Rautavaara: Sinfonía nº 6, “Vincentiana”

OSCyL, Andrew Gourlay
4 y 5 de Mayo de 2017

La Sinfonía No. 6, “Vincentiana” (1992) del finlandés Einojuhani Rautavaara, fallecido el pasado 27 de julio, proviene de su ópera Vincent (1987), basada en la vida de van Gogh y tiene la peculiaridad de incorporar un sintetizador a la orquesta para representar los desvaríos mentales del artista, empleado siempre en los extremos de sus cuatro movimientos. Los títulos de estos aluden a pinturas y episodios de la ópera y la vida del artista: Noche estrellada y Los cuervos, los dos famosos cuadros; Saint Remy y Apoteosis, la población en la que se halla el sanatorio mental en el que se recluyó y el suicidio/triunfo final del artista.

Incluyendo elementos atonales, Vincentiana es sin embargo una obra expresionista espectacularmente orquestada y muy asequible. Noche estrellada se inicia con unos compases con participación del sintetizador que podrían sugerir la respuesta mental del pintor ante las espirales de estrellas que veía, pero pronto sigue un pasaje más lírico, un fascinante viaje nocturno lleno de paz al principio, en el que luego aparecen obstáculos y al final se decanta por la catástrofe.

El segundo movimiento, Los cuervos, se inicia de nuevo con sonidos extraños, muchos de ellos no producidos por el sintetizador, sino por los instrumentos habituales de la orquesta. Aleteos, graznidos y picotazos se suceden hasta un clímax tras el que, también de nuevo, sigue un interludio calmado aunque ominoso, que pronto va siendo invadido por los casi inaudibles murmullos de los cuervos representados en los violines, hasta que un par de graznidos concluyen la pieza.

The crows

En Saint Remy todo parece felicidad, la cara positiva y externa del asilo, y cuando en la ligera música inicial se intuyen posibles complicaciones, aparece un amable vals. Pero tampoco aquí la historia acaba bien. El vals, con obvias reminiscencias de La valse de Ravel, acaba siendo macabro y concluye con la invasión de los cuervos, que se apoderan del pintor. Y la melodía del vals, ahora en el sintetizador, se retuercen y enlentecen hasta detenerse en su mente.

El último movimiento, Apoteosis, sin mayores aventuras vanguardistas, se inicia lleno de nostalgia, aunque, previsiblemente, dado que nos hallamos ante un suicidio, la música va creciendo en volumen y en tensión, evolucionando hacia un sentimiento de triunfo y consumación. Al final vuelven los cuervos, y algunas esquilas y el silencio de los fantasmas acompañan las cada vez más breves frases de una flauta que acaba por apagarse en la música.

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