Dvorak: Sinfonía nº 8

OSCyL, Eliahu Inbal
25 y 26 de Mayo de 2018

Dvorak en la casa de Vysoká en que compuso su Octava Sinfonía

Gran parte del pensamiento sinfónico de finales del siglo XIX está relacionado con el hacer muchas cosas al mismo tiempo, con tal concentración de estructuras y motivos, de armonía y contrapunto, que una de las cosas más obvias pero más difíciles de lograr en la música puede olvidarse en una compleja vorágine sinfónica de ideas y tecnicismos. Estoy hablando del arte de escribir melodías: no de cualquier vieja melodía, sino de componer una sinfonía completa rebosante de melodías que lleguen directamente a las zonas de placer musical de cualquier oyente, pero que también puedan crear un completo edificio sinfónico.

De todo lo cual es un ejemplo la Octava de Antonin Dvořák. No es que Dvořák fuera un bohemio más apegado a su tierra y en contacto con sus raíces de lo que los alemanes y los austro-germanófilos nunca pudieran ser: la Octava, compuesta en 1889, hubiera sido inimaginable para Dvorak sin Beethoven y Brahms como modelos y catalizadores. Sin embargo, Dvořák tuvo un don del que sus predecesores sinfónicos carecieron, y es que él podía componer un torrente aparentemente interminable de melodías indelebles y fundirlas en una orquestación cristalina. Además, en la Octava Sinfonía encontró la forma de presentar simultáneamente su sobreproducción melódica al tiempo que creaba un tipo de discurso sinfónico definitivamente propio.

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