Wagner: Preludio y Muerte de Tristán e Isolda

OSCyL, Andrew Gourlay
6 y 7 de Octubre de 2017

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A principios de la década de 1850, Richard Wagner (1813-1883) empezó a leer las obras del filósofo alemán Arthur Schopenhauer (admirado, dicho sea de paso, por Nietzsche). Para Schopenhauer, la música ocupaba un lugar por encima de todas las demás artes, incluyendo la poesía, lo que significaba que relegaba el texto de una ópera a un papel secundario.

Wagner comenzó a mostrar síntomas de su exposición a Schopenhauer a mediados de la década de 1850, y, naturalmente, el más importante proyecto operático del compositor de la década refleja esa influencia. Hasta Tristán e Isolda, nadie había podido imaginar hasta qué punto la música por sí sola podría encarnar el drama. En un largo arco, Wagner pone al desnudo la vida interior de los personajes que dan título a la ópera, mientras su amor, condenado desde su inicio, halla su consumación en la muerte.

El Preludio y Liebestod (Amor-Muerte) incluyen el principio y el final de la ópera. El Preludio se inicia con los violonchelos tocando suavemente cuatro notas. La última nota se desvanece en un extraordinario acorde tocado por oboes, fagotes, y corno inglés. Este acorde, el famoso “acorde Tristán,” suena extraño porque es una disonancia sin resolver, una forma académica de decir que suena como si estuviese llevando a algo. Pero como  Wagner, en este momento, se reserva la resolución, el acorde es, en este momento, un principio sin un fin.

Lo que sigue es un exuberante trabajo orquestal que traza la psicología de la ópera, que a su vez explora la inexplicable y primigenia naturaleza del amor.

El acorde vuelve durante el curso de la ópera, pero sólo se resuelve al acabar la obra, en el extático Liebestod final. (…) Isolda acaba de llegar y de encontrarse a Tristán muerto cuando comienza la Liebestod. El mundo que la rodea se desvanece cuando ella reflexiona sumergiéndose inconscientemente en la dicha suprema y finalmente consuma su amor con Tristán en la muerte. El pasaje lleva a un clímax cuando “ondas de brisas refrescantes” empiezan a envolver a Isolda (en las palabras “Heller schallend, Mich umwallend”) y otra vez mientras se imagina que expira en “la gran ola de la respiración del mundo” (“in des Welt-Atems wehendem All”). Isolda se extingue mientras los vientos, sobre unos luminosos violines, presentan la resolución del acorde del Preludio.

John Mangum, Laphil.com

Cuando Tristán se pone en escena, el Preludio se desvanece llevando, tras un momento de silencio, a la canción del marinero que abre la primera escena; en la sala de conciertos, se le hace seguir a menudo por el “Liebestod” de Isolda que cierra la ópera. Si el preludio representa la pasión ligada a la tierra, la “Muerte de amor” es la transfiguración espiritual. Aquí, Isolda desea hallarse, literalmente, fuera de la existencia; Tristán, su amante ha muerto en sus brazos unos momentos antes. Como en el preludio, la música empieza suavemente y se eleva, casi en un solo aliento, hasta un clímax atronador. E incluso sin la línea vocal, Liebestod hace su trabajo: Al final, la música y el texto, el sonido y el sentimiento, son uno.

Marc Mandel, director de Publicación de programas de la Boston Symphony Orchestra

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