Aplausos para todos, pero, para Vilde Frang, todos son pocos

OSCYL-PROGRAMA-16-14-15

Era previsible. Los niños que ocupaban las dos primeras filas de butacas del Auditorio, impecablemente silenciosos durante toda la sesión, han prorrumpido en aplausos al acabar el primer movimiento del Concierto para violín de Brahms. No han sido sólo ellos, porque buena parte del público se ha sumado a ese reconocimiento, y también se ha visto algún arco golpear la madera. Y no han sido aplausos breves, ni apenas se ha oído pedir silencio, porque, si ya es lo que piden los acordes con que la orquesta cierra la cadenza de ese movimiento, la interpretación ha merecido que siguiésemos todavía allí, aplaudiendo por los siglos de los siglos. Vilde Frang, blanca, floral y vertical, como una ondina surgida de las aguas, nos ha traído un mensaje de los dioses con un canto en el que su Stradivarius ha desbordado armonía, belleza y emoción. Y la OSCyL y Jaime Martin, muy atentos a la violinista, han hecho posible que nos llevase de su mano al cielo de Brahms. Concentrada como si no existiese otra cosa en el mundo, que no la había, y transmitiendo durante larguísimos minutos la insuperable emoción que la música es capaz de regalar y regala en algunas ocasiones, la cadenza ha sido tan portentosa como los veinte minutos previos. Y en tales ocasiones, cuando se hace el silencio, lo normal es estallar en aplausos.

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