Shostakovich: Sinfonía nº 7, “Leningrado”

OSCyL, Eliahu Inbal
8 y 9 de Junio de 2017

Shostakovich compuso la mayor parte de su Séptima Sinfonía en Leningrado, su lugar de nacimiento, durante el asedio a la ciudad que finalmente se cobró casi un millón de vidas – aproximadamente un tercio de sus habitantes – como resultado del hambre, el frío y las incursiones aéreas. Ya un compositor mundialmente famoso, Shostakovich se unió a la guerra a finales de junio de 1941, justo después de la invasión nazi, repartiendo su tiempo entre cavar trincheras en la ciudad y hacer arreglos de música ligera para ser tocados en el frente. Comenzó a escribir su nueva sinfonía el 15 de julio. A finales de mes, fue reasignado a la brigada de bomberos del Conservatorio de Leningrado, y fue fotografiado con su traje de bombero, de pie en el tejado del Conservatorio. Con su casco de bombero, él fue ese mes la portada de la revista Time.

Como pretendía, la imagen de un gran compositor listo para defender su ciudad y su pueblo no pasó desapercibida. El poeta estadounidense Carl Sandburg escribió: “Ahora, como bombero, corres a la calle y ayudas a apagar el fuego de las bombas de la Luftwaffe nazi. Luego vas caminando a casa y escribes más música”. La música fue la Séptima Sinfonía, que pronto se conocería en todas partes como la Sinfonía Leningrado. Tal como Sandburg sugirió, era “música escrita con la sangre del corazón”.

Aunque los miembros de las instituciones artísticas más prestigiosas de Leningrado, incluido el conservatorio y la filarmónica, habían sido evacuados ese verano, Shostakovich decidió quedarse en Leningrado, correr con su familia a los refugios antiaéreos y regresar a su escritorio en casa para seguir escribiendo su sinfonía. “Incluso durante los ataques aéreos raramente dejó de trabajar”, escribió su esposa Nina. “Si las cosas empezaban a ponerse demasiado feas, terminaba con calma el compás que estaba escribiendo, esperaba a que la página se secase, ordenaba cuidadosamente lo que había escrito y se lo llevaba al refugio”.

El primer movimiento fue terminado el 3 de septiembre. Originalmente, Shostakovich había pensado dejarlo solo como un poema sinfónico, pero pronto se dió cuenta que no era sino el capítulo inicial de una larga y profundamente personal obra. Otros dos movimientos fueron escritos a enorme velocidad. “Nuestro arte está amenazado por un gran peligro”, dijo en la radio de Leningrado ese mes. “Vamos a defender nuestra música”. El 1 de octubre, después de haber terminado tres movimientos, Shostakovich fue evacuado de la ciudad contra sus deseos. Más tarde se trasladó a Kuibyshev, en la región del Volga, donde concluyó el movimiento final de la obra en Diciembre.

La declaración oficial de Shostakovich, “dedico mi Séptima Sinfonía a nuestra lucha contra el fascismo, a nuestra futura victoria sobre el enemigo y a mi ciudad natal de Leningrado”, se reproduce abreviadamente en la primera página de la partitura impresa: “Dedicada a la ciudad de Leningrado”. Aunque Shostakovich originalmente puso título a los cuatro movimientos – Guerra, Recuerdo, Los amplios espacios de nuestra tierra y Victoria – más tarde los descartó y sólo proporcionó algunas pistas sobre el significado de la música:

I. La guerra irrumpe repentinamente en nuestra pacífica vida. …la recapitulación es una marcha fúnebre, un episodio profundamente trágico, una misa de réquiem.
II. Un intermezzo lírico… sin programa y con menos “hechos concretos” que en el primer movimiento.
III. Un adagio patético con drama en el episodio central.
IV. Victoria, una vida hermosa en el futuro.

La sinfonía fue interpretada por primera vez el 5 de marzo de 1942 en Kuibyshev, por la orquesta evacuada del Teatro Bolshoi. Tres semanas más tarde, se tocó en Moscú. Ese mismo mes, la partitura fue microfilmada, colocada en una lata y enviada secretamente a Estados Unidos, en una tortuosa ruta en automóvil y avión que pasó por Teherán, El Cairo y Sudamérica antes de acabar en la ciudad de Nueva York. El 19 de julio, Toscanini y su NBC Symphony presentaron la sinfonía en el país, en una emisión de radio que llegó a varios millones de oyentes, un acontecimiento sin precedentes para una obra musical nueva. Toscanini venció a Koussevitzky y Stokowski en la lucha por el derecho al estreno en Occidente.

