Bizet: Carmen

Dara Savinova, Migran Agadzhanyan, Ekaterina Bakanova
Coro Voces Blancas de Valladolid, Coros de Castilla y León
OSCyL, Ensemble Matheus, Jean-Christophe Spinosi
15 y 16 de Diciembre de 2017
Carmen, una hermosa y seductora gitana de fuerte carácter, es encarcelada tras una pelea, pero seduce al cabo Don José, que le ayuda a escapar y huye con ella a las montañas, renunciando a Micaela, su antiguo amor, y desertando del ejército. Pero al final, Carmen se enamora del toreador Escamillo, y Don José, ciego de celos, la asesina.

Bizet dejó escrito en una carta: “Le digo que si suprimimos el adulterio, el fanatismo, el crimen, el demonio y lo sobrenatural, no habrá forma de escribir ni una sola nota más”. Este credo se substanció con Carmen, una ópera que conmocionó a la audiencia de la noche de su estreno en la Opéra-Comique, un teatro en el que la dieta habitual era algo más ligera que esta historia de obsesión erótica y muerte. Carmen es la gran precursora del verismo, el apasionado género tipificado por Cavalleria rusticana y I Pagliacci, pero Carmen es mucho más que un vendaval de pasiones; su terrenal vitalidad es el resultado de una música extremadamente sofisticada.

“Si quiere aprender a orquestar, no estudie las partituras de Wagner, estudie la partitura de Carmen… Cada nota y cada silencio están en el lugar adecuado”. Eso escribió Richard Strauss, y ciertamente, la orquestación de Bizet es espectacularmente inventiva. Mientras que los instrumentos de viento sólo habían servido convencionalmente para dar una nota de color, aquí se emplean para exponer temas principales, como en la “Seguidilla” y el “Aria de la Flor”, y los violines se usan para imitar las guitarras y remedar el portamento vocal. Los instrumentos también se utilizan para enfatizar el personaje (Carmen está simbolizada por la flauta), y el complicado uso del motivo -tal como la segunda aumentada asociada al inexorable destino- ayudan a mantener la unidad de la partitura. El color local se obtiene con disonancias picantes, armonías deslizantes, y algunos de los más vivos ritmos que pueden escucharse en una ópera. Las danzas y canciones gitanas crean una electrizante síntesis de la cultura española, pero la mayor parte de las tonadas “auténticas” son de la propia invención del compositor.*

El personaje de Carmen es considerado a menudo como el papel de mezzo de más éxito de todas las óperas, y su manipuladora y magnética personalidad es articulada por medio de música de gráfica sensualidad – su habanera de entrada y la seguidilla son particularmente sexys.

Su hiperbólica sensualidad contrasta con el pesado egotismo del musculado barítono Escamillo, cuya música es tipificada por la jactanciosa “Canción del Toreador”.

Similarmente, la simplicidad del engreído torero resalta las complejidades del impulsivo tenor Don José, el eje emocional del drama. La desintegración de Don José –puesta al descubierto por la música que va desde el tierno dúo del Acto I con Micaela, “Parle-moi de ma mère”, pasando por la apasionada súplica a Carmen, “La Fleur que tu m’avais jetée” (El “Aria de la flor”), hasta la furia de la confrontación final con su “demonio”- es una obra maestra de caracterización progresiva.

La tempestuosa relación entre Don José y Carmen culmina en uno de los más fascinantes finales de ópera. Resistiendo la tentación de finalizar su obra con una canción completa (que es lo que hacían habitualmente Gounod, Delibes y Saint-Saëns), Bizet construye un dúo de breves y poderosos intercambios, un diálogo irregular que expresa la fractura del alma de Don José tan poderosamente como la superficialidad de los afectos de Carmen. La culminación, en la que él lanza un herido grito final de devoción al cuerpo que yace a sus pies, es asombrosamente intensa.

Para 1905, Carmen había sido representada más de mil veces sólo en la Opéra-Comique, y hoy será seguramente una de las doce óperas más programadas en el mundo. Es un drama que tiene algo para todos, emociones límite con las que todos pueden simpatizar por medio de una serie de irresistibles canciones. Como Nietzsche decía con entusiasmo: “La música de Bizet me parece perfecta. Avanza ligera, con gracia, con elegancia… Esta música es cruel, refinada, fatalista.”

Matthew Boyden & Nick Kimberley. The rough guide to opera.

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Teresa Berganza, con Plácido Domingo y la orquesta del Théâtre National L’Opera de Paris dirigida por Pierre Dervaux, en una memorable interpretación de la Seguidilla.

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