Beethoven: Sinfonía nº 4

OSCyL, Daniel Stabrawa.
15 y 16 de Abril de 2016
Franz von Oppersdorff, conde amigo del principal patrón de Beethoven, el príncipe Lichnowsky, que encargo a Beethoven sus Cuarta y Quinta Sinfonías

Conde Franz von Oppersdorff (amigo del principal patrón de Beethoven, el príncipe Lichnowsky) que encargó sus Cuarta y Quinta Sinfonías

Generaciones de melómanos han descrito -y a menudo menospreciado- las sinfonías pares de Beethoven como líricas y distendidas en comparación con sus valientes y vitales compañeras impares. La cuarta, en Si bemol mayor, ha sufrido esa suerte quizá más que ninguna otra. No mucho después de la muerte de Beethoven, Robert Schumann la calificó de “esbelta doncella griega entre dos gigantes nórdicos”, y, a finales del siglo XIX, George Grove –el Grove del célebre Diccionario de la música y los músicos- comentó que esta sinfonía “es un contraste total tanto con su predecesora como con su sucesora, y es tan alegre y espontánea como las otras graves y sublimes.” Grove pensaba que esa era la razón de que todavía no se le “hubiera hecho justicia por el público.” Y como podría haber predicho Grove, en nuestro propio tiempo se programa bastante menos que la Tercera y la Quinta. Schumann fue quizás el primer músico en alertarnos para que no dejásemos pasar por alto las especiales cualidades de la Cuarta:

No ilustréis su genio solo con la Novena Sinfonía, por muy grande que sea su audacia y su alcance, jamás pronunciados en lengua alguna. ¡Podéis hacerlo también con su Primera Sinfonía, o con esa esbelta griega en Si bemol mayor!

Beethoven empezó sinfonía en Si bemol mayor en el verano de 1806, cuando se retiró a la casa de campo del príncipe Carl von Lichnowsky, uno de los más fervientes de los primeros admiradores del compositor. Esta partitura, así como el Cuarto concierto para piano y el Concierto para violín, todos acabados a finales de 1806, interrumpieron el trabajo en su Quinta sinfonía. Estas tres obras, a menudo consideradas como inesperadamente amplias y relajadas , sugieren que Beethoven estaba recuperando el aliento antes de volver a las heroicas y titánicas luchas de la Quinta Sinfonía. Pero no marcan un cambio de dirección; de hecho, las ideas para el Concierto para violín y la Quinta Sinfonía coexisten en sus cuadernos de notas.

Tan sólo hay que escuchar las primeras páginas de la Cuarta Sinfonía para darse cuenta de que fue escrita mientras Beethoven trabajaba en la Quinta, y que es, de hecho, más su compañera que su antítesis. Beethoven empieza con una lenta introducción profundamente oscura y misteriosa, no en Si bemol mayor, como anuncia la clave de la sinfonía, sino en Si bemol menor. Y, al igual que la apertura de la quinta sinfonía, empieza con una serie de terceras descendentes. Beethoven es inusualmente tacaño con las notas y no se decide a ponerse en movimiento -la sobriedad de este pasaje provocó el desprecio de Weber- y la primera impresión es que la sinfonía se atasca yendo a cámara lenta, lo que hace tanto más sorprendente la repentina llegada de música vivaz y en la clave “correcta”

El Allegro vivace está lleno de actividad y de inesperados contrastes dinámicos; es lúdico e ingenioso, pero también dramático. Al acercarse la recapitulación, Beethoven desciende súbitamente a un pianissimo [8:02] y convence a la música para que vuelva a la vida por encima del ominoso redoble de los timbales [8:45]. Este movimiento puede ser menos grave y elevado, para usar las palabras de Grove, que su correspondiente en la Quinta, y sin duda tiene un tono más ligero, pero está lejos de ser un peso ligero. En cuanto a economía y estrecha trabazón de su energía, cada bit es el igual de su más conocida contrapartida.

El segundo movimiento es una elegante y efusiva canción -la indicación “cantabile” es especialmente apropiada- a la que hace particularmente memorable un inquieto e insistente acompañamiento que se niega a permanecer calladamente en segundo plano. A Schumann, uno de los primeros grandes admiradores de la sinfonía, el efecto le pareció inesperadamente humorístico, “un verdadero Falstaff, en particular cuando se produce en los bajos o en los timbales.” [5:30]

Por primera vez en su carrera, Beethoven agranda la planta del tercer movimiento a fin de poder repetir el trío [1:53] dos veces [3:50]. Siempre económico, luego abrevia la subsiguiente tercera aparición del scherzo con una peculiar respuesta de las trompas [5:17]

El final es un brillante ejercicio de movimiento y contraste digno del sencillo humor y buen ánimo de Haydn. No es ni espectacular ni heroico, y no llama la atención hacia sí mismo como alguno de los más famosos episodios finales de Beethoven, pero lleva a esta sinfonía a una conclusión perfecta.

Phillip Huscher. Notas de un programa de la Orquesta Sinfónica de Chicago.

Royal Concergebouw Orchestra. Carlos Kleiber.

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