Brahms: Concierto para violín

Vilde Frang, OSCyL, Jaime Martín.
7 y 8 de Mayo de 2015

Joseph Joachim y Johannes Brahms se hicieron al instante amigos cuando se conocieron en mayo de 1853. Ambos hombres estaban en la veintena, pero mientras Brahms era un desconocido, con toda su gran música aún por llegar, Joachim ya era una celebridad, el violinista más brillante y prometedor del entorno. Joachim describió a Brahms como “puro como un diamante, suave como la nieve”, recordándonos que la familiar figura corpulenta del compositor y su espesa barba fueron adquisiciones posteriores. Unidos por la música, se convirtieron en confidentes íntimos, disfrutando mutuamente de su compañía y compartiendo las cosas que amaban. Fue Joachim quien insistió en que Brahms conociese a los Schumann, una visita que cambió la vida del joven compositor: Robert escribió su última crítica presentando a Brahms al público, y Clara se convirtió en una confidente y una valiosa colega, si no más.

Era sólo cuestión de tiempo que Brahms se ofreciese a escribir un concierto para su mejor amigo. Brahms había superado su miedo de hacer frente a las formas en las que Beethoven triunfó, y había completado dos sinfonías y un concierto para piano. El concierto para violín fue bosquejado durante unas vacaciones de verano en Pörtschach en 1878, justo al otro lado del lago de la casa de campo donde Alban Berg escribiría su concierto para violín casi sesenta años después. Brahms escogió la tonalidad de Re mayor (la misma de la Segunda Sinfonía que había terminado recientemente) y planeó el concierto en cuatro movimientos, un esquema sin precedentes. Mientras los componía, Brahms pidió a menudo a Joachim asesoramiento técnico sobre la parte solista; Joachim no sólo conocía las posibilidades del instrumento mejor que nadie, sino que también fue un compositor extraordinariamente dotado al que Brahms enseñaba todo lo que escribía, buscando a la vez crítica y apoyo. Fue decisión del propio Brahms el abandonar el diseño en cuatro movimientos reemplazando los dos movimientos centrales por un sólo adagio. El scherzo sobrante fue rescatado para el concierto para piano en si bemol que Brahms había dejado de lado para trabajar en este. Y todavía hizo retoques adicionales tras su primera interpretación, en Leipzig, el día de Año nuevo de 1879.

La obra no fue un éxito. En el estreno, los aplausos fueron tibios, aunque buena parte del público estuvo más pendiente de lo mal puestos que llevaba Brahms sus tirantes. Clara Schumann, que lo había escuchado antes en una audición privada, comentó que la orquesta y el solista “se combinaban perfectamente”, pero otros no veían lo mismo. Hans von Bülow, un hombre rara vez sin opinión, dijo que Brahms había escrito un concierto contra el violín; el violinista Bronislaw Huberman dictaminó: “Es un Concierto de violín contra orquesta, y gana el violín”.

Finalmente, la obra de Brahms se interpretó y admiró mucho, siendo incluso considerada digna de ponerse al lado del concierto para violín de Beethoven. El propio Brahms había provocado esa comparación al escoger la misma clave y escribir para el violinista que había vuelto a poner en circulación el concierto de Beethoven.

Brahms hace honor al modelo clásico; para el primer movimiento, escribe una doble exposición, una para la orquesta sola, la segunda liderada por el violín (3:26). Esto no sería nada especial si no fuese porque la mayoría de los conciertos escritos en los setenta y tantos años pasados tras la muerte de Beethoven habían tratado de encontrar nuevas formas de proceder. Brahms tiene cosas nuevas que decir, pero las dice en una forma que Beethoven habría reconocido inmediatamente. El primer movimiento es a gran escala, con una enorme cantidad de material melódico. Brahms dijo en una ocasión que las melodías eran tan abundantes en Pörtschach que había que tener cuidado en no pisarlas. Brahms presenta un completo itinerario armónico que permite un viaje desde los confines del Do mayor al inicio de la sección de desarrollo (Beethoven fue allí, también) e incluye, en la recapitulación, más aventuras en Fa sostenido y Si bemol, una tercera mayor en uno y otro sentido desde el Do.

