Bruckner: Sinfonía nº 2

OSCyL, Christian Zacharias
7 y 8 de Abril de 2016

En septiembre de 1873, Anton Bruckner, cerca de los cincuenta y escasamente conocido como compositor, se armó de valor y se fue a Bayreuth para mostrar sus más recientes sinfonías a Wagner; la Segunda completa y lista para interpretarse, la Tercera aún sin terminar. Fue un paso poco habitual en un compositor inherentemente inseguro, especialmente porque Wagner no había respondido a la carta de presentación de Bruckner. Pero Bruckner idolatraba Wagner más allá de la razón, y así, como un incapaz admirador, se presentó sin previo aviso en la puerta de Wagner.

Bruckner no descubrió la música de Wagner hasta que tuvo casi cuarenta años; este fue el punto de inflexión en su vida -coronado por una representación de Tannhäuser en Linz, en febrero de 1863- y Bruckner emergió tan cambiado que, a una edad en la que otros compositores han dejado ya su huella, Bruckner encontró por primera vez su voz. Cuando se conocieron en 1865, en el estreno de Tristán e Isolda, Bruckner estaba demasiado impresionado como para mostrar a Wagner el progreso de su Primera Sinfonía. Cuando Bruckner llegó a Bayreuth en 1873, conocía casi todo lo que el gran maestro había escrito; Wagner no había visto nunca ni una sola nota de la música de Bruckner.

Y así, Bruckner le mostró su Segunda y Tercera Sinfonía. Bruckner recordó más tarde que Wagner estudió la partitura de la Segunda y dijo: “Muy agradable”, pero que la expansiva Tercera Sinfonía, todavía por acabar, fue aún más de su gusto. Alentado por la atención y el elogio de Wagner, Bruckner le preguntó si podía dedicarle esa obra. Finalmente Wagner aceptó.

El tiempo que pasaron juntos esa tarde marcó un punto alto en la vida de Bruckner; para Wagner fue poco más que otra tediosa intrusión en su privacidad. Pero Bruckner probablemente ni se dio cuenta. (Fue un pésimo juez de situaciones sociales durante toda su vida, e incluso después de tener una cierta celebridad en Viena, aparecía llevando la ropa equivocada y diciendo todas las cosas inapropiadas, claramente inconsciente de que la gente se reía a sus espaldas.) De hecho, Bruckner se sintió tan abrumado viendo a Wagner hojear su música que al día siguiente ni siquiera podía recordar cuál de las dos sinfonías le había gustado más a Wagner, y tuvo que escribirle una nota preguntándoselo, a la que Wagner respondió educadamente confirmando que era el tercero, el del tema de la trompeta.

Bruckner volvió a Viena lleno de la confianza y el puro gozo que rara vez sentiría de nuevo, profesional o personalmente. La Segunda Sinfonía, la que Wagner encontró muy agradable, pero no tan audaz como la Tercera, fue interpretada por primera vez el mes siguiente por la Filarmónica de Viena, con una cálida recepción tanto por parte de la audiencia como de los miembros de la orquesta -una especie de milagro teniendo en cuenta que la misma orquesta, en un ensayo un año atrás, había rechazado esa sinfonía por “tontería”, y había devuelto la partitura a Bruckner, alegando que era “imposible de tocar.” Los músicos se habían reído de la forma en que la música era interrumpida continuamente por silencios, como grandes boquetes en la partitura; la llamaban Pausensymphonie, Sinfonía de pausas. (Bruckner fue insensible a esas críticas, y más adelante dijo que “Siempre que tengo algo nuevo e importante que decir, primero debo parar y tomarme un respiro” señalando que Beethoven hizo una pausa justo al inicio de su quinta Sinfonía.) Bruckner finalmente logró que interpretasen la partitura obteniendo fondos del príncipe Johann Liechstenstein, comprando así su tiempo, y al final, también, su simpatía. Los críticas también fueron alentadores; uno de ellos, Ludwig Speidel del Fremdenblatt, escribió: “Con esta sinfonía se presenta un compositor al que sus enemigos no son dignos de atarle los cordones de los zapatos.”

El triunfo de Bruckner duró poco. Al día siguiente del estreno, escribió una carta de agradecimiento a los miembros de la orquesta y se ofreció a dedicarles la sinfonía a ellos. No hubo respuesta. (Años más tarde ofrecería el mismo honor a Liszt, que había elogiado esta sinfonía. Aunque Liszt aceptó formalmente, se olvidó la partitura en la habitación de un hotel que dejó con prisas. Cuando Bruckner lo supo, se sintió profundamente ofendido y retiró la oferta. Como resultado, esta es la única sinfonía de Bruckner sin dedicatoria) Si su confianza en sí mismo no resultó ya dañada, no hay duda de que el consejo de su querido amigo, el director Johann Herbeck, sugiriendo una revisión a fondo de la sinfonía, acabó el trabajo.

