Gourlay dirige unos memorables cuadros

Entre los méritos que Andrew Gourlay acumule a lo largo de su carrera profesional, habrá que incluir los ganados esta semana con la OSCyL, en un programa vinculado a la pintura. El primero, haber incitado la recuperación de los archivos de audio de la parte del sintetizador de la Sinfonia n° 6, “Vincentiana” de Rautavaara, cuya destrucción accidental, según ha explicado él mismo antes de iniciar su intérpretación, habían impedido escucharla en directo desde que fue presentada en Helsinki en 1992. Con lo que el público de Valladolid ha podido disfrutar del reestreno mundial de esta interesantísima obra, a cuya partitura sólo se le podría reprochar la falta de asideros que mantengan la atención durante el largo viaje astral del primer movimiento, aunque quizás la orquesta y la dirección hayan tenido responsabilidad en esa percepción. En ese sentido, tampoco los violines del raveliano vals del tercer movimiento se han oído con la intensidad y expresividad debida, pero esos serían los únicos peros a un estupendo y difícil trabajo, con momentos de excepcional lirismo y una magnífica representación de los cuervos y los fantasmas que poblaban los cuadros y la mente de Van Gogh.

El segundo mérito de nuestro titular, ser al menos copartícipe de la elección de la segunda obra, La isla de los muertos, el impresionante poema sinfónico que Rachmaninov compuso inspirado por el cuadro homónimo de Böcklin, poco programamado y novedad para la OSCyL, que ha fascinado al auditorio con la angustiosa obstinación de las paladas de los remos de la barca que conduce a la muerte. Y el tercero y último, pero quizás el mayor, su excepcional dirección de los Cuadros de una exposición de Moussorgsky, que han cumplido con creces lo prometido nada más empezar por el limpio y decidido anuncio de la trompeta de Roberto Bodi. Gourlay ha optado por un tempo algo más vivo del habitual, en las Promenades y en muchas escenas, y la orquesta, perfectamente engrasada y conjuntada, ha respondido maravillosamente, como si fuese el único piano para el que fue originalmente compuesta, ofreciendo una versión de una transparencia, vigor y belleza excepcionales. Ninguno de los solistas ha desaprovechado los momentos que les propició la Ravel, los violines han sonado celestialmente, las cuerdas graves poderosísimas, y sin una fisura, la orquesta ha estado a un nivel realmente estratosférico, dirigida por el mejor Gourlay que hemos tenido desde aquella sensacional Quinta de Beethoven del Concierto de homenaje al abonado del año 2015. Después de alguna mano incierta, parece que pintan oros.

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