Shostakovich: Sinfonía nº 8

OSCyL, Vasily Petrenko.
28 y 30 de Abril de 2016

Stalingrado

Después de las triunfantes páginas finales de la Sinfonía Leningrado con sus recuerdos de tiempos mejores y con un futuro aún por llegar, la Octava Sinfonía de Shostakovich pinta un cuadro de completa desesperación. Esta vez no hay esperanza en el horizonte y la música presenta un universo de sufrimiento y desaliento mezclado solamente con ese sentido de lo grotesco que se había hecho característico del estilo del compositor desde sus primeros días de inspiración futurista, unas veces evocando el vaudeville o el circo, otras, la amarga crítica de los tiempos o la danza de la muerte que se encuentra hacia el final de esta sinfonía.

La Octava Sinfonía se sitúa en el centro de un tríptico de sinfonías de guerra que había empezado en 1941 con la Sinfonía “Leningrado” y que concluiría con la bastante problemática Novena. Los críticos soviéticos, tras su inicial desaprobación de la Novena Sinfonía, tendieron a considerar las tres sinfonías como representativas de un pueblo determinado a unirse en defensa de su patria, un retrato de la absoluta tragedia y amargura de la guerra y de la gozosa afirmación de una nueva vida tras la victoria, a pesar de lo simplista de este programa.  Posteriormente, otros críticos buscaron algo más en las sinfonías y Solomon Volkov y sus seguidores  encontraron en ellas una referencia a los acontecimientos de la preguerra y a los sufrimientos del pueblo ruso, tanto bajo el terror de Stalin como por la invasión nazi.

De igual forma que la Séptima Sinfonía se había reconocido como un tributo a la ciudad y al sitio de Leningrado, la Octava que la siguió solo un año después fue vista entonces como un tributo a la ciudad y al sitio de Stalingrado. No hay ninguna referencia directa a un programa relativo a esos acontecimientos en ninguna de las dos sinfonías, y el subtítulo de “Stalingrado” viene probablemente de la suerte de la ciudad en la momento de su composición, una asociación que acabó por caerle encima. No fue hasta Noviembre de 1943 que se estrenó en Moscú la Octava Sinfonía bajo la batuta del legendario director soviético Yevgenni Mravinsky a quien estaba dedicada, viajando luego a los Estados Unidos con Artur Rodzinski, tras lo que tendió a ser olvidada hasta que fue tomada de nuevo y revivida por directores como Mravinsky, Kondrashin y Rudolf Kempe.

La Octava Sinfonía está dividida en cinco movimientos, como su sucesora, aunque es posible verla como una más convencional en cuatro movimientos si los dos Scherzos se ven como un movimiento en dos partes del mismo carácter. Además, los tres movimientos finales se interpretan sin interrupciones. Como en la Sexta Sinfonía, el movimiento de apertura es un largo e intenso Adagio, reflejando la estructura y también la atmósfera de las dos últimas sinfonías de Mahler. 

El Adagio empieza en la tonalidad general de Do menor y combina las funciones de un movimiento lento con la forma sonata, derivando sólo una vez a un Allegro a medio camino de su considerable longitud. El carácter de la Quinta Sinfonía se carga aún más aquí de emoción y de una combinación de desespero y brutalidad en su sección central.

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Pese a los esfuerzos de algunos críticos soviéticos por encontrar algún espíritu reconfortante, esta es una música que ofrece muy poco o nada en el campo de la esperanza.

Los dos siguientes movimientos son ambos un Scherzo aunque en ellos no hay nada del habitual aspecto bromista de ese título. El Allegretto en Re bemol mayor es una grotesca procesión con mucho uso de la percusión, particularmente del tambor. La música quizás retrata la pompa de marchas militares como las que podían verse en los noticieros de la época, y se halla interrumpida por secciones solistas de las maderas.

El siguiente movimiento vuelve a la tonalidad menor del Mi y hace uso de un automático, de nuevo casi futurista, ritmo de Toccata. Esto empieza con las violas en un perpetuum mobile ostinato, interrumpido por sordos golpes, breves chillidos y una fanfarria de trompeta.

El ambiente es irreal, de pesadilla, una descripción de los incesantes horrores de la guerra y las masivas matanzas, y lleva de forma imparable a un enorme clímax de toda la orquesta.

Esta pavorosa visión conduce sin interrupción al Largo en Do sostenido menor, una Passacaglia basada en el segundo tema del primer movimiento, repetida doce veces en los contrabajos.

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aunque conteniendo todavía ecos de la violencia precedente. La tensión aumenta y se llega a un clímax evocador del Largo de la apertura, tras el que se vuelve a un inquietante retorno del  ambiente pastoral, quizás aquí incluso una danza de la misma muerte, antes de que las armonías alcancen los registros más aguydos de los violines y la obra concluya pacíficamente pero contra un misterioso motivo de tres notas en los contrabajos.

Dr. David Doughty

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Los audios pertenecen a la grabación de la WDR Sinfonieorchester con Rudolf Barshai.

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