Rachmaninov: Concierto para piano nº 2

Khatia Buniatishvili. OSCyL, John Axelrod.
11 y 12 de Junio de 2015
sergei-rachmaninov

Durante toda su vida, Rachmaninov fue propenso a padecer ansiedad y depresión, un problema que a menudo se reflejaba en su agria expresión; “un ceño de dos metros”, le llamaba Stravinsky. Los familiares y amigos conocían una personalidad más cálida y extrovertida, pero también el lado devastador y oscuro de una naturaleza que el público nunca vio. Su punto más bajo -tan debilitante que estuvo a punto de privarnos de una de las músicas más populares jamás escritas- se produjo en los últimos años del siglo XIX, justo cuando estaba comenzando su carrera.

Rachmaninov gozó muy pronto de gran éxito entre el público, como pianista y como compositor. El melancólico Preludio para piano en Do sostenido menor que compuso en 1892, a la edad de diecinueve años, se convirtió inmediatamente en la tarjeta de presentación de los sueños de un joven artista y, finalmente, también en una carga. El público no le dejaba abandonar el escenario hasta que tocaba la obra a que con el tiempo haría referencia despectivamente como “aquello”.

Con el estreno de su Primera Sinfonía en San Petersburgo en 1897, bajo la batuta de Alexander Glazunov, la confianza y el ímpetu de Rachmaninov, si no toda su carrera, pareció esfumarse de un plumazo. La interpretación debió ser terrible; Rachmaninov habló de “la hora más dolorosa de mi vida.” Se escondió en un hueco de la escalera, tapándose las orejas con las manos. Glazunov reconoció más Glazunovadelante haber subido borracho al escenario. Y la crítica de la noche de estreno inaugural, del compositor César Cui, difícilmente podría haber sido peor: La sinfonía, concluía Cui “habría extasiado a los moradores del infierno”.

Durante los siguientes tres años, Rachmaninov no escribió nada; los bocetos para una nueva sinfonía fueron abandonados, y el trabajo en una ópera, Francesca da Rimini, dejado de lado. Continuó tocando el piano, e incluso llevó a cabo una gira de conciertos en Londres en 1898, pero día tras día se sentía incapaz de componer. Al ir creciendo su abatimiento, sus amigos empezaron a recomendarle distintos remedios. Dos veces visitó a Leon Tolstoi, una vez solo y otra acompañado por el bajo Fyodor Chaliapin, con la esperanza de que el contacto con el gran novelista le sacase del bache y pusiese en marcha su creatividad, pero las perogrulladas egoístas del escritor le desanimaron aún más: “Usted debe trabajar”, le dijo Tolstoi. “Yo trabajo todos los días.” Y cuando él y Chaliapin le interpretaron una de sus canciones, Tolstoi no ahorró palabras para decir lo mucho que le había desagradado. Al final, temiendo que Rachmaninov cayese en una depresión grave, su familia le sugirió que consultase con el doctor Nikolai Dahl, un internista de París que se había especializado en curar el alcoholismo por medio de la hipnosis; destrozado por la carnicería hecha por un ebrio Glazunov con su Primera Sinfonía, Rachmaninov había comenzado a beber Nikolai-Dahlmucho también. En enero de 1900, empezaron las visitas a Dahl, que era además un buen violinista y violonchelista aficionado. El objetivo principal era que Rachmaninov volviese al buen camino, hacerle recuperar el apetito y mejorar su sueño, reducir la bebida, recobrar la moral, y conseguir que compusiese de nuevo. La tarea inmediata, que Dahl tomó muy en serio, fue que Rachmaninov escribiese un nuevo concierto para piano; había prometido uno a la Filarmónica de Londres, cuando la dirigió en 1898. Por medio de una combinación de discusión ilustrada e hipnosis rudimentaria (“Va a empezar con su concierto… será excelente”, fue uno de los mantras), Dahl tuvo éxito. “Aunque pueda parecer increíble,” escribió Rachmaninov muchos años después, “esta cura me ayudó. Nuevas ideas musicales comenzaron a agitarse dentro de mí, mucho más de las que necesitaba para mi concierto”.

En abril, Rachmaninov se sentía lo suficientemente bien como para acompañar a Chaliapin a Yalta, donde visitaron a Chéjov, y luego a Italia, donde el cantante hizo su debut en La Scala con el Mefistófeles de Boito. En Julio, cuando Rachmaninov estaba listo para volver a su patria, “aburrido sin rusos ni Rusia”, y para ponerse manos a la obra, tenía un montón de bosquejos para llevarse, incluyendo borradores muy adelantados para dos movimientos de un nuevo concierto para piano en do menor. Esos movimientos -los que conocemos como segundo y tercero- los concluyó en otoño y fueron estrenados en un concierto benéfico a principios de Diciembre. Aunque Rachmaninov cayó resfriado el día antes del concierto, y a pesar de beber vino caliente para curarlo, tocó magníficamente. En primavera escribió el movimiento de apertura, una pieza de música muy original que parecía confirmar su recuperación. Entonces, sólo cinco días antes del estreno del concierto completo, Rachmaninov sufrió una recaída temporal y se quedó paralizado por el temor a que su nuevo trabajo no valiera la pena. Sin embargo, el estreno, con el compositor en el teclado, fue un rotundo triunfo, y el concierto se convirtió rápidamente en el mayor éxito de Rachmaninov, casi reemplazando al querido Preludio en Do sostenido menor en el afecto del público. El Concierto en Do menor era su nueva tarjeta de presentación, y fue interpretado en todo el mundo.

