía. Todos estos son miembros de una gran familia, y cada uno proyecta su propia sombra sobre los demás.

Al planificar su Cuarta Sinfonía, mucho más que había hecho con la Tercera, Mahler se basó en “Das himmlische Leben” como material principal, tanto de la música como de la idea general, la historia detrás de las notas de la partitura. Mahler sabía cómo terminaría la pieza antes de escribir su primera página; luego tuvo que trabajar hacia atrás, para que su canción apareciera como el destino lógico de los tres nuevos movimientos. Con este objetivo a la vista, concibió una sinfonía que exploraría el camino de la experiencia a la inocencia, de la complejidad a la simplicidad, y de la vida terrenal al cielo. Esta sinfonía, a diferencia de las tres anteriores, nunca tuvo uno de esos textos explicativos que el compositor más tarde lamentaba (y finalmente suprimía); Mahler ya se estaba moviendo hacia un drama interior que podía expresarse exclusivamente en términos musicales.

Para transmitir ese viaje a la inocencia, los tres primeros  movimientos de Mahler disminuyen gradualmente en complejidad a medida que se acercan al umbral puro y sereno del final. El esquema de claves también es compatible con el drama, comenzando en Sol mayor y trasladándose luego al nuevo mundo del Mi mayor para el final, un destino inesperado, aunque predeterminado

Mahler sugiere su objetivo ya con los primeros compases de la sinfonía, orquestados para las campanas de trineo y las flautas que luego nos saludarán en el cielo. En una obra llena de flashbacks y rápidos anticipos, esto es una ojeada momentánea y nada más. Mahler introduce rápidamente una hermosa melodía, “infantilmente sencilla y bastante natural”, en sus propias palabras, que, como sucede con muchos materiales simples en la música, será llevada a los desarrollos más complejos. El movimiento es uno de los tapices a gran escala más brillantes de Mahler, un complemento perfecto para la ingenuidad del final.

Aquí Mahler está escribiendo con una claridad recién descubierta, una transparencia que nos permite escuchar todo lo que hay en la página, incluso en los pasajes polifónicos más complejos. Los clímax siguen siendo densos y asombrosos (a pesar de emplear la orquesta más pequeña de todas las sinfonías de Mahler), pero el paisaje circundante es esbelto y despejado. En el punto de inflexión del movimiento, los acontecimientos se desarrollan casi demasiado rápidamente para seguirlos: hay un fragmento de la canción de la vida celestial, la trompeta sugiere la marcha que ahora conocemos de la Quinta Sinfonía, la melodía de apertura de la sinfonía regresa inesperadamente y la recapitulación comienza antes de que el desarrollo haya terminado. Mahler ha comprimido el tiempo de una manera prácticamente nueva para la música. La sencilla melodía infantil, que quedó colgando de un hilo, continúa ahora imperturbable.

Aunque Mahler no dejó títulos para los movimientos en esta sinfonía, temiendo “las interpretaciones banales”, sabemos que el segundo movimiento originalmente fue titulado “El amigo Hein empieza el baile”, aludiendo a un personaje del folklore alemán, un siniestro flautista que toca el violín y lleva a sus víctimas a la muerte. Mahler asigna el papel central al violín solista, indicando que debe afinar su instrumento un tono completo por arriba (para darle un sonido más áspero) y tocarlo “wie ein Fiedel”, como el violín que se escucha en las calles, no el de la sala de conciertos. Los dos tríos con aire de landler apuntan a la música de “Das himmlische Leben” que ha de llegar.

Mahler admitió una vez que el movimiento lento, un amplio y magnífico conjunto de variaciones, se inspiró en “la visión de una lápida en la que estaba esculpida una imagen de los difuntos, con los brazos cruzados, en el sueño eterno”. Cerca del final, se escucha un enorme alboroto que seguramente resucitaría a los muertos, y cuando esta gran ola que emerge del Sol mayor nos planta por primera vez de lleno en Mi mayor, las puertas del cielo están a la vista. Pero antes nos hundimos en Sol mayor esperando la canción de la que surgió por primera vez esta música.

Y luego, con unas pocas frases bucólicas de los vientos y el suave toque del arpa y las cuerdas, escuchamos la voz humana por primera vez en esta sinfonía. Una soprano canta sobre un mundo pastoral inocente y la pluma de Mahler dibuja un cielo azul sin nubes y la eternidad del Mi mayor. Los ángeles hornean el pan, nos dice la cantante, San Pedro pesca en un estanque abastecido diariamente por Dios, y “no hay en la tierra música/ que pueda compararse con la nuestra”.

Phillip Huscher, notas de un programa de la Orquesta Sinfónica de Chicago.

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