Bruckner: Sinfonía nº 9

Anton Bruckner todavía parece polarizar totalmente las opiniones: Hay quienes no pueden soportar su música, y quienes no pueden entender a los que no pueden soportar su música. Excluyendo a los que dicen, con total franqueza, “¿Antón, qué?”, hay muy pocos votantes “flotantes”. ¿Por qué? Desde que Brahms lanzó su condena inmortal a los “boa-constrictor sinfónicos” de Bruckner, el pobre Bruckner ha sido visto con mucha reticencia. Sin embargo, el propio Brahms no era inmune a esa crítica, también él había escrito “boa-constrictor sinfónicos”, solo que él los llamaba “Conciertos”. Pero, como dicen, cría fama. Creo que es hora de sacar la manguera.

Sí, las sinfonías de Bruckner son largas – y prolijas –  pero de eso no se desprende que estrangulen a sus presas (perdón, “audiencias”). Operan en un marco de tiempo monumental que no tiene nada que ver con la idolatración de Bruckner por Wagner, el maestro de la prolijidad, cuyo principal impacto fue simplemente cristalizar la técnica de Bruckner para crear monumentos musicales. A pesar de la longitud y la acumulación de metales y tubas de Wagner, Bruckner siguió siendo su propio hombre, estilísticamente hablando. Porque, si buscamos  el verdadero origen, debemos mirar más atrás, a la reverencia que sentía Bruckner por Dios y su Creación. Bruckner no fue el primero en expresar su reverencia de forma monumental: era bastante común; las Vísperas de Monteverdi, la Misa en Si Menor de Bach y la Grande Messe de Berlioz vienen inmediatamente a la mente. Lo que distinguió a Bruckner fue la inclusión de “su Creación”, que debió impresionar a un alma tan sensible y sencilla mientras crecía en medio de majestuosas montañas y vastos bosques. Este sentimiento a escala épica y gran formato de un mundo que respira a través de eones, es virtualmente ineludible en sus principales sinfonías, y nunca tanto como cuando Bruckner coloca una pequeña e ingenua polka para medir al hombre y su efímera alegría contra el poder de la creación de Dios.

Para algunos, toda esta grandeza épica no son más que montañas de retórica envolviendo valles de lasitud. Sin embargo, esto es sólo lo que les parecerá a los impacientes. En cuanto nos ponemos al paso del pulso de Bruckner, comenzamos a notar una profunda fortaleza arquitectónica. Al reemplazar los dos temas normales de la forma sonata por tres grupos de temas, uno “masculino”, uno “femenino” y un tercero que combina ambos, logra la pretendida expansión de su tapiz. En el otro extremo de la obra, él “telescopa” sus recapitulaciones hasta los finales de sus desarrollos y los recuerdos relativamente breves de los temas crean la sensación de haber realizado un inmenso viaje entre A y B, una impresión muy diferente de la “vuelta a casa” de la forma normal de sonata. Convenientemente, esto también tiene en cuenta la resistencia limitada de su audiencia.

Sus scherzos, por otro lado, siempre están estrechamente circunscritos a la forma ternaria “anidada” clásica, mirando más allá de Beethoven, hasta Haydn. Se amplían mediante el uso de materiales masivos de propulsores ostinatos, en contraste con las secciones de trío que generalmente son expansivas y líricas, constituyendo respectivamente los rincones “industriales” y “pastorales” de los “mundos” sinfónicos de Bruckner.

En cambio, los movimientos lentos de Bruckner son algo completamente distinto. Formalmente, los hay de todas las formas y tamaños, pero cada uno de ellos es inevitablemente el corazón de su respectiva sinfonía: es aquí donde lo melódico se encuentra con lo monumental, lo romántico y rapsódico se encuentran con el severo sinfonista; en un adagio Bruckner, el sencillo creyente se arrodilla para orar en la más grande de las catedrales.

Por supuesto, hay “montañas” y “valles” en su música, no de retórica y lasitud, sino enormes y ambiciosos clímax repletos de metales graníticos e irregulares figuraciones de las cuerdas, y de episodios contemplativos de maderas y cuerdas meditativas, a menudo apuntaladas por cálidos acordes de los metales. A veces, estos están conectados por riachuelos de ostinato, o por uno de esos silenciosos “puntos de vista” situados estratégicamente donde el mismo mundo parece contener la respiración. El ostinato es también un recurso favorito, que otorga a su música una cualidad “pre-minimalista” distintiva, hasta que se desata una de esas inspiradas melodías curvas.

