Tchaikovsky: Concierto para piano n.º 1 (2*)

Denis Kozhukhin. OSCyL, Lucas Macías
19 y 20 de Abril de 2018
Toqué el primer movimiento. ¡Ni una sola palabra, ni un solo comentario! ¡Si supieras qué estúpida e intolerable resulta la situación de alguien que cocina un plato para un amigo y ve cómo se lo come en silencio! Ah, una palabra, una crítica amable, pero ¡por amor de Dios, al menos una palabra de simpatía, ya que no de alabanza!. Rubinstein estaba fraguando su ataque y Hubert aguardaba a ver lo que pasaba y a que hubiera una razón para inclinarse hacia uno u otro lado. Yo no quería de ningún modo opiniones referentes al aspecto artístico. Necesitaba observaciones sobre la técnica pianística. El elocuente silencio de R era muy significativo. Parecía estar diciendo: “Amigo mío, ¿cómo puedo hablar de detalles cuando el todo me disgusta?” Me armé de paciencia y toqué hasta el final. De nuevo silencio. Me puse de pie y pregunté: “¿Y bien?” Entonces, surgió un torrente de la boca de Nikolay Grigoryevich, suave al principio, luego creciendo más y más hasta convertirse en el sonido de un Júpiter Tonante. Resultó que mi concierto no valía nada y era imposible de interpretar; tenía pasajes tan fragmentados, tan torpes, tan mal escritos que era imposible arreglarlos; la obra en sí era mala, vulgar; en algunos sitios había copiado de otros compositores; sólo había dos o tres páginas que valía la pena preservar; el resto debía ser desechado o completamente reescrito. “Aquí, por ejemplo, esto, ¿qué es todo eso?” (caricaturizando mi música en el piano) “¿Y esto? ¿Cómo podría nadie …”, etc., etc. Lo peor de todo, que no puedo reproducir, es el tono en que pronunciaba esto. En una palabra, un testigo imparcial en aquel lugar, podría haber pensado que yo era un maníaco, un insensato aficionado que había venido a presentar su basura a un músico eminente. Hubert había advertido mi obstinado silencio, y se hallaba asombrado y sorprendido de que estuviesen propinando tal bronca a alguien que ya había escrito muchas obras y había dado un curso de composición libre en el Conservatorio, de que tan despectivo juicio cayera sobre él sin apelación -un juicio como usted no pronunciaría ante un alumno con el más mínimo talento que hubiese descuidado alguno de sus deberes- y se puso a explicar el juicio de NG, sin rectificarle en lo más mínimo sino solo suavizando lo que Su Excelencia había expresado con tan poca ceremonia.

Yo no estaba sólo asombrado, sino también indignado por toda la escena. Ya no era un niño buscando ayuda para componer, y ya no necesitaba lecciones de nadie, sobre todo cuando se dan de forma tan ruda y hostil. Necesito y necesitaré siempre crítica constructiva, pero allí no había nada parecido a una crítica constructiva. Fue una reprobación resueltamente indiscriminada que logró herirme en lo más vivo. Salí de la habitación sin decir palabra y me fui escaleras arriba. En mi estado de agitación y furia no podía decir ni una palabra. Inmediatamente R. me siguió, y viendo lo molesto que estaba, me llevó a una de las salas más alejadas. Allí repitió que mi concierto era imposible, señalando los muchos lugares en los que tendría que ser completamente revisado, y dijo que si en un breve plazo de tiempo lo reescribía de acuerdo a sus demandas, entonces me haría el honor de tocar la cosa en un recital suyo. “No voy a cambiar una sola nota”, le contesté, “¡Voy a publicar la obra tal y como está!” Y eso hice.

“R” y “NG” eran Nikolay Grigoryevich Rubinstein, compositor y pianista famoso (menos que su hermano Antón y nada que ver con el polaco y posterior Arthur Rubinstein), amigo a pesar de todo de Tchaikovsky y quien debía estrenar el concierto. Hubert era Nikolay Hubert, otro músico profesor y amigo que sucedería a Nikolay Rubenstein como director del conservatorio de Moscú. Y fue ese conservatorio el lugar en el que tuvo lugar la escena recordada por Tchaikovsky años después en la carta remitida a su mecenas Nadezhda von Meck. Para entonces, el concierto ya había sido triunfalmente estrenado por Hans von Bülow en Boston y los mejores pianistas europeos lo incorporaban a su repertorio. Pero ni entonces ni mucho menos tras el rapapolvo de Rubinstein, podía Tchaikovsky imaginar que su obra iba a convertirse, para bien y para mal, en el paradigma del romanticismo.

-♦-

La musicalidad parece ser un don natural en Kozhukhin, pero es también un agudo analista de las obras que toca, y un superdotado (meesterpianisten.nl)

Ganador a los 23 años del Primer Premio en el Concurso Queen Elisabeth 2010 en Bruselas, el ruso Denis Kozhukhin, nacido en Nizhny Novgorod en 1986 y alumno de la Escuela superior de música Reina Sofía de Madrid, se ha consolidado  como uno de los mejores pianistas de su generación. Las interpretaciones de Kozhukhin han sido calificadas por los críticos como “fascinantes”, “imperiosas” e “hipnotizantes”. Técnicamente impecable, Kozhukhin combina sabiamente la brillantez y el poder de su técnica con un magistral sentido de la forma, madurez y una sensibilidad única.

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