Rara vez ha recibido una nueva obra tanta publicidad por adelantado y atraído a tantos oyentes o causado tal revuelo. Algunos de los principales compositores de la época que habían emigrado a Estados Unidos, incluyendo Schoenberg, Stravinsky, Hindemith y Rachmaninov, sintonizaron la emisión de julio para escuchar lo que su colega había hecho. Schoenberg reaccionó diciendo que “con composiciones como esta, hay que estar agradecido de que ya no haya llegado a la Sinfonía No. 77”, y Hindemith simplemente fue a su mesa de trabajo para escribir una serie de fugas, el Ludus tonalis, como una forma de limpiar el aire. Béla Bartók escuchó la transmisión en su casa de verano de Saranac Lake, Nueva York, y se indignó tanto por la repetitiva marcha del primer movimiento que hizo una parodia de ella en el Concierto para Orquesta, en el que estaba trabajando.

En agosto, la Séptima Sinfonía de Shostakovich llegó a Leningrado. Tras la devastación sufrida durante el primer invierno de asedio a la ciudad, sólo el director y 14 miembros de la Orquesta de la Radio de Leningrado -el único grupo de músicos que, como Shostakovich, se habían resistido a ser evacuados- seguían vivos. Músicos cualificados fueron traídos del frente para completar la orquesta, y, como pudieron, lograron aprenderse la exigente y emocionalmente agotadora partitura de Shostakovich. Tres de los músicos murieron de hambre antes del estreno. La interpretación en Leningrado, el 9 de agosto, fue desafiantemente transmitida por medio de altavoces a las tropas alemanas acampadas fuera de la ciudad.

Shostakovich había preparado un programa para esta nueva sinfonía que atraía la atención internacional. “Esta es la vida sencilla y pacífica que se vivía antes de la guerra”, escribió sobre el primer movimiento. La sinfonía se abre con seguridad con un gran tema que avanza en unísono, la voz de “el pueblo seguro de sí mismo y de su futuro.” Pero, más adelante, para la sección de desarrollo, escribió: “La guerra irrumpe en la pacífica vida de estas gente. No he pretendido la representación naturalista de la guerra, la representación del ruido de las armas, las explosiones de los proyectiles, etc. Estoy tratando de transmitir la imagen de la guerra emocionalmente”.

El primer movimiento está dominado por esta gran música de marcha, en lo que el propio Shostakovich llamó el “episodio de la invasión”. El tema en sí mismo apenas podría parecer en principio más inocente, pero se basa en un aria de La viuda alegre de Franz Lehár, una de las favoritas de Hitler.

Al avanzar, la música de la invasión llega a ser tan amenazadora y contundente que sobrepasa tanto al decidido tema con que se abre la sinfonía

como a la delicada sección que sigue, de un lirismo casi mahleriano.

Bartók no fue el único que criticó la agotadora repetición (a lo largo de 350 compases) y el crescendo de la marcha al estilo del Boléro, sobre un implacable ritmo de tambores.

Shostakovich había anticipado una respuesta encendida incluso antes de que terminara el primer movimiento: “Que me acusen, pero así es como yo oigo la guerra”, le dijo a un amigo.

Hay ironía y humor, de todo, en el segundo movimiento; un alivio necesario después del implacable Allegretto de apertura. A medio camino, se escuchan indicios de música militar, introducida por una penetrante canción del clarinete en mi bemol. Tanto las primeras como las últimas páginas muestran la maestría de Shostakovich con melodías solitarias sobre la repetición de sencillas figuras de acompañamiento.

El movimiento lento comienza con grandes y resonantes acordes, maravillosamente orquestados para todos los vientos y dos arpas, seguidos por una elocuente melodía de las cuerdas, fuerte y vigorosa en su desnuda simplicidad, con las cuerdas graves ofreciendo ocasionalmente el soporte de una sola nota o acorde.

Un solo de flauta sobre cuerdas pulsadas proporciona el segundo tema.

Y de nuevo, una sección media más vigorosa sugiere que la guerra no ha terminado. Al final, las cuerdas toman los enormes acordes de viento con los que comenzó el movimiento.

“Mi idea de la victoria no es algo brutal”, dijo Shostakovich. “Se explica mejor como la victoria de la luz sobre la oscuridad, de la humanidad sobre la barbarie, de la razón sobre la reacción”. En el movimiento final, la victoria no llega inmediatamente. Shostakovich empieza con el redoble de timbales que concluye el movimiento lento y gradualmente añade otras voces. Un amplio clímax se desarrolla rápidamente; una línea de la viola queda suspendida. Finalmente, la música se mueve lenta y deliberadamente hacia una gran conclusión, salpicada de fanfarrias de los metales y choques de platillos, y fuerza su camino en Do mayor, la tradicional clave de la victoria. Incluso entonces, cuando el tema de apertura de la sinfonía vuelve para coronar el momento, lo hace repleto de notas que no tienen sitio en Do mayor, y los acordes finales en la más brillante de las claves son para ellos un ámbito amargo.

Phillip Huscher, notas de un programa de la Chicago Symphony Orchestra

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