Mahler: Sinfonía nº 3

Maite Beaumont, Coros de Castilla y León, Escolanía Harmonia Pueri. OSCyL, Eliahu Inbal
17 y 18 de Mayo de 2018

Mahler empezó la Sinfonía núm. 3 en 1893 y la terminó el 6 de agosto de 1896 en Steinbach-am-Attersee (Austria). El compositor pasaba las vacaciones en la pequeña cabaña junto al lago Atter, donde ya había escrito la segunda sinfonía. El mismo Mahler se había definido como un compositor de verano, porque era el único tiempo de que disponía para dedicarse a concebir sus monumentales obras. Este magnífico lugar fue decisivo para inspirar aquello que Mahler definió como un gran himno a la naturaleza. Así lo expresa de una manera clarísima esta tercera sinfonía, en la que el autor explora cada rincón del mundo y cada sombra de la emoción humana, desde la exuberancia más pura y el disfrute de la naturaleza hasta la contemplación de los máximos misterios y la celebración de los placeres del cielo. La evolución a modo de escala ascendente hasta formas de vida cada vez más elevadas se refleja en la estructura de la obra, dividida en seis movimientos, así como en la elección del material sonoro, que le permitió evocar no tan sólo una naturaleza idílica, sino también tocada por las marcas de la civilización.


La tercera sinfonía empieza con un primer movimiento, “El despertar de Pan”, que es el movimiento instrumental más largo escrito nunca por Mahler. Ocho trompas al unísono inician una llamada que lleva al despertar de Pan, en la mitología griega dios de los pastores y los rebaños, y también dios de la fertilidad y la sexualidad masculina. Inmediatamente después de una serie de elementos musicales estáticos y del despertar del dios, empieza una forma sonata de grandes proporciones que nos introduce en la fecundación de la materia por el espíritu creador. Después surge el sonido de la naturaleza y una nueva vida que se manifiesta hasta desembocar en una serie de marchas de las que Mahler no duda en abusar. Este contraste introductorio entre elementos estáticos y dinámicos se ha interpretado de diferentes maneras. Mientras que algunos han visto las dos vertientes del ser humano, el de la vida en la naturaleza y el de la vida en la ciudad, otros como Richard Strauss vieron los desfiles de los trabajadores el día 1 de mayo, en una época en que se consolidaban los movimientos obreros.

El segundo y el tercer movimiento cumplen el papel de Scherzo. El mismo compositor dijo del segundo movimiento, “Lo que me cuentan las flores”, que era la página más despreocupada que había compuesto nunca; por eso utilizó la forma de minué alegre y airoso, con la dulce tímbrica de los instrumentos de viento de madera, que descansan sobre los violines y acompañan el paisaje bucólico.

Una visión perfecta de la madre naturaleza, no exenta, sin embargo, de mofa, que llega al Scherzo propiamente dicho del tercer movimiento. “Lo que me cuentan los animales” es, pues, un grado más de esta escala ascendente, una versión instrumental de un lied alemán titulado Ablösung im Sommer (Relieve estival) en el que se explica que el cuco cae del árbol y muere. Con una cierta ironía, el pájaro será sustituido por otro. La misma ley de la naturaleza nos ofrece una sensación agridulce. Los instrumentos de viento de metal son ahora más protagonistas. El compositor utiliza aquí todos los timbres posibles y juega a confundir melodías con ritmos para expresar la algarabía de una imaginada asamblea de pájaros. El movimiento concluye con un final brillante de la percusión.

Los movimientos cuarto y quinto utilizan las voces. El cuarto, “Lo que me cuenta el hombre”, es un lied para contralto solista y orquesta extraído de un poema de Así habló Zaratustra, de Nietzsche: “Oh, hombre, permanece atento. Que dice la noche profunda?”. Con economía de medios, entre el diálogo lejano de violonchelos y contrabajos, trompas con y sin sordina, oboe y cuerdas solistas, se alza la voz de la contralto.

El quinto movimiento, “Lo que me cuentan los ángeles”, para coro de niños, coro femenino, contralto solista y orquesta sin violines, y que incorpora cuatro campanas, se basa en el poema Armer Kinder Bettlerlied (Canto de mendicidad de los niños pobres), de la recopilación de cantos populares alemanes Das Knaben Wunderhorn (La trompa mágica de la juventud). El texto nos narra el anuncio del perdón a San Pedro y la absolución de Jesús. La alegría y la sencillez de este movimiento, protagonizado por los instrumentos de viento, fue la semilla de la siguiente sinfonía de Mahler, la número 4.

El sexto y último movimiento es un inmenso Adagio que no cierra, sino que proyecta, la sinfonía hacia un final abierto -como el universo- el infinito. “Lo que me cuenta el amor” es el escalón más elevado y, por tanto, donde estamos más cerca del éxtasis de la Novena Sinfonía de Beethoven y de las últimas sinfonías de Bruckner. Una melodía solemne acompañada por violines nos deja en un cierto estado de ingravidez. Suavemente seremos conducidos hacia un caudal sonoro que culmina en la fuerza de la orquesta entera, que nos proyecta de una manera apoteósica hacia delante, hacia el futuro. Como si se tratara de un bálsamo, el ascenso nos dejara en plena calma, preparados para trascender hacia otro mundo.

La primera audición íntegra de la obra tuvo lugar el día 9 de junio de 1897 en la ciudad alemana de Krefeld.

Eva Vila, notas de un programa de la OBC.

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