Emelyanychev debió mostrar la partitura de Adams

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El jovencísimo director recogió del atril la partitura de Adams, y cuando parecía que iba a mostrarla para que recibiese los aplausos del público, abandonó con ella la sala. Pero seremos muchos los que no recordaremos esa velada por su apellido sino por el del autor de esa tremenda y fascinante Harmoniehlere que nos tuvo clavados a las butacas del Delibes. Su belleza y su fuerza contrastaron de modo casi cruel con el Concierto para piano de Tchaikovsky que en la primera parte había interpretado Saleem Ashkar sin lograr transmitir mayores emociones, algo de lo que puede culparse a su disperso primer movimiento, pero también a una interpretación muy poco delicada del Andante, tanto por parte suya como de la orquesta. Mejor en el arrebatador movimiento final, el pianista correspondió a los grandes aplausos con una efectista y más lenta que auténticamente sensible lectura de la primera de las Escenas de niños de Schumann.

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Adams: Harmonielehre

Orquesta Nacional de España, Maxim Emelyanychev.
25 y 26 de Febrero de 2016

John Adams

No se llama sinfonía, pero la obra de Adams de 1985 es uno de los más significativos y sofisticados ejemplos del final del siglo XX de esa forma musical.

¡Ni siquiera es una sinfonía, te oigo gruñir! Bueno, tal vez, pero Harmonielehre de John Adams es, como voy a tratar de argumentar ahora, uno de los ejemplos más importantes y sofisticados de las materializaciones del pensamiento sinfónico de finales del siglo 20. Para empezar, está estructurada en tres grandes movimientos, incluye referencias y reimaginaciones de Mahler, Sibelius, y Wagner, y a pesar de la diversidad de su mundo sonoro y su material musical, en sus 40 minutos crea un solo arco musical y dramático que es definitivamente sinfónico. ¡Y sólo porque algo no se llame “sinfonía” no quiere decir que no lo sea!

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Tchaikovsky: Concierto para piano y orquesta nº 1

Saleem Ashkar. Orquesta Nacional de España, Maxim Emelyanychev.
25 y 26 de Febrero de 2016

Portrait of composer piotr ilyich tchaikovsky in 1863. (Photo by: Sovfoto/UIG via Getty Images)

Aunque Tchaikovsky era ya un consumado compositor (había escrito ya sus dos primeras sinfonías, un cuarteto de cuerda y dos poemas sinfónicos notables, obras todas exitosas y perdurables), todavía buscaba la aprobación de mentores como Balakirev y Nicolás Rubinstein. En la Nochevieja de 1874, tocó el concierto para Rubinstein (el solista previsto) en un aula vacía. Rubinstein reaccionó con una cascada de descalificaciones, hecha famosa por el propio recuerdo de Tchaikovsky, que abandonó la sala desesperado. Al cabo de un rato, Rubinstein le fue a buscar y le detalló una lista de cambios que debía hacer en un tiempo determinado si quería que lo interpretase él. A lo que Tchaikovsky respondió, según dejó escrito él mismo: “No voy a cambiar una sola nota, y voy a publicar el concierto tal como está ahora.” Y siguió en sus recuerdos: “Y eso es lo que hice.” (*) Bueno, no del todo. Aunque realmente no hizo cambios sustanciales, sometió el concierto a cambios menores antes de imprimirlo, como sucede con la mayoría de las composiciones. El estreno recayó en Hans von Bülow, quien lo tocó por primera vez en Boston, el 15 de octubre de 1875. El público se quedó extasiado y exigió una repetición de todo el movimiento final. Von Bülow volvió a traer el concierto a Europa, donde se incorporó rápidamente al repertorio de otros grandes pianistas; incluso Rubinstein empezó a interpretarlo en 1878. Desde entonces, ha sido un gigantesco éxito, prácticamente el epítome del concierto para piano romántico.

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Pinchas Zukerman hace honor a su leyenda y honra a la OSCyL con Brahms

OSCYL-PROGRAMA-09-15-16

Con un cantarín y delicioso violín en el Doble Concierto y una dirección vigorosa y cuidada de la Cuarta Sinfonía de Brahms, el viejo Pinchas Zukerman ha deslumbrado al público en su presentación en Valladolid. Viejo por conocido y por sabio, porque, por otra cosa, es el último calificativo que se puede aplicar a quien, cercano ya a los setenta, sigue teniendo la vitalidad de aquel joven que en los años setenta era ya un violinista indiscutible. Ha tocado como deben hacerlo los ángeles y ha dirigido con el conocimiento, entrega y atención que ponen los mejores profesionales, sorprendiendo a los que podíamos pensar que, siendo su segunda actividad, no iba a ser tan brillante. O que, a estas alturas, venía a cumplir con un trámite. Y de eso nada.

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