Estupenda D’Oustrac y estupenda OSCyL con Gourlay en otro concierto de cine

De cine, en el sentido figurado, porque la OSCyL, con Gourlay al frente, ha estado a su habitual altura, es decir, estupenda. Pero también en el real, porque el nexo que unía las obras programadas era el de pertenecer al mundo de los sueños, a la magia de los cuentos y las leyendas o a exotismos y paraísos lejanos; un mundo que, hoy, pertenece en gran medida al cine. Y si en aquellas míticas sesiones dobles teníamos las dos películas de rigor, pero también un No-do, muchas veces unos dibujos y siempre anuncios que también entretenían lo suyo, hoy han sido seis obras, seis, las que nos han hecho pasar un muy buen rato, uno de esos ratos que, Dios no lo quiera, si acabasen algún día, recordaríamos y valoraríamos quizás más aún de lo que hacemos ahora.

La deliciosa obertura de Hansel y Gretel de Humperdinck, que ha servido de magnífica introducción y bienvenida, con la orquesta disfrutando tanto como la audiencia, ha dado paso al estreno de Taranis, un encargo de la OSCyL al joven compositor Charlie Piper, que ha recogido en persona los merecidos aplausos por una obra de muy buen oír y seguir, llena de percusión y de las sorprendentes sonoridades características de las obras contemporáneas, y que, como también es habitual, reclamaba las imágenes de una película de alta tensión. Pero el plato fuerte de la primera parte ha sido Mi madre la oca, una composición de una magia y una belleza excepcional que, preciosamente interpretada, ha dado un nuevo empujón a la creciente valoración de Ravel.

Con En Saga, el fascinante y dramático poema sinfónico de Sibelius, ejecutado con intensidad y cuidado de los detalles, no ha podido empezar mejor la segunda parte. Grandes aplausos, y de una potente road movie hemos pasado a las tres canciones de Shéhérazade, de nuevo Ravel, en las que Stéphanie d’Oustrac, ataviada muy adecuadamente con un kimono rojo con adornos negros y abertura lateral, ha mostrado la belleza y fuerza de su voz, bastante aguda dentro de las mezzos, con una expresividad vocal y gestual extraordinaria. Bastaba sustituir Tara por Asia para imaginar a Escarlata O’Hara en esta otra película que, sin embargo, es para paladares educados en ese gusto y que, quizás tampoco demasiado bien acompañada por una orquesta aquí poco sutil y con un público algo ruidoso impidiendo la concentración exigida, aunque calurosamente aplaudida, ha recibido menos de lo que ha dado. Y la sesión, inteligentemente planificada una vez más, ha concluido con lo que ya es estrictamente música de cine, las Aventuras en la Tierra de John Williams, al que curiosamente (o no tanto) se ha oído ya con Humperdinck y con Ravel. Y el orden de los factores sí que altera aquí el producto, porque su deuda (y la de muchos de los compositores de bandas sonoras) con los clásicos es evidente; tanto como la de cualquier músico con sus predecesores, desde luego, pero quizás aportando menos propio y nuevo. En cualquier caso, Elliot ha volado con su bicicleta y se ha despedido de ET en la imaginación de todos, el concierto ha concluido con los decibelios habituales de los “The End”, y todos hemos pasado muy bien ese final de la tarde. Y sin palomitas, que con las pantallitas ya tenemos de sobras.

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