Prohaska triunfa en Valladolid, a pesar de mis pesares

D-ANTIGUA-3

Un enfervorizado público, y el de Valladolid suele ser comedido, arrancó una propina cuando los músicos ya se habían retirado. Y El duo Fear No Danger To Ensue del Dido y Eneas de Purcell, que Anna Prohaska presentó explicando que la segunda soprano sería la flauta de Antonini, me pilló en la última fila de la sala de cámara del Delibes. Donde, a pesar de su magnífica acústica, se hizo aún más patente que la potencia no es una de las virtudes de una cantante que, cuestión de gustos, tampoco me pareció a la altura de la fama que tan rápidamente ha logrado alcanzar, quizás porque esa es una limitación fácilmente superable en las grabaciones. Técnicamente irreprochable, anoche me resultó monótona, dramáticamente plana, e incapaz de transmitir la emoción que en cambio llegaba con los instrumentos del esplendoroso jardín armónico de Antonini, con una sensacional interpretación del Concerto grosso op. VI nº 8  de Handel cuya Allemande, con los compases finales del Lamento de Dido fueron para mí lo mejor del concierto y de muchos conciertos. Il Giardino eran anoche ocho violines, dos violas, dos violoncelos, un contrabajo, un fagot, una tiorba, un clavicémbalo y las flautas de Antonini. E hicieron honor a su nombre, un jardín en el que uno puede deleitarse atendiendo una por una a cada flor o dejarse envolver por el armónico y precioso conjunto. Destacar también su acompañamiento del Quando voglio de Sartorio, una preciosa Sonata a cuatro de Castello, y la Passacaglia de Rossi, con unas escalas descendentes perfectas para introducir el Lamento de Dido, que la tiorba interpretó de forma muy sentida.

Antonini había sorprendido enlazando las primeras piezas por medio de unos compases de la tiorba, dejando claro que no quería más interrupciones que las que él mismo marcase: Ninguna en la primera parte y sólo dos en la segunda, tras su fantástico Handel y el de Prohaska, el Sé pieta de Giulio Cesare (que malograron tristemente entre los dos, él, por escoger un tempo rápido, precioso pero inadecuado, y sobre todo ella, al adornar el tercio final con unas eurovisivas florituras), con lo que el concierto ganó en agilidad pero se convirtió en un pastiche que no siempre funcionó bien. Pero que, además de presentarnos a ilustres ignorados, sirvió también para descubrir otra pieza de la ópera de Sartorio tan simpática como el Quando voglio de Petibón, prometerse dedicar tiempo a Hasse tras escuchar de nuevo su fantástica Morte col fiero aspetto y, desde luego, arrodillarse ante Purcell y su insuperado Lamento.

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