Brahms: Sinfonía nº 2

OSCyL, Andrew Gourlay
26 y 27 de Mayo de 2017

Paseo Johannes Brahms (Pörtschach)

Tras haber necesitado muchos años para completar su Primera Sinfonía, Brahms produjo una segunda casi de la noche a la mañana. Esta tendencia a componer parejas de obras que se complementan una a otra se halla también en Beethoven, cuya Sinfonía “Pastoral” siguió a su Quinta de manera similar. La partitura de Brahms, de 1877, comparte otras características con la Sexta de Beethoven, como su carácter en buena medida bucólico, incluso rústico, y un folklórico y danzante tercer movimiento. El compositor escribió acerca del entorno en el que creó la Segunda Sinfonía (la aldea costera de Pörtschach): “…las melodías fluyen tan libremente que hay que tener cuidado de no pisotearlas”.

El movimiento de apertura comienza con una sección introductoria cuyo material temático reaparecerá repetidamente. Unos 50 compases más tarde, los primeros violines presentan el radiante tema principal, con la indicación de ser tocado  dulcemente o suavemente – dolce,

seguido por un segundo tema, cantando – canto, en los violonchelos.

Como observó Hermann Kretzschmar en un análisis publicado en vida del compositor, este movimiento “… se asemeja a un agradable paisaje en el que el sol poniente proyecta sus sublimes y sombrías luces. Contiene un número mucho mayor de ideas musicales independientes que las requeridas por este esquema…” El contraste entre drama y ensueño se sostiene elocuentemente durante lo que resulta ser el movimiento más largo de cualquiera de las sinfonías de Brahms; hay momentos de sorprendente oscuridad, cuando la orquestación, por lo general más ligera, da paso a pasajes ricamente armonizados para trombones y tubas, creando “efectos espectrales”, como los describe Karl Geiringer.

Una inolvidable coda presenta un solo de trompa en lo que Kretzschmar llama “… una de las partes más hermosas de la sinfonía…”

y el movimiento termina silenciosamente.

Pudo ser el segundo movimiento el que incitó a Brahms a decirle a su editor que la partitura debería publicarse en páginas con bordes negros. Esta música es compleja y seria, con pequeños elementos temáticos que se siguen unos a otros muy de cerca; una “prosa musical” (término de Schoenberg) que da al movimiento una inquietante y enigmática cualidad.

En general, su estructura tiene una lógica formal, pero al oyente se le niega la fácil repetición de melodías simples y cantables.

Por el contrario, la sencillez es el sello distintivo del tercer movimiento (o eso es lo que parece). Una sencilla melodía en el oboe alterna con secciones más enfáticas en las que cuerdas y vientos bailan de una manera que recuerda al tercer movimiento de la Sinfonía “Pastoral” de Beethoven.

Desde luego, como en otras partes de esta obra, Brahms trabaja sus materiales en estructuras complejas y convincentes que añaden fascinantes capas a las texturas melódicas, armónicas y rítmicas de su música.

Aunque la apertura del último movimiento está indicada sotto voce, rápidamente se convierte en una danza exaltada y excitante.

Kretzschmar ve una conexión con el ingenio y la exuberancia de Haydn; el sorprendente descubrimiento aquí es que el tema principal de este final se basa en material del movimiento de apertura. Brahms redondea el trabajo con una alegre coda que erupciona en una gloriosa explosión de sostenida luz solar en los trombones.

Dennis Bade,  Editor de publicaciones de la Filarmónica de Los Ángeles.

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