Dunedin Consort: Un lujo sin artificios

Justificando con creces su prestigio, el Dunedin Consort ha dejado este pasado fin de semana su huella en la Sala de Cámara del Auditorio, con dos maravillosos conciertos de música barroca compuesta en las islas británicas. El historicismo, que a veces se asocia a ritmos frenéticos y a espectaculares pirotecnias, no es en el caso de John Butt otra cosa que la búsqueda de la pureza, y el protagonismo de su trabajo es para la música. Y desde Lawes hasta Geminiani, pasando por Locke, Blow, Purcell, Haendel, Avison y Mudge, todos tendrían motivos para estar dando saltos de alegría con interpretaciones como las que hemos disfrutado, primero el sábado, cuando nos demostraron hasta qué punto es verdad que menos puede ser más, con un violín, un segundo violín, una viola, un cello y un contrabajo más el teclado desde el que dirige Butt, suficientes, no ya para la severidad de los primeros barrocos, sino también para cuando Italia desembarcó en Inglaterra de la mano de Haendel, porque, añadiendo un oboe y cuatro impecables solistas vocales, también uno sólo por línea, toda la felicidad y la grandiosidad de su música, incluidos sus “happy” y sus “forever and ever”, esta vez los de uno de sus Himnos Chandos, inundó el escenario. Voces juveniles y limpias, con mención especial para la soprano Joanne Lunn y para un jovencísimo tenor llamado Gwilym Bowen que se puso al público en el bolsillo con su fuerza y su frescura.

Pero si al día siguiente, con los solistas instrumentales del Dunedin Consort liderando el Ensemble Barroco de la OSCyL (quince cuerdas y un fagot reforzando las graves) se temía añorar la ausencia de voces tan preciosas, la realidad fue que una formación conjuntadísima nos embarcó en un delicioso viaje desde Locke hasta Geminiani, con La Tempestad, la Pavana de Lawes sobre el Flow my tears, una selección de La reina de las hadas y tres Concerto grosso, de Haendel, Avison y Mudge (esté último quizás la perla de una sesión fantástica), concluyendo con una interpretación de la Follia de Geminiani que hizo desvanecer cualquier reparo ante tan repetida obra, porque esta vez no se trataba de una sucesión de variaciones con solistas en competición circense, sino de una pieza única que fluía con toda naturalidad. Habría que destacar a la extraordinaria violinista del grupo escocés, Cecilia Bernardini, también más atenta a la belleza de la música que a su propio virtuosismo, pero todas las intervenciones solistas, las del segundo violín y las del cello en particular, resultaron magníficas, y los miembros de la OSCyL no desentonaron lo más mínimo en estos conciertos de auténtico lujo, este fuego sin artificios de los que parecieron disfrutar tanto como nosotros.

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