Mozart: Sinfonía nº 25

OSCyL, Eliahu Inbal
25 y 26 de Mayo de 2018

Esta es la obra más precoz de Mozart que se ha asegurado un lugar en el repertorio orquestal moderno. Es conocida  como la “pequeña” sinfonía en Sol menor de Mozart, por deferencia a la sublime sinfonía posterior en la misma clave, la nº 40. En el siglo XIX era poco conocida y rara vez se interpretaba. Esto cambió en el siglo siguiente y, con la popularidad de la película Amadeus, que usa su primer y dramático movimiento de un modo que seguramente sorprendería al compositor, esta sinfonía ha alcanzado casi la misma popularidad que su famosa compañera.

La mayoría de las sinfonías escritas en el siglo XVIII están en tonalidad mayor, con lo que las escritas en las menores resultan muy llamativas, como sucede por ejemplo con varias de las de Haydn, incluidas la sinfonía Fúnebre y la de Los adioses. La nº 25 fue la primera sinfonía de Mozart en clave menor, y la nº 40 la segunda y última. El Sol menor es una clave que inspiró algunas de las piezas más emotivas de Mozart, incluyendo el conmovedor “Ach ich fühls” de Pamina de La flauta mágica  y un quinteto de cuerda profundamente expresivo que es uno de los hitos de la música de cámara. Su elección para esta sinfonía bien pudo haber sido sugerida por la Sinfonía nº 39 de Haydn, en Sol menor, con la que comparte otras semejanzas, incluida la inusual  participación de cuatro trompas.

Mozart, que todavía no tenía dieciocho años, compuso esta sinfonía al final de un atareado año. Había pasado con su padre parte del verano de 1773 en Viena, donde escribió muchas páginas de música relativamente poco importantes y escuchó algunas de las obras de Haydn. Después de regresar a Salzburgo en Septiembre, Mozart comenzó esta sinfonía en sol menor y se inició en dos formas que finalmente haría totalmente suyas, el quinteto de cuerdas y el concierto para piano. Con esta sinfonía en particular, Mozart dio el  paso decisivo de niño prodigio a gran compositor, de intérprete a artista.

El mito romántico siempre se asocia a las obras en claves menores, y mucho se ha basado en esta sinfonía. Sin embargo, no hay nada en aquellos momentos de la vida de Mozart que justifique la naturaleza excepcional de esta música, aparte de su disposición a profundizar en el corazón humano. En esta pieza, podemos comenzar a encontrar los caminos por los que Mozart se alejará de los parámetros estrictamente definidos del arte de Haydn, a pesar de que estos dos grandes compositores continuarían aprendiendo el uno del otro e influirían en el camino que el otro seguiría.

La apertura de esta sinfonía es probablemente la música más antigua que suena totalmente mozartiana en nuestros oídos, no la música encantadora y finamente elaborada aunque algo anónima de la época sino algo completamente individual, una música que salta de la partitura y se aloja en nuestra memoria. La esencia de los primeros compases -como en la posterior Sinfonía en Sol menor- es el ritmo: notas urgentes, repetidas, sincopadas. Es instantáneamente efectivo, estableciendo tanto el estado de ánimo como el impulso. Un segundo tema, en Si bemol mayor, proporciona contraste y una visión del genérico mundo musical que Mozart estaba dejando rápidamente atrás.

El Andante es el único movimiento en la sinfonía que no comienza con escarpadas octavas. Aquí tenemos un generoso diálogo entre violines y fagots con sordina. Mozart pinta un cuadro de la galantería del siglo dieciocho, pero hay audacia en los detalles.

El severo y sobrio minueto que sigue no es en absoluto para bailar. Sin embargo, el trío de su sección media es música amistosa, música de exteriores solo para vientos, del tipo que Mozart solía componer para actos sociales.

El final restaura la tensión y la turbulencia del primer movimiento (el uso de cuatro trompas también le da un sonido especial a esta música) y permanece en el modo menor hasta la conclusión.

Phillip Huscher, notas de un programa de la Chicago Symphony Orchestra

 

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