Dunedin Consort: Un lujo sin artificios

Justificando con creces su prestigio, el Dunedin Consort ha dejado este pasado fin de semana su huella en la Sala de Cámara del Auditorio, con dos maravillosos conciertos de música barroca compuesta en las islas británicas. El historicismo, que a veces se asocia a ritmos frenéticos y a espectaculares pirotecnias, no es en el caso de John Butt otra cosa que la búsqueda de la pureza, y el protagonismo de su trabajo es para la música. Y desde Lawes hasta Geminiani, pasando por Locke, Blow, Purcell, Haendel, Avison y Mudge, todos tendrían motivos para estar dando saltos de alegría con interpretaciones como las que hemos disfrutado, primero el sábado, cuando nos demostraron hasta qué punto es verdad que menos puede ser más, con un violín, un segundo violín, una viola, un cello y un contrabajo más el teclado desde el que dirige Butt, suficientes, no ya para la severidad de los primeros barrocos, sino también para cuando Italia desembarcó en Inglaterra de la mano de Haendel, porque, añadiendo un oboe y cuatro impecables solistas vocales, también uno sólo por línea, toda la felicidad y la grandiosidad de su música, incluidos sus “happy” y sus “forever and ever”, esta vez los de uno de sus Himnos Chandos, inundó el escenario. Voces juveniles y limpias, con mención especial para la soprano Joanne Lunn y para un jovencísimo tenor llamado Gwilym Bowen que se puso al público en el bolsillo con su fuerza y su frescura.

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El Dunedin Consort interpreta Barroco inglés

Dunedin Consort, Ensemble Barroco OSCyL. John Butt.
25 y 26 de Febrero de 2017

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El Dunedin Consort es un conjunto barroco radicado en Edimburgo, ciudad de cuyo castillo Din Eidyn toma el nombre. Formado en 1995, fue John Butt quien, al hacerse cargo de su dirección en 2003, lo llevó a obtener el reconocimiento de que goza actualmente, especialmente a partir de su grabación del Mesias de Haendel, en 2006, una recreación de la primera interpretación de la obra, con un coro integrado sólo por doce cantantes, solistas incluidos  y otros tantos instrumentistas, de una frescura realmente excepcional.

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Abrazos de Nikolic tras el más sobrecogedor y auténtico Shostakovich

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Acabó la tremenda Sinfonía nº 14 de Shostakovich y Gordan Nikolic se fundió en un abrazo con la soprano Magdalena Anna Hoffman primero, y luego con el barítono Thomas Oliemans, dos grandes nombres de la escena mundial que anoche se entregaron interpretando con una pequeña orquesta de cuerdas y tres percusionistas una de las obras más verdaderas y sobrecogedoras que se han compuesto nunca. También abrazó efusivamente a Màrius Diaz, que deslumbró una vez más en sus importantes intervenciones (¿para cuándo un concierto como solista?) y sus abrazos parecían muy sinceros y emocionados, porque sincero y emocionante fue su enorme trabajo y la complicidad de la orquesta, manteniendo la tensión y la unidad desde los pianísimos agudos iniciales de su violín hasta el último compás, lamentablemente interrumpido por esos aplausos precipitados con que algunos parecen siempre querer demostrar no se sabe bien qué. Aplausos, en cualquier caso, especialmente merecidos anoche, por los solistas, por la orquesta, por su concertino director, pero también y mucho por Shostakovich y por los poetas que eligió para  gritar contra la muerte.