Siempre ha intrigado a los músicos que las convicciones de Bruckner cedieran cada vez que colegas y críticos cuestionaban su trabajo: ¿No estaba seguro de su propio talento? ¿Temía a la autoridad?. La consecuencia fue que nos dejó una maraña de diferentes versiones de la mayoría de sus obras más importantes –de las nueve sinfonías, se han publicado alrededor de treinta partituras- y un creciente debate sobre cuáles prefería Bruckner. La revisión que Bruckner emprendió tras el estreno de su Segunda Sinfonía, diseñado y supervisado por Herbeck, abrió un nuevo y difícil capítulo en la carrera de Bruckner. Al principio, este proceso fue más perjudicial para la frágil autoestima de Bruckner que para la música en sí, aunque en años posteriores, también ésta se afectó. Desde la Segunda Sinfonía en adelante, cada sinfonía era sometida a una selección nada más ser acabada, tarea en la que Herbeck fue pronto sucedido por dos de los alumnos más entusiastas de Bruckner, Franz Schalk y Ferdinand Löwe, y más tarde por el hermano de Franz, Josef. Desde entonces, Bruckner rara vez confió en sus propios instintos.

Herbeck era bueno –con sentido y muy musical- aunque debe cuestionarse su decisión de agregar un final a la Sinfonía Inacabada de Schubert cuando dirigió el estreno en 1865- y estaba ciertamente menos interesado en sí mismo que Lowe y los hermanos Schalk que pronto habrían de heredar su papel. Sin embargo, convenció a Bruckner para hacer varios cambios sustanciales que un compositor con un espinazo más fuerte nunca habría aprobado: Cortes en el primer, segundo y cuarto movimientos; eliminación de las repeticiones tanto en el scherzo como en el trío, y una serie de detalles más, incluyendo la sustitución del clarinete por la trompa en la coda del movimiento lento. Bruckner se dejó arrastrar; incluso empezó a referirse a su sinfonía, en su forma original, como “el viejo arreglo”. Tal vez Bruckner se dio cuenta de que los cambios recomendados por Herbeck podrían ayudar a su obra a encontrar oyentes más benévolos, que esa era su intención. Pero lo que Herbeck quizás no entendió es que, con esta sinfonía, Bruckner había empezado a explorar un nuevo territorio, y que se trataba de un paisaje tan singular y audaz que no iba a ser comprendido fácilmente, ni siquiera por músicos experimentados.

La apertura de la segunda Sinfonía es la primera materialización de un método que Bruckner usaría una y otra vez: Un tema que emerge en la neblina, destinado a superar a toda la orquesta. Aquí son los violonchelos altos los que cantan, las trompas les hacen eco (0:19), y la música irrumpe rápidamente con energía. Justo antes del segundo tema (2:02), una amable melodía interpretada también por los violonchelos, la música se detiene por completo, la primera de las Pausen que irritó a los intérpretes vieneses. Muchas fueron eliminadas posteriormente. La música avanza de una manera que hoy conocemos como Bruckneriana, a veces obstinadamente repetitiva, a menudo yuxtaponiendo brillantes clímax con repentinos pasajes tranquilos, o amenazando con paralizarse por completo. No es el modo en que lo hace la mayoría de la música, como los detractores de Bruckner no tardaron en señalar, pero es el modo de Bruckner, y con el tiempo los oyentes empezaron a entender lo que significaba, y a ajustar consecuentemente sus expectativas. La música de Bruckner se desarrolla lentamente, incluso cuando hay una bulliciosa actividad: Y es una sensación que el público del siglo XIX encontró desconcertante en una sinfonía, y para que los oyentes de hoy en día, sentados tranquilamente por primera vez al finalizar un día agitado, a veces no están preparados.

El vasto movimiento lento (16:38) es magnífico y tranquilo, aunque repleto de ideas urgentes. Una y otra vez, Bruckner sube a la cumbre sólo para tener una mejor vista del pico que tiene delante. El clímax central (22:00) es enorme, pero muy calmado. Cerca del final, las cuerdas tocan el Benedictus de la misa en Fa menor de Bruckner (29:55). El tercer movimiento (32:26), un baile para gran orquesta, fortissimo, nos baja rápidamente a la tierra. El trío central (34:12), una especie de ländler tocado al mismo tempo, se halla encantadoramente orquestado para relucientes cuerdas y vientos -la trompa tiene también algunas importantes líneas- y parece venir de un mundo diferente. El final (38:24) se eleva frenéticamente hasta una explosión (39:18), sólo para caer de nuevo y volver a intentarlo. Posteriores tentativas se alzan y son recibidas por el silencio, o, en el centro del movimiento, por música de una quietud absorta (42:15). La forma es propia de Bruckner, aunque conserva obvios residuos de Sonata y Rondo. Hay una gran y sonora coda teatralmente desencadenada por el susurrante Kyrie de la Misa en Fa menor, cantado aquí por el coro de cuerdas (49:33), e interrumpida por profundos boquetes de silencio y por una imagen fugaz de la apertura de la sinfonía (51:29).

Phillip Huscher. Notas de programa de la Chicago Symphony Orchesta
Stuttgart Radio Symphony Orchestra. Georg Solti.

-♦-

1 comentario

Puedes dejar tu comentario aquí:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s