Abrazos de Nikolic tras el más sobrecogedor y auténtico Shostakovich

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Acabó la tremenda Sinfonía nº 14 de Shostakovich y Gordan Nikolic se fundió en un abrazo con la soprano Magdalena Anna Hoffman primero, y luego con el barítono Thomas Oliemans, dos grandes nombres de la escena mundial que anoche se entregaron interpretando con una pequeña orquesta de cuerdas y tres percusionistas una de las obras más verdaderas y sobrecogedoras que se han compuesto nunca. También abrazó efusivamente a Màrius Diaz, que deslumbró una vez más en sus importantes intervenciones (¿para cuándo un concierto como solista?) y sus abrazos parecían muy sinceros y emocionados, porque sincero y emocionante fue su enorme trabajo y la complicidad de la orquesta, manteniendo la tensión y la unidad desde los pianísimos agudos iniciales de su violín hasta el último compás, lamentablemente interrumpido por esos aplausos precipitados con que algunos parecen siempre querer demostrar no se sabe bien qué. Aplausos, en cualquier caso, especialmente merecidos anoche, por los solistas, por la orquesta, por su concertino director, pero también y mucho por Shostakovich y por los poetas que eligió para  gritar contra la muerte.

Aplausos también en la primera parte para El corregidor y la molinera de Falla, para sus colores y sus brillantes ideas, para el estupendo Fandango bailado con castañuelas por Miriam Mendoza, y para la labor del joven José Luis López Antón al frente de una OSCyL que, reducida a su versión de cámara, sonó deliciosamente.  Pero, siendo interesante la idea de contraponer dos compositores tan opuestos como la vida y la muerte, el resultado no fue del todo satisfactorio, especialmente porque en el segundo cuadro de la pantomima solo hubo representación cuando la citada bailarina principal danzó durante la Copla del Cuco (cantada por María Mezcle, diría que no muy entonada con la orquesta), con lo que la música de Falla pasó de estar casi excesivamente subrayada por la coreografía de la Compañía de Aída Gómez en el primer cuadro, a quedar huérfana de las imágenes a que debía acompañar y resultar así tediosa en el segundo. Lo cual no es la mejor forma de prepararse para una obra tan exigente y poderosa como la que seguiría,  la excepcional sinfonía de Shostakovich que pudimos disfrutar anoche, porque a pesar de las toses y de las distracciones provocadas por algunas deserciones (comprensibles aunque no siempre educadas), con el desasosiego, la angustia, la tristeza, la desolación y la rabia  experimentada por un artista ante la muerte, se puede disfrutar mucho.

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