Ray Chen, Till Eulenspiegel y Richard Strauss,tres ases en el Delibes

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En contra de Ray Chen solo juegan los temores que pueda suscitar su vertiente mediática. Pero todo se olvida cuando se escuchan en el poderoso sonido de su violín las primeras notas del concierto de Sibelius, y al acabar el primer movimiento nadie puede dudar de que se trata de un músico muy serio, técnicamente prodigioso pero capaz de tocar también con enorme fuerza y sentimiento y de mostrar la casi misteriosa capacidad expresiva de un instrumento que suena a la vez dulce y amargo. Y además, toca con el Stradivarius de Joachim, el amigo de Brahms, lo que añade un extra de emoción a una media hora inolvidable que el público del Delibes agradece con grandes ovaciones. Dos propinas, el Capricho 21 de Paganini, obra de y para virtuosos que Chen interpreta, como si la cantara, con enorme naturalidad, y la Gavotte en rondeau de Bach en una versión muy lírica y apasionada, deliciosa. A nadie le hubiese importado seguir el resto de la sesión con él.

Joana Carneiro se ha presentado como una directora vigorosa y entregada, pero poco amable para el espectador a causa de una gesticulación muy excesiva que, en vez de guiarlo también a él, lo distrae. Y, tampoco ayudaba su gran y negra vestidura talar. Con Sibelius, ha hecho sonar las cuerdas de la OSCyL con una elegancia y belleza espectacular. Pero, además de una entrada muy intrusiva de las maderas nada más empezar, ha habido algunos momentos en que el concierto de Sibelius parecía tener dificultades para progresar. Luego, en la segunda parte, ha obtenido de la OSCyL un superlativo Till Eulenspiegel, una obra que podría servir perfectamente de tarjeta de presentación de la orquesta, que, satisfaciendo la intención de Strauss, nos ha hecho pasar unos minutos divertidísimos con las travesuras de ese entrañable personaje.

Mejorable la maravillosa Suite de El caballero de la rosa, especialmente por unos primeros minutos caóticos. Falta de voluptosidad en la presentación de La Mariscala, muy poca magia en la presentación de la rosa. Las cosas han empezado a ir bien al final de esa escena, y el irresistible vals ha sido eso, irresistible, igual que el emocionantísimo trío y el vals final, al que también se le podía pedir más mordiente y un juego de volúmenes más cuidado. Pero la obra es una auténtica barbaridad, los aplausos han sido muy abundantes y más de uno habrá vuelto a casa, como yo, proponiéndose volver a escuchar la prodigiosa ópera de Strauss, el otro triunfador de la noche, con Ray Chen y el querido Till Eulenspiegel.

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