Con este concierto, Rachmaninov no sólo superó su bloqueo como escritor, sino que descubrió una nueva voz como compositor, una voz con una habilidad perfecta para componer melodías inolvidables y obtener efectos pianísticos deslumbrantes, un flujo espontáneo de ideas y un estilo muy agradable. Stravinsky, su cercano contemporáneo -y también su antítesis- dijo más adelante que eso había sido el cambio de un compositor muy joven a uno muy viejo, y no lo decía como un cumplido. El concierto en Do menor está orgullosamente pasado de moda, sobre todo para 1901, en pleno apogeo de la salvaje y radicalmente nueva música de Debussy, Mahler, Stravinsky, Strauss, Ives y Schoenberg. Es una de las obras cumbres del siglo XIX, a pesar del calendario, y, para disgusto de las vanguardias, se convirtió rápidamente en el concierto más querido de los años veinte.

El Concierto en Do menor comienza memorablemente, con un suave tañido del piano que crece hasta un gran fortissimo. Todo el primer tema, introducido por las cuerdas y el clarinete, parece retrospectivamente una enormemente suntuosa introducción del gran momento, cuando la orquesta se queda en silencio y el piano solo se convierte en el centro de atención con una gran melodía. Es un efecto perfectamente calculado, pero es una de las cosas que preocupaban a Rachmaninov los días antes del estreno: “Cuando empiezo el segundo tema ningún tonto creería que es un segundo tema,” escribió a un antiguo compañero de clase. “Todo el mundo pensará que este es el comienzo del concierto.” Sin embargo, a pesar de la continua bravura del piano, su papel en este movimiento es más a menudo el de un conjunto, un acompañante, o incluso un miembro de la orquesta, más que el del solista estrella. Este es uno de los más sutiles y más compactamente tejidos movimientos de Rachmaninov.

Boris Berezovsky. Orquesta Filarmónica de los Urales, Dmitry Liss.

El Adagio está en la lejana tonalidad de Mi mayor; Beethoven, siempre el pionero, usó la misma inesperada relación de tonalidades entre los dos primeros movimientos de su Tercer Concierto para piano, escrito exactamente cien años antes. Una vez más, el piano se mueve cómodamente entre el papel de solista y el de acompañante; el clarinete tiene un gran solo nada más empezar. La relación entre el piano y la orquesta es todo el tiempo inusualmente delicada, y la orquestación es a menudo tan transparente como música de cámara.

El final, comenzando en mi mayor y oscilando rápidamente a do menor, tiene muchos momentos maravillosos, pero habitualmente es recordado por el brillante arreglo de la más famosa melodía de Rachmaninov, la que supuso una fortuna para Buddy Kaye y Ted Mossman (y ni un céntimo para Rachmaninov) como “Luna llena y brazos vacios.” El joven Sinatra hizo su clásica grabación en 1945, dos años después de la muerte de Rachmaninov.) Rachmaninov fue el primero en reconocer el valor de la melodía, y lo empleó tres veces en el final, refrescándolo cada vez con nuevos toques, el último y más grande de los cuales inspiró a innumerables compositores de Hollywood. Irónicamente, Rachmaninov, que pasó los últimos años de su vida en Beverly Hills, nunca escribió para el cine, a pesar de que su estilo era el estándar de la industria durante aquellos años. La última palabra se le da al piano, en un arranque de brillante bravura.

  Phillip Huscher. Notas de un programa de la Orquesta Sinfónica de Chicago.

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Evgeny Kissin.Orchestre Philharmonique de Radio France, Myung-Whun Chung

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La pianista georgiana Khatia Buniatishvili cumplirá 25 años la próxima semana, y es ya una figura mundialmente reconocida en la escena de la música clásica. En 2012, The Guardian la calificó como “una de las más apasionantes y técnicamente dotadas jóvenes pianistas de hoy en día”, y la revista Melómano titula una entrevista “Energía y sinceridad al teclado”. Así interpreta la transcripción para piano que hizo Liszt de Der Erlkönig de Schubert:

Y esta es su versión del concierto de Rachmaninov, con la Filarmonica del Teatro Regio Torino dirigida por Gianandrea Noseda:

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