Bruckner: Sinfonía nº 7

10 y 11 de Febrero
OSCyL, Eliahu Inbal
La llegada de Bruckner al cielo (Otto Bóhler)

La llegada de Bruckner al cielo (Otto Böhler)

Bruckner tenía sesenta años cuando saboreó por primera vez un éxito de público. Las ovaciones que recibió tras el estreno de su Séptima sinfonía duraron quince minutos y la prensa no sólo se quedó extasiada, sino también perpleja ante el descubrimiento de este talento maduro. A pesar de que Bruckner nunca más disfrutó del fácil éxito de su Séptima Sinfonía, desde ese momento fue reconocido como uno de los pocos compositores cuya obra exigía atención, y su nombre se hizo rápidamente tan famoso como el de sus contemporáneos, Brahms y Wagner.

La repentina e insólita decisión de Bruckner de empezar a escribir sinfonías es uno de los milagros de la música. En algún momento alrededor de 1863 o 1864, Bruckner, el menos seguro de los compositores, se dio cuenta de que la sinfonía iba a ser su género ideal, a pesar de su casi total falta de experiencia en la escritura para orquesta. A partir de ese momento, fue  su interés primordial. El descubrimiento de Bruckner de la música de Wagner en 1863, cuando Tannhäuser fue presentada por primera vez en Linz, fue el acontecimiento más decisivo en su vida creativa. La experiencia desbloqueó algo dentro de Bruckner, liberando la valentía e individualidad de sus propias ideas. Una vez que abordó la sinfonía, forma y contenido se unieron, y Bruckner se convirtió en el primer compositor que tradujo la esencia del lenguaje wagneriano a la música instrumental.

Tras su estreno en Leipzig en Diciembre de 1884, la Séptima Sinfonía inició un recorrido por los principales centros musicales. En los meses siguientes se interpretó en Munich (bajo la batuta de Hermann Levi, quien había dirigido recientemente el estreno de Parsifal de Wagner en Bayreuth), Dresde, Frankfurt, Utrecht, La Haya, Chicago y Nueva York. Los miembros de la Filarmónica de Viena (la orquesta de la ciudad de Bruckner) quería interpretar su Séptima Sinfonía de inmediato, pero Brückner les hizo desistir, temiendo lo peor de los influyentes críticos vieneses. De hecho, cuando la partitura se presentó allí en 1886, el siempre negativo Eduard Hanslick, se quejó de los interminables pasajes de oscuridad y aburrimiento. Pero Hanlslick estaba nadando contra la marea pública, y tuvo que admitir, con irritación obvia, que nunca había visto reclamar la presencia del compositor en el escenario para aplaudirle cuatro o cinco veces después de cada movimiento. Finalmente, la Séptima Sinfonía de Bruckner fue el mayor triunfo de su carrera, y la interpretada más frecuentemente durante su vida.

Esta sinfonía requirió la orquesta más grande que Bruckner había usado nunca, pero tiene páginas de singular delicadeza y transparencia. (Schoenberg  hizo una versión para orquesta de cámara del primer movimiento). La apertura -muy característica de Bruckner, con una larga y noble melodía que sale de las sombras- es un modelo de serenidad y simplicidad clásicas.

El primer tema en sí, una de las ideas más distintivas de Bruckner, empieza como un arpegio estándar en Mi mayor que luego evoluciona de maneras inesperadas. (Schoenberg se maravillaba de cómo sus frases de forma irregular, a veces de tres o cinco compases, suenan de modo completamente natural).

Todo el Allegro es concebido como un solo párrafo de gran amplitud, con tres grandes e importantes temas, una amplia sección de desarrollo y una extensa coda basada en el inmutable Mi del bajo (a lo largo de gran parte de la coda, esta relación está muy en conflicto con el resto de la orquesta).

Cuando Bruckner empezó el Adagio a finales de Enero de 1883, estaba preocupado por premociones de la muerte de Wagner. Bruckner había visto a Wagner por primera vez en el estreno de Tristán e Isolda en Munich en 1865. (Ocho años más tarde pasaron una tarde juntos hablando de la música, pero Bruckner, un abstemio, bebió tanta cerveza  a causa de su nerviosismo que a duras penas pudo recordar lo que dijeron.) Bruckner fue a Bayreuth para los estrenos del ciclo completo del Anillo en 1876 y para Parsifal en 1882, poco después de haber empezado a trabajar en esta sinfonía. (Wagner se sentó detrás de Bruckner en Parsifal y lo reprendió por aplaudir demasiado fuerte.) En esa ocasión, que resultó ser su último encuentro, Wagner dijo que quería dirigir las sinfonías de Bruckner.

El 13 de Febrero de 1883, cuando Bruckner estaba acabando el Adagio de esta sinfonía, Wagner murió en Venecia. Cuando escuchó la noticia, Bruckner escribió una extraordinaria coda al movimiento, silenciosa pero desgarradora, a la que siempre se refirió como música funeral para el “Maestro”. Este magnífico Adagio empieza con música para las tubas de Wagner,  el instrumento que Wagner diseñó para El Anillo de los Nibelungos, que hizo aquí su debut en la música sinfónica.

Al igual que el movimiento lento de la Novena de Beethoven, la música se basa en dos temas maravillosamente contrastados, cada uno de los cuales es objetivo de una nueva  elaboración.

Al final, Bruckner alcanza la cumbre de su viaje (en Do mayor, un asombroso destino para un movimiento que empieza en Do sostenido menor), señalado por un golpe de los platillos y el repiqueteo del triángulo sobre un redoble de tambor. (Algunos directores cuestionan la autenticidad de los platillos y del triángulo aquí, al considerarlo una idea posterior añadida a la partitura el mismo día del estreno, aparentemente por sugerencia del director, Arthur Nikisch.)

El scherzo, en contraste con todo lo que le precede, es una música al aire libre brillantemente atlética dominada por un inquieto ostinato de las cuerdas  y un tema lúdico de trompeta.

El trío contrastante es espacioso y pastoral.

El final empieza de modo muy parecido al movimiento inicial, atraviesa amplios y constantemente cambiantes territorios y, finalmente, regresa al primer tema de la sinfonía en las vigorizantes fanfarrias en Mi mayor de los últimos compases. Justo antes de completar este movimiento, Bruckner fue a Bayreuth, en Agosto de 1883, a visitar la tumba de Wagner y rendir sus respetos al hombre a quien debía tanto. Terminó la partitura unos días después de regresar a su casa. El triunfal estreno de la sinfonía, quince meses más tarde, fue en un concierto benéfico destinado a recaudar dinero para un monumento a Wagner.

Phillip Huscher, notas de un programa de la Chicago Symphony Orchestra.

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