Como último tributo a la tradición, Brahms detiene a orquesta al final del movimiento y da al solista la oportunidad de improvisar una cadenza (17:22). Este es el último concierto importante que concede esa licencia (incluso Beethoven había comenzado a escribir sus cadenzas), aunque con un músico del gusto y talento de Joachim, Brahms no tenía nada que temer. Pero se sentiría aliviado al saber que la cadenza compuesta por Joachim se hizo rápidamente popular y aún es interpretada actualmente en algunas ocasiones.

Brahms abre el movimiento lento con una de sus mejores melodías, que entrga al oboe acompañado por las maderas. Parece ser que el virtuoso español Pablo de Sarasate se negó a interpretar este concierto porque no le apetecía “estar de pie en la plataforma, con el violín en la mano, para escuchar al oboe tocando la única verdadera melodía en toda la obra.” Sarasate se habría ganado más fácilmente nuestras simpatías si Brahms no pasase rápidamente del oboe al violín, habiendo reservado para él un ininterrumpido torrente de música que nos acompaña hasta el final del movimiento.

No se asocia inmediatamente a Brahms con la alegría, pero el final del concierto es inequívocamente alegre, lleno de temas amables y destellos de absoluto ingenio. El espíritu es el de un violinista gitano, una alusión intencionada a la herencia húngara de Joachim. La marcha final, con trompetas y tambores, se eleva hasta un clímax y luego se relaja abruptamente como un juguete mecánico antes de acabar con una explosión.

David Oistrakh. Orquesta Filarmónica de Moscú. Kirill Kondrashin.

Una nota a pie de página sobre la amistad. Sólo dos años después del estreno del Concierto para Violín, la camaradería entre Brahms y Joachim comenzó a tambalearse. Brahms no podía soportar ver a Joachim volverse cada vez más celoso de su mujer, y cuando la pareja se divorció en 1884, el compositor y el violinista ya no se hablaban. Joachim continuó tocando la música de Brahms en todas partes, pero se negó a responder a sus cartas. Al final, Brahms escribió el Doble Concierto como ofrenda de paz, y Joachim, al igual que muchos otros, no pudo resistirse a esa cálida y sincera música. La amistad se recuperó, pero la antigua chispa se había perdido.

Phillip Huscher, autor de las notas de los programas de la Chicago Symphony Orchestra.

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vilde_frangVilde Frang, “sin duda una nueva estrella en el firmamento” segun The Guardian, nació en Oslo en 1986, debutó con la Orquesta de la Radio Noruega a los 10 años, y a los doce fue apadrinada por Anne-Sophie Mutter. En 2007 debutó con la London Philharmonic Orchestra y desde entonces no han cesado de lloverle reconocimientos. Toca un Stradivarius cedido por la Fundación Nippon.

Un par de minutos del Concierto de Sibelius basta para apreciar su expresividad y su virtuosismo

2 Comentarios

  1. Sólo un breve comentario para da la enhorabuena al autor por este blog, que he conocido hace pocos días y ya me parece fundamental para preparar los conciertos antes de asistir. Genial también la crítica posterior. Mucho ánimo y gracias!!

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    • Mil gracias, ando algo falto de tiempo para intentar pensar y redactar algo original, de modo que apenas son más que traducciones, pero yo aprendo con ellas y me gusta compartirlo. Las “críticas” tómalas como lo que son, la opinion de un aficionado que a lo mejor no distingue muy bien entre su estado de ánimo y el de la orquesta. De lo único que estoy seguro es de que estoy feliz con la OSCyL y con este auditorio. Gracias de nuevo.

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