Emelyanychev debió mostrar la partitura de Adams

OSCYL-PROGRAMA-10-15-16

El jovencísimo director recogió del atril la partitura de Adams, y cuando parecía que iba a mostrarla para que recibiese los aplausos del público, abandonó con ella la sala. Pero seremos muchos los que no recordaremos esa velada por su apellido sino por el del autor de esa tremenda y fascinante Harmoniehlere que nos tuvo clavados a las butacas del Delibes. Su belleza y su fuerza contrastaron de modo casi cruel con el Concierto para piano de Tchaikovsky que en la primera parte había interpretado Saleem Ashkar sin lograr transmitir mayores emociones, algo de lo que puede culparse a su disperso primer movimiento, pero también a una interpretación muy poco delicada del Andante, tanto por parte suya como de la orquesta. Mejor en el arrebatador movimiento final, el pianista correspondió a los grandes aplausos con una efectista y más lenta que auténticamente sensible lectura de la primera de las Escenas de niños de Schumann.

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Adams: Harmonielehre

Orquesta Nacional de España, Maxim Emelyanychev.
25 y 26 de Febrero de 2016

John Adams

No se llama sinfonía, pero la obra de Adams de 1985 es uno de los más significativos y sofisticados ejemplos del final del siglo XX de esa forma musical.

¡Ni siquiera es una sinfonía, te oigo gruñir! Bueno, tal vez, pero Harmonielehre de John Adams es, como voy a tratar de argumentar ahora, uno de los ejemplos más importantes y sofisticados de las materializaciones del pensamiento sinfónico de finales del siglo 20. Para empezar, está estructurada en tres grandes movimientos, incluye referencias y reimaginaciones de Mahler, Sibelius, y Wagner, y a pesar de la diversidad de su mundo sonoro y su material musical, en sus 40 minutos crea un solo arco musical y dramático que es definitivamente sinfónico. ¡Y sólo porque algo no se llame “sinfonía” no quiere decir que no lo sea!

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