Rachmaninov: La isla de los muertos

OSCyL, Andrew Gourlay
4 y 5 de Mayo de 2017

Rachmaninov vio por primera vez la popular pintura de Arnold Böcklin, La Isla de los Muertos, en una reproducción en blanco y negro el año 1907 en París. Y se quedó tan fascinado por esa misteriosa imagen, con el solitario bote portando un ataúd hacia la isla,  que empezó a escribir sobre él casi de inmediato, sin siquiera esperar a ver el original a todo  color. Cuando más tarde viajó a Leipzig para ver una de las cinco versiones diferentes que Böcklin pintó de La Isla de los Muertos, comentó que nada podía igualar su primera impresión. Incluso sugirió que tal vez nunca habría compuesto La isla de los muertos si hubiera visto esa pintura primero. (El cuarto lienzo de Böcklin fue destruido en la Segunda Guerra Mundial, otra de las pinturas perteneció a Hitler durante muchos años, ahora se encuentra en la colección de la Galería Nacional de los Museos Estatales de Berlín).

Marie Berna, una joven viuda alemana, había pedido a Böcklin una imagen para soñar (“ein Bild zum Träumen”). La pintura que éste le envió en 1880 -y sus secuelas, cada una como una variación musical sobre un tema- fue adoptada casi instantáneamente como un icono definitorio del romanticismo tardío. Durante años, muchos artistas cayeron bajo su hechizo, y sólo cuatro años después que Rachmaninov, Max Reger compuso otra interpretación orquestal de la misma escena. Rachmaninov nunca pudo explicar adecuadamente por qué le impresionó tanto la imagen de Böcklin o cómo la trasladó tan espontáneamente a la música: “Cuando llegó, cómo empezó, ¿cómo puedo decirlo? Surgió dentro de mí, fue contemplada, escrita.”

Rachmaninov comienza con el movimiento irregular de los remos en el agua; la Séptima Sinfonía de Mahler, completada apenas cuatro años antes, también comienza con las paladas de los remos en un lago. La apertura, sólo cuerdas graves, con timbales y arpas al principio, es oscura y misteriosa. Durante un buen rato, avanzamos sin saber muy bien hacia dónde, pero con una urgencia cada vez mayor. Esporádicamente aparecen seductores fragmentos melódicos, como imágenes entrevistas a través de la niebla, y en momento dado se alza un evocador tema agudo en el violín [4:19]. Por fin aparece la isla [5:50], la música adquiere fuerza y ​​sentido y finalmente escuchamos el Dies irae [9:01], el canto gregoriano de la Misa por los Muertos, motivo de la mortalidad que recurre a menudo en la música de Rachmaninov. Luego,  la música se llena súbitamente de vida, perentoria, apasionada y alegre [9:39]; aquí Rachmaninov se apartó de la pintura, aunque Böcklin pintó una complementaria Isla de la vida dos años después de su último lienzo de la Isla de los Muertos. Pero el Dies irae aparece de nuevo [14:08], y la música se vuelve a nublar y llenar de sombras. El final está dominado por la quietud, y acabamos, donde habíamos empezado, con el sonido de unos incesantes remos [16:59].

Phillip Huscher, notas de un programa de la Orquesta Sinfónica de Chicago.
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