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Shostakovich: Sinfonía nº 14

Magdalena Anna Hofmann, Thomas Oliemans. OSCyL, Gordan Nikolic.
23 y 24 de Febrero de 2017

Lo que iba a ser una estrecha relación entre los dos compositores y entre los artistas anglo-soviéticos que interpretarían sus obras, se inició con el encuentro de Shostakovich y Benjamin Britten en 1960. El motivo de la visita de Shostakovich a Londres fue el estreno de su Concierto nº 1 para violoncello y el chelista Rostropovich y su esposa la soprano Galina Vishnevskaya se unirían al círculo de Britten y Shostakovich influyendo en composiciones de Britten como la Sonata para violonchelo y, desde luego, en el Requiem de guerra. La influencia soviética en Britten también fluyó en dirección contraria y la Sinfonía nº 14 de Shostakovich, además de estar dedicada a Britten, debe mucho al estilo musical del inglés, así como, obviamente, a las “Canciones y Danzas de Muerte” de Mussorgsky que Shostakovich había orquestado recientemente.

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Falla: El corregidor y la molinera

María Mezcle y Compañía de Danza Española Aída Gómez. OSCyL, Gordan Nikolic.
23 y 24 de Febrero de 2017

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Un molinero vive en su molino en amor y en compañía de su esposa, la linda molinera, a quien adora y quien le corresponde a pesar de ser él corvado y nada hermoso. Un noble señor, depositario del pósito en el romance, corregidor en la novela, se enamora de la molinera y, con engaños, aleja durante la noche al esposo para poder lograr satisfacción de su pecaminoso deseo. La trampa del enamorado y la venganza del marido que, ofendido, quiere vengar su agravio agraviando a su vez al ofensor, forman el asunto del romance en el que todos los malos propósitos se logran, y de la novela, en la cual el agudo ingenio de Alarcón los frusta todos y hace triunfar la moral sin quitar al asunto nada de su graciosa picardía. Los autores de esta farsa mímica han seguido más de cerca la versión de Alarcón que la del viejo y desenfadado romance, y han dispuesto el asunto en dos cuadros. (María Martínez Sierra, documento mecanografiado, Archivo Manuel de Falla)

El corregidor y la molinera es la pantomima que Manuel de Falla estaba componiendo a partir de una obra teatral de Martínez Sierra, basada en la famosa novela de Pedro Antonio de Alarcón, inspirada a su vez en el viejo romance El molinero de Arcos, cuando, fascinado por la actuación de los Ballets Rusos de Diaghilev en su debut español en Madrid, en 1916, aceptó el encargo que éste le hizo para convertirla en lo que sería El sombrero de tres picos que, con Ansermet dirigiendo, decorados de Picasso y esos legendarios Ballets Rusos con Leonid Massine como coreógrafo y bailarín principal, causarían sensación en Julio de 1919 en Londres y catapultarían al compositor a la fama mundial.

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Antológica séptima de Bruckner con Inbal

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Como un chamán, “al que se le atribuye la capacidad de modificar la realidad o la percepción colectiva de esta, de manera que no responden a una lógica causal”, Eliahu Inbal hizo que la OSCyL extrajera y entregase anoche toda la emoción que contiene la que para muchos es la mejor obra de Bruckner, su Séptima Sinfonía. Antes, acompañando a Stefan Schilli, la pequeña orquesta del Concierto para oboe de Richard Strauss no había sonado tan ajustada ni brillante, pese a lo que el aristocrático encanto de esa obra tan bien elegida para acompañar la Séptima, sedujo al Auditorio. Pero con Bruckner, dirigida con sabiduría, convicción y naturalidad desde la altura física y vital de Eliahu Inbal, la OSCyL respondió con otra de esas ejemplares interpretaciones que nos hacen conscientes del lujo de que disfrutamos. Pocas veces se habrá podido disfrutar tanto de los contrastes dinámicos y emocionales y de tanta belleza como contiene su primer movimiento, de un adagio que sonó como una amorosa y dolorosísima canción de cuna, de la fuerza de su scherzo. Pocas veces habrá sido narrada la obra de Bruckner con tanto equilibrio, dosificando la intensidad de cada pasaje hasta conducirnos, emocionalmente exhaustos pero vivos, a esa especie de trágico aquelarre que pareció anoche su última evocación a Wagner. Pocas veces el sentimiento de gratitud es tan intenso y prolongado.