Beethoven: Sinfonía nº 7

OSCyL, Andrew Gourlay
1 y 2 de Marzo de 2019

Sala de la Universidad de Viena en la que tuvo lugar la primera interpretación pública de la Séptima sinfonía de Beethoven, en un concierto a beneficio de los soldados heridos en la Batalla de Hanau

Durante los años 1807 y 1808, Ludwig van Beethoven estuvo trabajando simultáneamente en la composición de dos de sus mejores obras, la Quinta y la Sexta Sinfonías, que incluso coincidieron en su primera representación, junto al Concierto para Piano nº 4, la Fantasía Coral y otras obras breves de Beethoven, el 22 de diciembre de 1808 en el Theater an der Wien de Viena. Hay que imaginar el maratón que fue esa sesión. Y cuatro años después encontramos de nuevo a Beethoven trabajando al mismo tiempo en dos sinfonías, la Séptima y la Octava. Varios compositores han actuado de modo similar, Brahms viene a la cabeza, algunos quedándose con la obra que consideraban superior mientras condenaban la otra al fuego de su chimenea, Brahms de nuevo. Afortunadamente, en el caso de estas cuatro sinfonías, todas sobrevivieron. Cada pareja es un estudio de contrastes.

La Séptima y la Octava se compusieron en 1811 y 1812. Comparten la misma instrumentación, pero poco más. La Séptima es una sinfonía grande, vital y enérgica, de enorme alcance y grandeza, mientras que la Octava es de una escala mucho más pequeña e íntimamente más humorística. Richard Wagner proclamó a la Séptima como “La apoteosis de la danza en su aspecto más elevado”. Pero sería incorrecto intentar asociarla a un programa: Es la música absoluta en su mejor momento. Como Donald Francis Tovey señaló, “No hay ‘programa’ para la Séptima Sinfonía, y no hay razón por la que no podamos llamarla por ejemplo ‘Heroica’, salvo porque Beethoven ya empleó ese título en otra obra. La sinfonía es tan abrumadoramente convincente y tan obviamente intraducible, que durante muchas generaciones ha sido razonablemente considerada como una pieza musical, y no como una excusa para discutir la Revolución Francesa.” El escritor Klaus George Roy consideraba que, durante su composición, Beethoven fue poseído “por un poder que se otorga a pocos mortales: Sostener durante el arduo trabajo de la creación y la notación musical un sentido del movimiento tan irresistible que incendia con él a sus oyentes, cada vez y durante todo el tiempo”. Y Tovey concluye: “De todas las obras de Beethoven, probablemente la Quinta y la Séptima Sinfonía sean las mejor entendidas, tanto en detalle como en conjunto. Esto no hace a ninguna de las dos menos precisa para orquestas o directores; la partitura está abarrotada de trampas, aunque la imaginación del sordo compositor nunca falló en lo esencial de sus milagrosas invenciones”.

Beethoven comenzó seriamente a componer la Séptima a finales de 1811, aunque los primeros esbozos de la obra datan de 1809. Se completó en abril de 1812. El estreno tuvo lugar en la Universidad de Viena el 8 de diciembre de 1813, con el compositor dirigiendo aunque para entonces ya estuviera casi totalmente sordo. Fue un éxito impresionante, uno de los más grandes en la carrera de Beethoven.

La Séptima Sinfonía está estructurada en los cuatro movimientos tradicionales, el primero de los cuales [Poco sostenuto-Vivace] comienza con una lenta y poderosa introducción. Ese primer tema es luego acompañado por escalas pulsátiles que conducen a un suave segundo tema escuchado por primera vez en el oboe.

Después, Beethoven lo lleva sin brusquedades al subsiguiente Vivace en 6/8. Y a partir de ese momento, el movimiento es impulsado por su vitalidad rítmica a través de las secciones de desarrollo y recapitulación

a una coda construida implacablemente sobre el ostinato del violonchelo y los bajos, hasta una estruendosa conclusión. Este pasaje llevó al notable compositor alemán Carl Maria von Weber a declarar que Beethoven estaba “listo para ingresar en un manicomio”

El segundo movimiento es uno de los más populares que Beethoven compuso jamás; incluso fue bisado en la primera interpretación. No es el típico movimiento lento, sino un Allegretto más rápido, con un tema con aire de marcha que se escucha en distintas variaciones. De hecho, fue tan popular en la época de Beethoven que a menudo reemplazaba al movimiento lento de otras sinfonías suyas.

El brillante y animado tercer movimiento [Presto-Assai meno presto] es un Scherzo que encuentra al compositor de buen humor. La famosa sección del trío central [2:16] incorpora secuencias en la que los vientos imitan al acordeón y un ataque de tos a cargo de la segunda trompa [3:45]. Y este movimiento hay que vérselo dirigir a Carlos Kleiber:

Como escribió Tovey: “El final es y se mantiene inigualado en la música como un triunfo de la furia báquica”. Y menuda furia es de principio a final este movimiento [Allegro con brio] en forma de sonata en que Beethoven corre a toda velocidad, tomando una forma clásica y llevándola al límite en la fascinante conclusión de una obra monumental.

¿Y que pensaba Beethoven de su Séptima? “Una gran sinfonía en La, uno de mis mejores trabajos”. ¡Desde luego!

Stephen Larmore

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