Prokofiev: Sinfonía nº 6

OSCyL, Vladimir Fedoseyev
17 y 18 de Noviembre de 2016
Prokofiev
Ahora nos regocijamos en nuestra gran victoria, pero todos nosotros tenemos heridas que no pueden ser curadas. Unos han perdido a seres queridos, otros han perdido su salud. Esto no debe olvidarse. (Prokofiev, a propósito de su Sexta Sinfonía)

Si la optimista Quinta Sinfonía de Prokofiev parecía anunciar el favorable final de la guerra y en sus propias palabras era un “himno dedicado al hombre  libre y feliz, a su gran poder, a su noble y puro espíritu”, la Sexta, más compleja y matizada, reflexiona sobre las heridas que esta dejaría en el pueblo ruso, y de hecho, aunque se estrenó en 1947, Prokofiev empezó a pensar en ella antes que en la Quinta, cuando el resultado de la guerra era todavía incierto, y la compuso en años de incertidumbre personal, con su salud muy afectada, problemas familiares. y la preocupante sombra de Stalin.

La sinfonía fue muy bien recibida por el público y la crítica, pero no por Zhdanov, quien, hablando por boca del dictador, la calificó de “anormal” y “repelente”, preludiando el famoso segundo decreto que señalaría entre otros a Prokofiev, a Shostakovich, y a Khachaturian, por mostrar “perversiones formales y tendencias antidemocráticas ajenas al pueblo soviético y a sus requerimientos estéticos”, es decir, por explorar y expresar libremente sus emociones como hizo Prokofiev en esta obra.

Con dos movimientos externos rápidos y uno central lento en vez de los cuatro habituales, la Sinfonía nº 6 de Prokofiev tiene la estructura de las sinfonías de la era preclásica. Prokofiev le puso el número 111 de opus, como el de la última y famosa sonata de Beethoven en la que se inspiró para componer su segunda sinfonía, y se dice que pensó en dedicarle esta sinfonía al músico de Bonn.

El primer movimiento es un Allegro moderato [1:06] en forma sonata, en el que llama inmediatamente la atención el contraste entre el amenazante tema de apertura y el lirismo de la melodía que le sigue. Un ambiente trágico y esta alternancia entre marchas sombrías y estridentes por un lado y música melancólica por otro, será el patrón del movimiento, que al no tener tampoco un tono ni un tempo constante, genera una agobiante inquietud.

Algo parecido sucede en el Largo [17:20], en el que, tras un angustioso pasaje iniciado con lo que parece una exclamación de dolor, las cuerdas graves  presentan balsámicamente un bellísimo tema [21:05] que podría pertenecer perfectamente a Romeo y Julieta y que pronto sucumbirá bajo belicosas fanfarrias y tambores [24:11]. Al acabar, en metales y maderas sigue alternando el temor y la esperanza [32:22], aunque llega un momento en que una trompeta con sordina y un oboe, muy quedamente, casi agotados, parecen coincidir en un mismo y complejo sentimiento [33:00]

Pedro y el lobo, clarinete incluido, irrumpen en el Vivace final [33:50], pero los metales que acompañan su alegre carrera nos recuerdan “las heridas que no pueden ser curadas” y la coda [42:16], introducida por una magistral transición en el fagot, recupera la melancolía y la tensión del primer movimiento, hasta llegar a un clímax [44:07] que se inicia angustiado y acaba triunfal, dando paso, tras dos dramáticas pausas, a una cabalgada que concluye brusca e inesperadamente con el mismo ambivalente acorde.

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