Las Sonatas del Rosario en dos sesiones magistrales de Lina Tur Bonet

D-ANTIGUA-1-y-2-SONATAS

Lina Tur apareció el jueves en un lateral del primer piso de la Sala de Cámara del Delibes, trayéndonos la música fuera del espacio y el tiempo del arcángel de la primera de las Sonatas del Rosario de Biber, y ha concluido esta noche, sola en medio del escenario, con esa inmensa propina que es la Passacaglia “El ángel de la guarda”. Entre uno y otro ángel, acompañada por distintas combinaciones del grupo Musica Alchemica (tiorba, viola de gamba/contrabajo, y clave/órgano), ha interpretado las quince sonatas con tanta convicción como expresividad tras presentarlas una por una de forma asequible y muy simpática.

Que el intérprete o el director expliquen lo que vamos a escuchar es algo que debiera ser más habitual, pero que en esta colección de sonatas tenía un especial sentido, dado el carácter descriptivo de su música y los numerosos símbolos que pueden encontrarse en esta obra, todavía no muy conocida. Y Lina Tur nos ha anticipado cómo íbamos a escuchar la ternura del nacimiento, la sabiduría de las palabras del muchacho en el templo, su angustia en el monte de los olivos (en una de las sonatas más impresionantes del ciclo, la sexta), la furia de la flagelación, la embriaguez de los soldados que le coronan de espinas, el dolor sin límites de la subida al Calvario, los martillazos de la crucifixión y el terremoto que sigue a su muerte (y la ha dejado a ella con la mano temblando), la triunfal ascensión en inevitable Do Mayor, las fiestas de los ángeles… Pero de la enorme belleza y emoción que, en el gozo, en el dolor y en la gloria, íbamos a encontrar y vivir entre lamentos, chaconas y sarabandas, no nos ha advertido, porque eso se iba a vivir con intensidad sin necesidad de explicaciones.

Lo único que en estos dos días podía distraer momentáneamente de la música era la admiración por Biber, y por cómo, según nos iba explicando Lina Tur, varió la afinación del violín para cada sonata, a veces persiguiendo un símbolo más o menos oculto, siempre buscando diferentes sonoridades y resonancias para describir mejor cada misterio. Pero también la admiración por la violinista, capaz de tocar seis violines con afinaciones distintas, igual que tocar seis pianos con las teclas en distinto orden, para volverse loca, como ella mismo dijo. Pero ella lo hace, y no solo no se vuelve loca, sino que la enorme dificultad técnica queda relegada a un muy segundo plano ante la riqueza y el vigor de su interpretación y ante la emoción que es capaz de transmitir con esa música que ama tanto, algo que, por si quedase alguna duda viendo la pasión con que habla de ella y el sentimiento con que la toca luego, hizo explícito el jueves al mostrarnos la partitura de Biber mientras recibía los merecidísimos aplausos de los afortunados que disfrutamos del lujo de escucharla.

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