Rachmaninov: Danzas sinfónicas

OSCyL, Andrew Gourlay
1 y 2 de Octubre de 2015

Rachmaninov

En sus últimos años, Rachmaninoff dedicó la mayor parte de su actividad a dar conciertos de piano y a grabar en disco sus obras. Tras acabar la Tercera Sinfonía en 1936, apenas hizo composiciones originales, aunque ocupó algún tiempo en la revisión de un movimiento de su antigua obra coral Las campanas, y en reescribir fragmentos de la Tercera Sinfonía. Sólo en 1940 compuso una nueva obra, que resultó ser la última, las Danzas sinfónicas, escritas en Orchard Point, Long Island, dedicadas a Eugene Ormandy y la Orquesta de Filadelfia, que las estrenaron el 3 de enero de 1941. Curiosamente, a pesar del mucho tiempo que Rachmaninoff había pasado en los Estados Unidos desde 1918, las Danzas Sinfónicas fueron en realidad la primera partitura que compuso allí. Antes, para descansar de sus agotadoras giras, se había retirado durante las vacaciones de verano a una villa cerca de Lucerna, Suiza, un lugar idílico donde compuso sus Variaciones Corelli (para piano solo), la Rapsodia sobre un tema de Paganini y la Tercera Sinfonía. El estallido de la guerra en 1939 había llevado a Rachmaninoff a dejar Europa por última vez y radicarse primero en Long Island y más tarde en Beverly Hills.

Como sucedió con muchas de sus composiciones, escribir las Danzas Sinfónicas le supuso grandes dosis de ansiedad, pero terminó el grueso de la obra con bastante rapidez. Cuando, el 21 de agosto de 1940, Rachmaninoff anunció a Ormandy que había concluido la partitura, el título provisional era “Danzas Fantásticas“, pero el definitivo, Danzas Sinfónicas, resultó más apropiado a la dimensión y riqueza de la partitura. La intención original del compositor había sido dar a los tres movimientos los títulos de “Mediodía”, “Crepúsculo” y “Medianoche”, (pretendiendo posiblemente una analogía de la juventud, la madurez y la muerte), pero estos no sobrevivieron al proceso de orquestación, y se quedaron finalmente en las designaciones de tempo.

Al igual que en gran parte de su música, en las Danzas Sinfónicas se hallan referencias a los cantos de la iglesia ortodoxa rusa y también se cita la melodía del Dies irae de la católica romana, una tonada probablemente usada por Rachmaninoff con más frecuencia que cualquier otro compositor en la historia de la música. La partitura también dio al compositor la oportunidad de saldar cuentas con el fracaso más catastrófico de su vida, a saber, el desastroso estreno de su Primera Sinfonía en 1897 bajo la dirección de Alexander Glazunov (completamente bebido para la ocasión, según se dice). Todavía en 1940, Rachmaninoff recordaba aún sin duda esta desafortunada ocasión, pues la coda del primer movimiento de las Danzas Sinfónicas cita el primer tema de su primera Sinfonía, la música que él estaba seguro de que nadie oiría nunca de nuevo (*).

Una breve introducción marca el ritmo más prevalente del primer movimiento antes de presentar uno de los dos temas principales (0:44) en los agresivos bloques de acordes de la orquesta. Inmediatamente, el material principal comienza su elaboración (1:38) en variadas armonías y colores orquestales. Luego (3:00) se va desvaneciendo en una inversión de la introducción y la sección central empieza maravillosamente con solos de instrumentos de viento (3:23): oboes y clarinetes crean una balanceante y suave figura que se convierte en el telón de fondo de una melodía encantadora en el saxofón alto (3:56). Esto se repite con un vestido orquestal de otro color cuando los violines y las cuerdas tocan la melodía en octavas acompañados por dulces articulaciones percusivas del piano y arpa (6:04). La vuelta al material de apertura (8:08) llega en un pasaje del desarrollo basado en sus temas principales. Estos son elaboradamente desarrollados desde su inicial Do menor a un Do mayor; aquí comienza la coda (10:59), en la que Rachmaninoff convierte el oscuro tema de su fallida Primera Sinfonía en algo totalmente consolador, una amplia melodía en las cuerdas acompañada por brillantes y caleidoscópicas figuras desde diversos lugares de la orquesta. Este único recuerdo basta, y el movimiento finaliza desvaneciéndose con otra versión del material de la introducción (11:30).

