Campeones sin penaltis, la OSCyL y el Romanticismo

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Los pocos aficionados que han optado por el fútbol se han perdido otro triunfo de los de casa, con uno de esos programas románticos que garantizan el éxito a poco que sea bien interpretado. Y la OSCyL ha estado a su altura, salvando el mal primer tercio del Don Juan de Strauss, que, tras un magnífico arranque ha entrado en una fase de más ruido que música hasta que con el precioso lirismo del oboe de Sebastián Gimeno, corroborado por una gran intervención de las trompas, ha vuelto al buen camino. Luego, Andrew Gourlay, sustituto de Krivine en su segunda intervención en esta temporada en la que se estrenado como titular, se ha encargado de que las cuerdas sirvieran como se merece la bellísima Escena de amor del Romeo y Julieta de Berlioz, que ha impactado al Auditorio y habrá hecho preguntar a más de uno por las razones para que se programe tan poco, aquí una sóla vez y hace ya diez años.

En la segunda parte, la mucho más habitual Quinta de Tchaikovsky ha vuelto a hacer su trabajo gracias a una cuidada y espectacular interpretación en la que debe destacarse la estupenda trompa del segundo movimiento, especialmente porque el solista no ha sido José Miguel Asensi, que ya no sorprendería a nadie, sino José Luis Sogorb. Pero todos los metales y toda la orquesta han sonado magníficamente desde la primera nota hasta el triunfal final, tras el que, naturalmente no ha hecho falta prórroga, aunque nadie la hubiese lamentado.

Tampoco se hubiese lamentado que en los conciertos se pudieran mostrar tarjetas rojas. Hoy la hubiese merecido una variedad especialmente atrevida de aplaudidor precoz que, además de venir disfrazado de poético intelectual,  ha querido demostrar su sapiencia musical e impresionar también así al Auditorio (o, más probablemente, a la rubia que le acompañaba) precipitándose a aplaudir cuando ha sonado la penúltima nota del Don Juan, ignorando que el silencio también es música. Y, sin el menor rubor, se ha quedado palmeando él solito unos largos segundos, sin que el público le siguiera hasta que el director ha bajado los brazos, que es cuando acaba la obra, y no antes. También ha sido el primero y precoz tras la Escena de amor, pero en la segunda parte ha desaparecido del mapa. Quizás le han advertido y se ha autoexpulsado.

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