Adams: Harmonielehre

Orquesta Nacional de España, Maxim Emelyanychev.
25 y 26 de Febrero de 2016

John Adams

No se llama sinfonía, pero la obra de Adams de 1985 es uno de los más significativos y sofisticados ejemplos del final del siglo XX de esa forma musical.

¡Ni siquiera es una sinfonía, te oigo gruñir! Bueno, tal vez, pero Harmonielehre de John Adams es, como voy a tratar de argumentar ahora, uno de los ejemplos más importantes y sofisticados de las materializaciones del pensamiento sinfónico de finales del siglo 20. Para empezar, está estructurada en tres grandes movimientos, incluye referencias y reimaginaciones de Mahler, Sibelius, y Wagner, y a pesar de la diversidad de su mundo sonoro y su material musical, en sus 40 minutos crea un solo arco musical y dramático que es definitivamente sinfónico. ¡Y sólo porque algo no se llame “sinfonía” no quiere decir que no lo sea!

El título de Adams viene del gran libro de texto de armonía de Schoenberg, un volúmen musical esencial que da las claves, no de una teoría de composición-con-12-tonos (el serialismo de Schoenberg, en otras palabras), sino de la práctica armónica tonal desde Palestrina hasta Bruckner. En cierto modo, es un libro que demuestra positivamente una de las máximas de Schoenberg: que todavía hay por escribir un montón de buena música en Do mayor. La pieza de Adams es un intento de hacer precisamente eso (bueno, en mi menor y mi bemol mayor…), y así como hay pasajes que son claras canciones de amor al sinfónico y wagneriano romanticismo tardío, su Harmonielehre (“Estudio de Armonía”, compuesto en 1985, cuando Adams se acercaba a los 40 años de edad), está lleno de sueños surrealistas y ritmos post-minimalistas, de brillo y de energía.

Empieza con un ariete de acordes en mi menor. Aunque, en realidad, esa imagen del ariete no es del todo buena: Las 39 repeticiones de mi menor al inicio de Harmonielehre se inspiraron en el sueño que tuvo Adams de un enorme petrolero en la Bahía de San Francisco. Viendo ese monstruo marítimo, Adams soñó que de repente despegaba “como un cohete con una enorme fuerza de levitación”. A la mañana siguiente, Adams concibió la apertura de la pieza, el propulsor explosivo de su propio cohete sinfónico, un encargo de la Sinfónica de San Francisco para una obra de envergadura.

I. Primer movimiento

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Hasta ese sueño, Adams estaba sufriendo la agonía del bloqueo del escritor, una experiencia traumática que el lento segundo movimiento, La herida de Anfortas, evoca y trasciende: Adams hace claras referencias a la emocionalmente sombría apertura de la cuarta sinfonía de Sibelius en el inicio de ese movimiento,

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y su clímax es una reescritura del aterrador acorde que grita de dolor en el Adagio de la décima Sinfonía de Mahler.

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II. La herida de Anfortas

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Hubieron otros dos catalizadores de la composición de Harmonielehre. Hubo otro sueño, el de la pequeña hija de Adams [apodada Quackie] viajando alrededor del cosmos a lomos de un volador teólogo medieval, el Maestro Eckhardt, que inspiró la etérea música que abre el tercer movimiento [El maestro Eckhardt y Quackie”].

 

El otro fue la epifanía de la relación de Adams con el romanticismo tardío, y especialmente con Wagner. En el contexto de la Costa Oeste de América alrededor de 1980, Wagner estaba absolutamente fuera de onda. La reputación de Adams como joven compositor se basaba en el hecho de que había tomado el ejemplo de Steve Reich y Philip Glass como inspiración para su propia resucitación de la tonalidad, algo muy notorio en el caso de Shaker Loops y la extática escritura coral de Harmonium. Pero la perspectiva de un lienzo adecuadamente sinfónico en el que trabajar, presentaba un nuevo reto: Para Adams, nunca bastaba simplemente con “repetir el tema / Repetir y repetir de nuevo, como los pasos aumentan”, según el texto de William Carlos Williams para The Desert Music de Reich. Lo que Adams quería en su música era algo de lo que había escuchado en Götterdämmerung de Wagner: “Las armonías, la inquietud, y siempre migrando a un nuevo centro tonal, moviéndose entre la tensión y la resolución de una extraña manera que constantemente propulsa al oyente hacia adelante … Esto no era sólo música sobre el deseo. Era el deseo en sí. El poder emocional y sensual que poseía era ineludible”.

Lograr eso en Harmonielehre significaba, para Adams, imitar el estilo y las formas de la música del último romanticismo y no sólo por medio de cuasi-citas. Escucha ahora el dolorosamente expresivo lírico tema del centro del primer movimiento, que al margen de la filigrana post-minimalista de parte de su decoración orquestal, suena como un tema entresacado de Mahler o de Zemlinsky o de la producción romántica de Schoenberg, alrededor del 1900.

Pero la atmósfera de las relaciones de la música con estas tradiciones anteriores no es nunca fría, indiferente o distanciada. Como Adams mismo dice, “Esta es una obra que mira al pasado desde lo que sospecho es un espíritu ‘posmoderno’, pero… lo hace sin la menor ironía.” Adams quiere que Harmonielehre se sienta como genuinamente emocional, genuinamente emotiva, genuinamente sinfónica. Y a través de todo el arte -el artificio, si se quiere- de su composición, creo que lo logra: Si conoces el Sibelius y el Mahler que cita, el movimiento lento te proporcionará más que atisbos de reconocimiento, pero no lo necesitas para sentir el poder expresivo de la música.

Lo mismo sucede al final de la obra, en la que Adams escenifica una batalla épica entre las claves principales de la obra. Con sus palabras, “en una pieza resuelta de forma más tradicional, habría una secuencia moduladora que presentase los resultados en una forma más bien dialéctica. Pero en este caso, simplemente coloqué las claves juntas, como en una batidora, y dejé que se enfrentasen. Y finalmente, gana el mi bemol por su fuerza, y este momento parece como una epifanía.”

III. El maestro Eckhardt y Quackie

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¿Es la epifanía de Adams, o también la tuya con el sinfonismo del siglo XX.? Tú decides.

Symphony guide. The Guardian.

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