Aunque escrito en tiempo 6/8, el segundo movimiento es un vals, pero no uno de esos cadenciosos y despreocupados valses vieneses que sumergen al oyente en la joie de vivre; es absolutamente más melancólico. Tras un motto en trompas y trompetas con sordina, misteriosos adornos en la flauta y clarinete, y el solo de calentamiento de un violinista, comienza propiamente el vals (1:56). Es de un raro cromatismo, moviéndose por extraños rincones melódicos. Cuando los violines tocan el tema en terceras paralelas (5:20) (una técnica característica de los más azucarados valses románticos), escuchamos cómo la dulzura se ha convertido en vinagre. Este vals no es festivo, sino, alternativamente, resignado y ansioso. Recuerda el final de una la era tanto como hizo La Valse de Ravel, y como Stephen Sondheim haría más tarde en la partitura del vals de A Little Night Music, cuyos giros armónicos recuerdan lo que Rachmaninoff grabó con ácido.

El último movimiento se basa en dos de las fuentes de inspiración temática favoritas de Rachmaninoff: El canto de la liturgia ortodoxa rusa, y la melodía del Dies irae de las misas funerales de la iglesia católica romana, inesperadas fuentes de material para unas danzas. Pero aquí, como en muchas de sus anteriores piezas, Rachmaninoff somete sus ideas musicales a síncopas rítmicas que algunos comentaristas han querido vincular con una influencia del jazz americano u otra música de baile, aunque, dada su vieja predilección por este recurso, la conexión parece poco probable. El Dies irae aparece en las secciones externas del movimiento, a veces con toda claridad (2:13, 2:35, 10:16, 12:12, 13:00), a veces hábilmente camuflado (🙄 ). El importante tema que se escucha por primera vez en el corno inglés (0:05), es una versión rítmica disfrazada del canto ruso que el propio Rachmaninoff empleó para el “Bendito sea el Señor” de sus Vísperas de 1915, y constituye la base del pasaje, una larga y estimulante danza. Poco antes del final de la obra, Rachmaninoff escribe una nueva melodía relacionada con un canto en los clarinetes y violines, acompañados por fagotes y trompetas con el resto de la orquesta en silencio (12:27) En este punto, escribió en la partitura “Alliluya”, que es de nuevo otra referencia a sus Vísperas, ya que la coda es, en efecto, una transcripción orquestal de parte de esa coral a cappella. Es quizás también el propio himno de agradecimiento del compositor, por haber tenido la fuerza y ​​la imaginación para terminar esta, su última partitura. Los pensamientos de Rachmaninoff se hacen aún más claros al final del manuscrito, donde escribió las palabras: “Te doy gracias, Señor.”

El estreno fue un éxito razonable pero, poco después, una repetición en Nueva York fue severamente criticada. En un entorno más proclive a la novedad, la accesibilidad de la partitura fue una baza en contra, y la frase “un refrito de viejos trucos” abanderó las opiniones que relegaron la obra durante un buen número de años. Sólo recientemente la obra ha comenzado a aparecer de nuevo en el repertorio. El cambio se ha producido coincidiendo con una reevaluación general de la obra de Rachmaninoff en su conjunto, con el reconocimiento de que su música ofrece mucho de interés a pesar de su estilo conservador. Considerado por lo general como un reaccionario en un mundo dominado por las nuevas ideas del neoclasicismo de Stravinsky de una parte y la técnica dodecafónica de Schoenberg de la otra, Rachmaninoff ha sido, hasta hace pocos años, ignorado por la intelligentsia musical. Los tiempos están cambiando, sin embargo, y su estrella está alzándose de nuevo. Por lo menos ahora podemos empezar a evaluar su contribución sin tener que encontrarnos peleando en el camino en un campo de batalla lleno de encerrizados vanguardistas.

Steven Ledbetter. Notas de programa, Tanglewood, 1991

 

(*) El primer tema de la Primera sinfonía y su transformación en la coda del primer movimiento de las Danzas sinfónicas:

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