¿Estoy acaso exagerando mi defensa? Escuche: en nuestra superimpaciente era de “bites de sonido” cada vez más breves y de “períodos de atención” cada vez más cortos, una sinfonía de Bruckner delinea un espacio y un tiempo en el que podemos respirar y reflexionar. “¿Y qué?” oigo decir, “¡También los minimalistas!” Es cierto, suspiro, pero estos carecen de la grandiosidad y de la intrincada maquinaria musical necesaria para expandir mi alma: Bruckner desafía mi mente, me hace pensar más profundamente, mientras que los minimalistas (en general) simplemente me hacen dormir más fácilmente.

No he mencionado sus finales, en gran medida porque en la Novena Sinfonía no hay ninguno. Al igual que muchos compositores que se mantienen activos hasta su muerte, Bruckner dejó algunas obras incompletas, en este caso solo bocetos para un final. Este es un milagro que supera incluso el de la Octava de Schubert. En ambos casos, solo podemos adivinar qué maravillas podría haber hecho el compositor, cuando lo que tenemos parece tan perfectamente dispuesto que no podemos imaginar cómo se podría agregar algo sin estropearlo.

Queda un pequeño y precioso espacio para notas específicas sobre los movimientos. He proporcionado unas pocas indicaciones  para guiar al recién llegado. No importa, solo escuche la música (¡y reflexione!).

1. Feierlich, misterioso: Así es como comenzó el universo. Ecos de trompas a través del cosmos. Gradualmente, los fragmentos se unen en un vasto torrente de sonido. Un pizzicato “riachuelo” [4:33] hace de puente hasta el segundo grupo de temas, elaborado por las cuerdas, que culmina en una expansiva melodía [6:03]. El tercer tema se desliza en un solo de oboe [8:00]. Sigilosamente, vuelve el tema de apertura para iniciar el desarrollo [11:06].

Con una lógica inexorable, un ostinati de enormes estallidos va acumulando energía hasta culminar en un clímax apocalíptico [2:30]: la recapitulación se inicia incluso mientras el desarrollo continúa, hasta que se oye otro “riachuelo” más lento [4:57], desde el cual se inicia la repetición telescópica, que termina en una cadencia de los metales [9:50]. La coda crece sobre cuerdas ondulantes; un motivo del primer tema se eleva inexorablemente [10:47], surgiendo en una masiva perorata coronada por trompetas abrasadoras.

Scherzo: Bewegt, lebhaft: El pizzicato de las cuerdas y unas picoteantes maderas escogen una melodía alegre que repentinamente estalla en bloques de chirriante discordancia, ¡un landler demoníaco! Frente a esto se presenta como contra-tema una pequeña melodía de oboe [1:55]. Característicamente, Bruckner amplía la coda de la repetición del tema principal. El trío [3:54] alterna un tema tembloroso y apresurado con una melodía que fluye más pausadamente. La repetición del scherzo [6:33], como siempre (bueno, ¡con una excepción!), es implacablemente exacta.

Adagio: Langsam, feierlich: Hay tres temas, el primero es una agobiante trenodia, de la cual brota el segundo [1:43], una apasionada efusión de trompetas y trompas con la orquesta al completo. El tercero [4:18], una melodía exquisita y ricamente presentada, adquiere gradualmente un carácter de danza [5:52] (casi una “pequeña e ingenua polka”). Luego [7:55], la música se desarrolla como un rondó,

hasta una amplia armonía sobrenatural en las cuerdas [3:05]: poco después, se escucha un zumbido, y un tercer tema resplandeciente emerge desde las profundidades [4:55]. La insoportable tensión se vuelve aún más insoportable cuando estalla: fortísimo, las erupciones sísmicas de la frase de apertura de la trenodia empujan a las facciones orquestales a una atormentada colisión.  ¡Pausa! [7:50] La creciente expectativa de una reaparición del segundo tema se ve frustrada: la música se suaviza, reflexionando y girando eternamente en torno a sus armonías. ¿Es así como terminará el universo?

Este final sin precedentes es tan gráfico que solo puedo ver esa agitación colosal como una “agonía de muerte”, y la coda que sigue como un breve “purgatorio” y un “ascenso al cielo” final. Si un ateo confeso como yo puede sentir eso, seguramente habrá esperanza para todos nosotros.

Paul Serotsky

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