Richard Strauss: Una sinfonía alpina

OSCyL, Jesús López Cobos
16 y 17 de Diciembre de 2016

Zugspitze, el monte más alto de Alemania, en una de cuyas vertientes se hallaba la casa de Strauss en Garmisch

Cuando parecía haber abandonado el género de los poemas sinfónicos para dedicarse de lleno a la ópera, la Primera Guerra Mundial y la consiguiente ausencia de su libretista, Hugo von Hoffmanstahl, reclutado por los servicios secretos austro-húngaros, llevaron a Richard Strauss a retomar en 1914 un trabajo iniciado tres años antes y a completar en cien días Una sinfonía alpina, una obra programática en la que describió la jornada de excursión a una montaña de los Alpes, inspirándose con toda probabilidad en las que contemplaba desde su casa de Garmisch.

El título de cada una de las veintidós escenas que se suceden sin interrupciones es una guía más que suficiente para seguir el poema: Las densas tinieblas de la noche retroceden ante la triunfante salida del sol, que descubre la montaña y es la señal de partida para iniciar el ascenso con decisión y esperanza. Al entrar en el bosque, tras unos primeros momentos sombríos, los sentimientos se hacen idílicos, especialmente al seguir un tranquilo y muy straussiano camino junto al arroyo. El riachuelo se va acelerando hasta que sus aguas se precipitan por la cascada, entre cuyas brumas tiene lugar la aparición de una tintineante hada. A una escena de bucólica felicidad en los prados floridos y escuchando en los pastos los cencerros del ganado, les sigue un pasaje de confusión y ansiedad cuando el caminante equivoca el camino y se encuentra perdido en la espesura y la maleza, que se abre finalmente en el glaciar, gélido e imponente. Cerca ya de la cumbre, unos instantes de peligro y tensión antes de que nos encontremos por fin en la cima, en una escena de casi cinco minutos con los momentos más intensos, maravillosos y emotivos de la obra, en la que, tras la natural fanfarria, se expone una compleja e inefable mezcla de sentimientos, que van del humilde sobrecogimiento a la respetuosa y admirada exultación, y que se continúan con el éxtasis ante la visión de un magnífico panorama. Unos breves compases para significar que aparece la niebla, con lo que el sol se oscurece paulatinamente y es el momento para una elegía. Los timbales y el clarinete introducen un quedo y ominoso pasaje, la calma antes de la tormenta, que, efectivamente, llega inmediatamente: primero unas gotas de agua dispersas, ráfagas de viento cada vez más feroces, la lluvia se hace más intensa y se convierte en una cortina de agua, estamos en medio del temporal y tormenta, rayos y truenos de los que parece no se va a poder escapar en el sensacional clímax musical de la obra, convenientemente desplazado hacia su conclusión y fundido con el descenso de la montaña, en el que escuchamos invertido el tema del ascenso. Lo que resta equivale musicalmente a una recapitulación: A las últimas gotas y las ráfagas de viento dando sus últimos coletazos, sigue una puesta del sol no menos majestuosa que su salida, y llegamos a una intensísima conclusión, que con sus seis minutos es la escena más larga de la obra, en la que el alpinista parece reflexionar sobre lo vivido antes de que, volviendo a sumergirse en la negra noche de que partió acabe definitivamente este gran poema sinfónico que el propio Strauss consideraba como su trabajo orquestal más perfecto y en el que no es difícil ver una alegoría de la vida humana y de una Nietzscheana lucha por los ideales.

Podemos seguirlo en este video de la Filarmónica de Viena dirigida por Bernard Haitink en los PROMS de 2012, que viene con las escenas convenientemente señalizadas para no perderse en el camino.

Maquinas de viento y de truenos, cencerros, tam-tam y “glokenspiel”, una especie de xilofono de láminas metálicas; celesta y órgano, y también un “Heckelphone”, un oboe especial, afinado una octava por debajo, un invento estrenado por el mismo Strauss en su Salomé. No menos de 107 músicos, hasta 129 si se añaden los refuerzos recomendados por el compositor (doblar las maderas y las dos arpas en algunos pasajes), es significativo que fuese esta obra, en una interpretación de la BPO con Karajan, el primer CD de la historia.

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