Aplausos para todos, pero, para Vilde Frang, todos son pocos

OSCYL-PROGRAMA-16-14-15

Era previsible. Los niños que ocupaban las dos primeras filas de butacas del Auditorio, impecablemente silenciosos durante toda la sesión, han prorrumpido en aplausos al acabar el primer movimiento del Concierto para violín de Brahms. No han sido sólo ellos, porque buena parte del público se ha sumado a ese reconocimiento, y también se ha visto algún arco golpear la madera. Y no han sido aplausos breves, ni apenas se ha oído pedir silencio, porque, si ya es lo que piden los acordes con que la orquesta cierra la cadenza de ese movimiento, la interpretación ha merecido que siguiésemos todavía allí, aplaudiendo por los siglos de los siglos. Vilde Frang, blanca, floral y vertical, como una ondina surgida de las aguas, nos ha traído un mensaje de los dioses con un canto en el que su Stradivarius ha desbordado armonía, belleza y emoción. Y la OSCyL y Jaime Martin, muy atentos a la violinista, han hecho posible que nos llevase de su mano al cielo de Brahms. Concentrada como si no existiese otra cosa en el mundo, que no la había, y transmitiendo durante larguísimos minutos la insuperable emoción que la música es capaz de regalar y regala en algunas ocasiones, la cadenza ha sido tan portentosa como los veinte minutos previos. Y en tales ocasiones, cuando se hace el silencio, lo normal es estallar en aplausos.

Y por qué no. No sólo es lo que piden el cuerpo y el alma. El precioso Adagio se disfrutaría mejor tras haberse desahogado completamente, felices pero no todavía conmocionados y con ese violín en los oídos cuando está ya sonando un oboe que merece un espíritu reposado. En cualquier caso, tras vivir emociones de ese nivel, la belleza que puede seguir parece resbalar sobre una piel ya acostumbrada a las caricias. Y tampoco es necesario cambiar las cosas. Tras el adagio, también se han empezado a escuchar aplausos, que el público ha acallado inmediatamente, no por menos merecidos sino por inoportunos, aquí sí, porque casi no debiera haber ni pausa entre su dulcísima melodía y el alegre final de este romántico y maravilloso concierto. No es preciso cambiar las normas. Basta con tolerar sin rigidez estas excepciones y aceptar que saltarse el protocolo puede a veces ser necesario y conveniente. Y, volviendo a lo que importa, también convendrá apuntarse en la agenda el nombre de esta joven y ya muy reconocida violinista noruega: Vilde Frang.

Lo que se ha escuchado antes y después, tampoco ha estado nada mal. “El único conflicto que es posible en la cultura soviética es el conflicto entre lo bueno y lo mejor”, hemos leído en el programa de mano, y, olvidando la intención reaccionaria de la frase del esbirro de Stalin, ese ha sido el único conflicto. Entfaltung, el estreno de la obra encargada por la OSCyL a Colominas, ha resultado ser una obra mucho más asequible de lo habitual en estas composiciones contemporáneas, una pieza muy interesante que merecería que Hitchcock le hubiese hecho una película y merece volver a ser programada. En la selección de Romeo y Julieta, Jaime Martín ha lucido su control y la OSCyL sus calidades, especialmente la de los vientos, con una Muerte de Tibaldo realmente espectacular. Jaime Martin tocaba la flauta antes de dedicarse a la dirección, y hace unas semanas, dirigida por un violinista, Nikolaj Znaider, brillaron especialmente las cuerdas de la OSCyL. Pero es el brillo de Vilde Frang el que más se recordará del concierto de anoche. Antes de proclamarla como la mejor solista de la temporada habría que repasar la lista de los que han pasado por aquí para no ser injustos con ninguno, pero no hacerlo también lo sería.

3 Comentarios

  1. Verdaderamente el concierto sonó limpísimo y expresivo. Romeo y Julieta menos limpio, pero igualmente impresionante. Conviene que unos pocos desajustes de tipo material no nos impidan apreciar y disfrutar de una interpretación.
    Respecto a los aplausos, el jueves también los hubo tras el primer movimiento. Y no había niños. Fueron unos aplausos espontáneos que nadie se atrevió a acallar (¡shhhhh!) provocados por el carácter de la interpretación y por la tremenda demostración de música por parte de la solista.
    Vilde me recordaba a cosas como esta:

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    • Buenísimo el recuerdo, yo tenía en mente otra de la misma familia, con una ondina sóla, con vestido de flores, pero mi cultura pictórica no da para encontrarla. Me impresionó muchísimo la violinista, ¡qué primer movimiento…! Por cierto, ese “acallar (¡shhhhh!)” me ha hecho gracia, porque estuve un buen rato dando vueltas a la cabeza y no encontré un verbo para ese acto específico, el de shhhhhhhishhhhhhear, y ni siquiera recordé el “acallar”.

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