Mendelssohn: Sinfonía Nº 5, “Reforma”

OSCyL, Andrew Gourlay.
5 y 6 de Octubre de 2017

Confesión de Augsburgo

Entre los 12 y los 14 años, Mendelssohn compuso 13 sinfonías para cuerdas (con ocasionales apariciones sorpresivas de la percusión), una fluencia poco acorde con su maduro enfoque de la forma sinfónica. Las cinco sinfonías adultas fueron compuestas con amplios intervalos  y vistas con considerable inquietud por su compositor, aunque serían generalmente admiradas por la pulcritud y accesibilidad que se encuentra en toda su música. Se numeraron según su orden de publicación, y como ni la popular Sinfonía “italiana” ni la Sinfonía de la “Reforma” fueron editadas, éstas acabarían luego engañosamente numeradas como Cuarta y Quinta.

Si la Sinfonía “Reforma” hubiera sido presentada de acuerdo con las intenciones originales de Mendelssohn, podría haberse librado del desdén con que parece haber sido tratada desde entonces. Consciente de que en 1830 debía celebrarse el tercer centenario de la presentación al emperador Carlos V de la Confesión de Augsburgo por Lutero y Melanchthon, Mendelssohn ya pensaba en una composición adecuada para la ocasión durante la aventura de su viaje a las Islas Británicas en 1829. Como devoto protestante y admirador incondicional de Bach (cuya Pasión de San Mateo había recuperado recientemente en Berlín), Mendelssohn se sintió atraído por la idea de una sinfonía que simbolizase la Reforma protestante, no una gran obra  coral sobre un texto sagrado, sino con una sinfonía de cuatro movimientos sin palabras.

Otros dos impulsos estaban tras esa obra. Después de escribir su anterior sinfonía, la numerada “No. 1 ” en 1824, Mendelssohn, como todos los músicos alemanes despiertos, había conocido la Novena Sinfonía de Beethoven y su poder abrumador. Como portadora de un mensaje de fraternidad universal, se presentó como una prueba de lo dramática que podía ser una sinfonía, incluso en sus tres primeros movimientos, en los que no se canta. Mendelssohn fue siempre consciente de que el final podía ser la cumbre de una sinfonía, y no, como se podría inferir de Haydn o Mozart, un mero final feliz.

El otro hilo en la mente de Mendelssohn era la búsqueda de lo que más tarde se conocería como “música de programa”. Ya había compuesto una obertura que representaba el mundo y la trama de Un Sueño de una noche de verano y durante su visita a las islas escocesas había empezado a esbozar una obertura pictórica que sería conocida como Las Hébridas. La música como portadora de una narrativa no era nueva, pero era muy atractiva para una generación romántica ansiosa por ilustrar los acontecimientos, lugares y sentimientos con los vívidos recursos de la orquesta moderna.

La Sinfonía de la “Reforma” fue así concebida como la celebración del triunfo del protestantismo, representado en su final por el coro de Lutero “Ein feste Burg”, sobre el catolicismo, descrito muy brevemente al principio de la Sinfonía en la bella, pero simbólicamente anticuada, polifonía de Palestrina.

Después de su visita a Escocia en el verano de 1829, Mendelssohn pasó unas semanas en el norte de Gales en la casa de John Taylor, rico dueño de minas, y se hallaba en las profundidades de una mina de plomo, 1500 metros bajo tierra, cuando se descubrió pensando en la conclusión de su Sinfonía. De vuelta a Berlín a finales de año, empezó en serio con la Sinfonía y para el 13 de abril había terminado los tres primeros movimientos. Pero le detuvo la enfermedad y también quizás la conciencia de que la Sinfonía no había sido realmente encargada por el Rey Friedrich Wilhelm III para las celebraciones de Berlín previstas para el mes de junio, y cuando completó la Sinfonía, el 13 de mayo, era demasiado tarde. En cualquier caso, Mendelssohn tenía previsto ausentarse de la ciudad para emprender una nueva aventura en el extranjero, esta vez en Italia.

En su camino hacia el sur trató de obtener una audición de la sinfonía en Leipzig y Munich, pero tuvo mala suerte en ambas ciudades. A principios de 1832 estaba en París, donde por lo menos fue tanteada bajo la batuta emprendedora de François Habeneck. Pero la orquesta la rechazó por “demasiado docta” y no fue hasta que Mendelssohn regresó a Berlín que pudo incluir la obra en una serie de conciertos que dio en el otoño de 1832. Para entonces había hecho una serie de revisiones, acortando sobre todo el último movimiento. El principal crítico musical de Berlín se opuso a la idea de una sinfonía con algún tipo de mensaje externo, pero fuera esto suficiente o no para que el compositor rechazase su propio trabajo, lo cierto es que renunció a interpretarla, calificándola de “juvenil”. Incluso llego a decir que creía que debiera ser quemada.

Felizmente para nosotros, la Sinfonía “Reforma” ha sobrevivido, y es capaz de satisfacernos mucho como una sinfonía de cuatro movimientos, con o sin sus referencias a los grandes eventos que pretendía celebrar. Los dos movimientos intermedios, después de todo, no tienen ninguna relación explícita con la historia, sino que son simplemente un scherzo y un trío seguido de un movimiento lento expresivo.

El primer movimiento porta convincentemente la noción de conflicto, primero en la lenta introducción, en la que los acordes de los clarines [2:35] parecen pedir la reforma sobre el esperanzado contrapunto de las cuerdas graves. Mendelssohn cita también el “Amén de Dresde [3:32], una sencilla escala ascendente oída dos veces muy suave y pausadamente en las cuerdas, empleándolo aquí como un símbolo de la iglesia protestante, aunque originalmente fue destinado a la Capilla real católica de Dresde y más tarde adoptado por ambas iglesias. Luego, el Allegro principal [4:13], en tonalidad menor, se acerca a la ira beethoveniana, siendo dramáticamente interrumpido al final del desarrollo cuando la música se acelera casi fuera de control [9:05], pero es detenida y mantenida en sus raíles por las cuerdas que cantan quedamente el Amen de Dresde [9:35] y ponen orden en el caos.

El Scherzo del segundo movimiento [12:36] pudo parecerle juvenil a su compositor, ya que evoca el mundo de Haydn, o tal vez al primer Beethoven, aunque el Trío [14:25], con su elegante melodiosidad, está más cerca del estilo de Mendelssohn. El movimiento lento [17:35] se asemeja a un aria vocal, con la línea de voz confiada a los primeros violines, y como tal, es compacto y breve.

Llegados aquí, Mendelssohn había compuesto originalmente un corto pasaje de enlace en el que una flauta solista evocaba al Lutero músico (se sabe que tocaba la flauta)  llevando a la enunciación del coral “Ein feste Burg”. Este plan fue abandonado. Los primeros compases del coral se escuchan en la flauta sola [20:53], a la que se unen gradualmente los vientos y las cuerdas graves. Lo que sigue es una sorpresa, pues el coral es tratado, y de modo muy alegre, como si fuera un conjunto de variaciones [22:14]. Pero la melodía nunca se completa, y la orquesta en pleno la interrumpe con el comienzo del final propiamente dicho [27:27], una declaración vigorosamente positiva que apoya el triunfo de la Reforma. Fragmentos del coral se reconocen en su textura y, finalmente, el coral aparece en un poderoso alegato de los vientos [28:46]. Su tensión final proporciona una conclusión en la que  todos los elementos de duda y conflicto han sido desterrados.

LA Phil

Notas al programa, de Enrique García Revilla, aquí.

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